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Cuando las redes sociales sirven para avergonzar públicamente a los acosadores sexuales

Subir una foto de tu acosador en el autobús. O enviarle una cáptura a la novia del desconocido que te acosa en Facebook. Cada vez más mujeres se atreven a denunciar públicamente a su agresor, pero esta práctica también comporta riesgos para ellas mismas

Hace unas semanas una joven murciana subió a Facebook un vídeo en el que mostraba los momentos posteriores a una agresión sexual en plena calle. “Pedazo de mierda, este tío me acaba de tocar el culo y las tetas y no lo conozco de nada, cerdo, cerdo”. Después de estas palabras, la joven rompe a llorar.

En el vídeo se aprecia el rostro del agresor. La víctima lo registra con la cámara del móvil algunos minutos más mientras le sigue increpando. El rostro y la ropa de él son ahora perfectamente reconocibles para todos sus seguidores. Internet hace el resto.

Nos encontramos frente a un cambio de paradigma: la agresión se extiende más allá del silencio, de la incomodidad, de un cambio de asiento o de una ficha en comisaría. La denuncia también es simbólica. Es pública. Y cada vez son más las mujeres víctimas de agresión sexual que ya no se quedan calladas y se animan a denunciar una violencia sexual que sufrimos todas.

6 de cada 10 mujeres han sido víctimas de algún suceso de violencia sexual después de los 16 años, según un macroinforme realizado por la Agencia de los Derechos Humanos en 2014 a nivel europeo.

Otra joven argentina relató hace apenas unas horas en un post de Facebook cómo un hombre de 64 años se masturbaba mientras la estaba mirando en el autobús. La chica explica con todo detalle la agresión sexual y cómo fue su reacción y la del entorno. “ Mi primera instancia fue lastimarlo, matarlo, perdón pero así me sentí. Traté de golpearlo en la cara mientras le decía de todo. El transporte me miró algo extrañada”, prosigue su relato.

La joven explica que la policía no le alentó demasiado a denunciar (“me preguntaron mil veces si quería declarar diciéndome que sería una pérdida de tiempo”). Luego, la patrulla hizo firmar al agresor una nota en la que aseguraba que no lo volvería a repetir. Nada más. El post, compartido en redes sociales más de 5.000 veces, termina con dos fotos en las que se reconoce el hombre.

“Quizás la ley no alcanzó a esta basura de persona, pero espero que las redes sociales sí, que vean su cara y que vean su familia el asco de ser humano que es”, concluye.

Muchas mujeres que se enfrentan a este tipo de violencia en plena calle o en el transporte público tienen que hacer frente, además, a la violencia institucional, es decir, la impasibilidad de las fuerzas de seguridad que te sugieren que "denunciando no ganarás nada" o "que no vale la pena perder tiempo", tal y como relata esta chica en su Facebook. Frente a la impotencia y la pasividad del sistema, la denuncia virtual se convierte en una poderosa aliada, no solo para denunciar, también para canalizar la rabia ante una situación de máximo estrés y ansiedad.

Tal vez, por eso, a veces no se miden demasiado bien las posibles consecuencias.

Carla Vall, jurista especialista en temas de género, lanza una advertencia en relación a este tipo de denuncias 2.0 que pueden acabar convirtiéndose en una arma de doble filo para la víctima.

A nivel legal, te puedo decir que puede acabar constituyendo un delito de injurias o calumnias. Tendríamos que tener en cuenta qué tipo de pruebas tiene la mujer agredida para tirar adelante la denuncia, ya que de no poder probarlo correría el riesgo de ser condenada ella y tener que indemnizar a su agresor. Esa sería la parte más dolorosa de la condena”, alerta Vall.

“Yendo a la parte más humana o psicosocial del caso, yo tendría en cuenta otros factores: la exposición pública de las mujeres que confrontan violencias no siempre sale bien. Pueden sufrir victimización por parte de la comunidad. Las justificaciones de la violencia sexual impregnan toda la sociedad y pueden ser sufridas durante el proceso de denuncia. Esto pasa porque cuando una denuncia violencia sexual también está denunciando a parte del sistema”, argumenta.

Es frecuente que, frente a este tipo de denuncias públicas, las propias víctimas sufran linchamientos y más violencia después de la agresión. El año pasado, Vega, una joven de Barcelona que denunció una agresión sexual por parte de un grupo de chicos y que colgó la denuncia en Facebook también sufrió victim-blaming. Después de miles de llamadas de números ocultos, insultos y amenazas decidió retirar el vídeo. Algunos de los comentarios iban en la línea de “algo habría hecho” o “bien que se lo tendría merecido”.

Otro caso reciente: el de una joven de Costa Rica que se dejó manosear en el autobús para filmar al hombre que la estaba acosando. En las imágenes se puede ver cómo aparece una mano de un hombre por detrás de su asiento y le toca el pecho hasta que la chica se gira y lo enfoca. Finalmente, la joven se ve obligada a moverse de su asiento.

“La sociedad suele dar más apoyo a una agresión si esta es más lejana, en cambio, cuando la siente más cercana se tiende a justificar la violencia y a culpabilizar a la víctima bajo fórmulas que conocemos: eso pasa porque esas chicas son de una manera determinada o van vestidas de tal forma…”, subraya Vall.

A Lidia Infante, psicóloga y activista feminista, le pasó algo similar hace poco. Después de recibir dos mensajes privados inapropiados de un desconocido en su Facebook (en el que este le cuestionaba por sus preferencias sexuales sin venir a cuento), la joven decidió compartir las capturas con sus contactos y con la mujer del desconocido.

La violencia no solo no cesó, sino que se incrementó. “ La familia contestó diciendo que éramos lesbianas amargadas y cazahombres”, explica a PlayGround. Para ella, sin embargo, las redes sociales son una buena herramienta de poner fin a la impunidad del acoso. Infante cree “que es importante para que otras mujeres entiendan que esto nos pasa por ser mujeres y que nos pasa a muchas y enviárselo a la mujer y a la hermana me parece útil para que sepan con qué tipo de personas comparten su espacio”, justifica.

Para ella, dejar en la esfera privada este tipo de comportamientos solo protege al agresor.

“Creo que a veces las mujeres sentimos que somos las únicas a las que nos pasa porque por vergüenza no lo comentamos con el resto. Y la mayoría de hombres, evidentemente, no saben que otros muchos hacen este tipo de cosas, por eso para mí es tan importante denunciar públicamente”.

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