Oysho

Cómo enamorarse de un extraño dentro de un taxi

El amor en los tiempos de Tinder puede ser maravillosamente imprevisible #OyshoStory

Con motivo del Día Internacional del Libro, Oysho en colaboración con PlayGround tendió la mano a dos jóvenes escritores para que desarrollaran, a través de Twitter, un relato de ficción. Así, Enric Pardo ( @theEnricPardo) y María Mercromina ( @MariaMercromina) recogieron el guante lanzado por Oysho ( @oyshostore) y tejieron, tuit a tuit, una sencilla historia: chico conoce a chica, o chica conoce a chico, y todo se complica. El amor en los tiempos de Tinder es así. Puedes leer el relato completo desarrollado en tuits aquí.

–Primera parte–

Esperaba un whatsapp que la sacara de aquel lugar. Le daba igual quién le escribiera, no quería seguir allí.

Oyó risas y un par de golpes al otro lado de la puerta. Ella gritó: ocupado. Pero siguieron insistiendo.

Odiaba la prisa y la impaciencia que siempre aparece al otro lado del baño.

–¡Está ocupado!

–Sí, pero llevas ahí mucho rato.

–¡Venga, que hay cola!

Un segundito, por favor–gritó ella.

Miró el móvil y empezó a escribirle: "te echo de menos, sácame de aquí". Pero una vez más, no se lo envió.

De nuevo los golpes en la puerta, las risas, la canción que un mes atrás hubiera bailado como loca con sus amigas en cualquier bar.

Se miró en el espejo. Hizo una mueca de fastidio y se dirigió a la puerta. Justo en aquel instante recibió un whatsapp.

 –¿Dónde estás?                                                                                                                            

Carla le dio la espalda al espejo y empezó a sonreír.

–Yo también te echo de menos, ¿dónde estás?

–Segunda parte–

Amontonaba todo lo que había vivido con él en una cajita. Entradas de cine, notas absurdas, canciones... Además de los chats del whatsapp, era lo que quedaba para saber que él había sido real.

Pero a veces también se preguntaba cuánto había de real y cuánto de fantasía proyectada en una relación.

Habían pasado más tiempo hablando de su encuentro por internet que las horas que habían pasado juntos. Se miró en el espejo y recordó la primera vez que él le habló a través de aquella aplicación de ligue. Abrió su ventana del chat y le dirigió sus primeras palabras:

–Llevo días dudando si escribirte y casi no me atrevo, pero siempre que me conecto aparece el guiño en tu foto como si esperaras algo.

A ella le pareció un poco cursi, un poco divertido y un poco tierno. Todo a la vez. Vio la distancia y pensó: "no tengo nada que perder".

-No es que te guiñe el ojo, es que soy bizca–le respondió.

Eso era lo que más le atraía de ella. Se reía absolutamente de todo y de todos. No terminaba de entender qué hacía en este tipo de sitios para ligar.

–Siempre me han puesto las chicas con problemas de visión–le contestó él.

–¿Por algún motivo en particular?–le preguntó ella.

–Porque me gusta imaginar que veo las cosas de forma diferente a los demás.

–Yo creo que es porque así no ven que eres más feo que pegar a un padre–le soltó ella.

Él respondió con un sonoro: "Jajajajajaja". Y añadió un: "touché".

–¿Qué quieres saber?

–Todas las mentiras que suelas contar, haz el favor -dijo ella.

–El que estemos los 2 aquí hablando embobados delante de una pantalla, refrescando la página esperando no sé qué creo dice mucho de nosotros.

–Por ese motivo esta misma noche voy a darme de baja de esta maldita aplicación–dijo ella.

–Yo llevo meses pensando en hacer lo mismo, pero sigo entrando como un autómata aquí.

–¿Por qué lo haces tú?

–Porque a veces creo que puedo encontrar a alguien aquí que esté haciendo lo mismo que yo–respondió él.

–¿Qué es lo que haces tú?

–Yo creo que el tonto. ¿No crees?

–El tonto es el que tontea, ¿no?

–Y también el que pierde el tiempo en este tipo de sitios–insistió él.

–Si pudieras elegir qué hacer ahora mismo, sin ningún tipo de limitación, ¿qué es lo que harías?

Pues podríamos estar tomándonos un café con tu ojo bizco, mucho mejor que esto, ¿no crees?

–Uf, ¿ya estamos sacando las uñas? ¿Te piensas irresistible, guapa?

–Como sigas por ahí, ¡voy a darle al NEXT!

–Pues lo tienes muy fácil. Te vas a la esquina superior derecha, y clikas bloquear. C´est fini.

Dudó durante unos instantes si realmente bloquearle. Sin embargo, la curiosidad pudo más que las ganas de desinstalar la aplicación.

–¿Sabes qué? –le escribió ella–. Estoy harta de chatear. ¿Y si...?

–¿Y si qué? Hace menos de cinco minutos me has dejado las cosas muy claras.

–Soy una mujer, las hormonas me obligan a hacer cosas contradictorias todo el tiempo.

–¿Por esa regla de tres yo soy un hombre y me tiro a todo lo que se mueva?

–Sí, hasta que se demuestre lo contrario. ¿Lo haces? ¿Lo haces bien? ¿Quieres quedar en un sitio público? Responde a la segunda pregunta.

–A lo mejor si lo hiciera bien no estaría aquí escribiéndole a alguien como tú.

–Me tienes en ascuas. ¿Quieres quedar conmigo sí o no? Hum, ¿qué quieres decir con alguien como yo?

–Capaz eres de decirme next o tirarme el café por cualquier cosa que te diga.

–Pues que tu ojo "bizco" es tu inseguridad y tu manera de convertir las cosas como te gustaría que sucedieran.

–Ok, pues mi ojo bizco dice que nos veamos en el Zurich en quince minutos. ;)

–¿En quince minutos? Eso es ya. ¿Segura? No quiero pegarme la carrera para que me des plantón.

–No estoy segura, por eso hagámoslo rápido antes de que me arrepienta.

–Va, a la de 3 cerramos aquí y vamos al Zurich. Llevo una chaqueta vaquera y una camiseta morada.

–¿Una camiseta morada? ¿En serio? Creo que me lo voy a pensar dos veces...

–¿Algún problema con el morado? Seguro que eres una moderna, seguro.

–Y tú seguro que eres un antiguo, seguro. ¿No quieres saber qué voy a llevar yo?

–No, con que pongas en ojo bizco me sirve.

–Ok. Salgo para allá.

–Y yo, allá voy.

-Tercera parte-

Al cabo de veinte minutos ella llegó al Zurich buscándole con la mirada. Eran las 2:37 de la mañana de un martes y tan sólo estaba ella, un vendedor de rosas paquistaní y los barrenderos con sus mangueras.

Siempre pasaba lo mismo. Esperar y esperar. Ensayaba una sonrisa a la esquina. Pero no aparecía nadie.

Estuvo tentada de abrir la aplicación y preguntarle dónde estaba, de tirar el móvil a la basura y largarse corriendo.

Le daban ganas de borrar la aplicación. Sin embargó, esperó.

"Si en cinco minutos no aparece este capullo con la camiseta morada... Me voy".

–Al final me he cambiado de camiseta–le dijo nada más llegar–¿Qué te pasa? ¿Has visto un fantasma? No estoy tan mal, eh.

–No esperaba... Eh, bueno, no esperaba... En fin, no sé lo que esperaba. Desde luego esperaba una camiseta morada puntual.

–No tengo tan mal gusto. Y yo esperaba tu ojo bizco, y mira.

–Aquí lo tienes–le dijo ella mientras le guiñaba un ojo.

Los dos se rieron y se quedaron en silencio esperando que el otro dijera algo. Ella pensó que no le importaría que le besara ahí mismo.

Y él sonrió de la forma en que sonríen los hombres cuando se dan cuenta que las mujeres quieren ser besadas.

Cuando volvió a mirarlo ya estaba agarrada a él. Tenía ganas de bailar y contarle sobre sus canciones favoritas.

Acababa de conocerlo pero sentía que llevaba años saliendo con él.

Callejearon rambla abajo cogidos de la mano en silencio. A ella le apetecía bailar. Y él le preguntó si sabía de algún lugar abierto a esas horas.

–No sé que podremos encontrar ahora. El primer sitio que veamos abierto, entramos.

–Háblame de ti–le dijo ella.

–¿Qué quieres saber?

–No parece que necesites esta aplicación para ligar–dijo ella.

–Tú tampoco–le respondió él.

–Creo que nadie tiene cara de "necesito una aplicación para ligar".

–Cuéntame, ¿qué has hecho hoy?

–Esperarte es una respuesta muy...– dijo él

–Sí, muy barata– respondió ella.

–Entonces he trabajado todo el día tratando de olvidarme de tu ojo bizco.

–Jajaja, puedo probar a ponerte el ojo bizco un ratito, si te gusto bizca.

–Había olvidado tu obsesión con las chicas con problemas de visión.

Se rieron y siguieron caminando hasta que ella se dio cuenta de que a esas horas no iban a encontrar nada abierto.

–¿Vamos a algún otro lugar?

–¿Dónde?–preguntó él.

–Siempre he querido conocer Australia.

–Yo también, ¿crees que podemos pillar un taxi que nos lleve?

–Estoy convencido de que sí.

–¡Taxi!–gritó ella, haciendo parar uno.

–¿Sabías que en Australia el agua se va por el desagüe al revés que aquí?

–Ahora que te miro tienes carilla de koala.

El taxista volvió a preguntarles por el destino. Ellos volvieron a reírse. Estuvieron dando vueltas y vueltas en el taxi toda la noche. Charlaban, reían, bromeaban y se miraban…

Esperando llegar a Australia sin salir de Barcelona. Porque, aunque se acaban de conocer, todo lo que les importaba, estaba ahí: dentro del taxi.

Y daba igual la ciudad.

La velocidad y el taxímetro.

La voz de un oyente contando sus penas a las cuatro de la mañana.

Ninguno de los dos vio que la broma les estaba saliendo cara. Ya llevaban 64 euros de carrera cuando la ciudad empezó a sentir la primera luz del día.

Se miraron a los ojos y supieron que no habían llegado a Australia.

El taxi paró. Empezaba el día y el chico que los llevaba terminaba su noche de carretera y volante.

Y se bajaron cantando la misma canción del coche, sin parar de reír.

–¿Te apetece desayunar?

–Entremos en este bar–dijo ella.

–Tengo una idea mejor–dijo él–.

–¿Quieres probar los mejores huevos con cheddar around the world? – sugirió él.

–¿Es un truco para llevarme a tu casa? –dijo ella.

–No lo dudes ni por un segundo.

–Estabas tardando en proponérmelo. Incluso he pensado en soltarte una indirecta. No te voy a decir que no a unos huevos con queso nunca.

Anduvieron un par de manzanas hasta llegar a un portal típico de l'Eixample. Subieron en el ascensor, en un silencio tenso. Se rompió cuando ella empezó a tararear en voz baja su canción. Los dos se partieron de risa al llegar a su piso.

–Ahora es cuando te abalanzas y me tiras al sofá, ¿no?

–Bueno, bueno, ¿así estamos? Hay que desayunar.

–Precisamente si hay que desayunar es cuando te abalanzas y me tiras al sofá.

Comenzaron a besarse mientras las alarmas empezaban a sonar, el café a subir, los niños a caminar a la cocina rezagados...

Pero a ellos todo eso les daba igual. Se tenían al fin el uno al otro.

–Cuarta parte–

Cuando se despertó, ella ya se había marchado. Sin embargo, su perfume tardaría unos cuantos días en desaparecer de sus sábanas. Se asomó a la ventana, aunque sabía que era inútil. Por si la veía peinándose mientras caminaba calle abajo. Arreglándose el vestido, despistada, sonriendo.

Pero sólo había tráfico y prisa, nubes y gente sin apartar la vista de su pantalla.

Encerrada en aquel lavabo de aquella fiesta, todavía sentía cierta vergüenza por cómo se había marchado de su piso sin despedirse. Mientras él dormía, apareció el vértigo, las ganas de correr. Odiaba despedirse, levantarse como si nada, oír el "ya si eso te escribo".

Se marchó para no hacerse ilusiones, aunque ya había empezado a hacérselas. Estaba en una fiesta y solo pensaba en Australia, en el maldito taxi. En el silencio del ascensor, en el desayuno que él nunca le preparó, en la forma que temblaban sus párpados mientras dormía.

¿Porqué no había vuelto a verlo? ¿Por qué siguieron hablando a través de whatsapp como si nada? ¿Imaginando una vida en común, que iban a conciertos, escuchaban canciones, se regalaban libros y cenaban cualquier cosa antes de acostarse?

Tenía que dar el paso de una vez. Decidirse. Dejar de actualizar la app de facebook y de gmail. Parar de ver si él estaba en línea, o su última hora de conexión en whatsapp.

–¿Piensas salir de ese agujero? –le preguntaron las chicas detrás de la puerta.

Debería hacerlo, pensó ella.

Le daba rabia cuando tecleó su nombre en el buscador y no encontraba nada. Ni una foto, ni una dirección. Nada. Quizás debería haber esperado a que él se despertara. O quizás debería haber mirado en el buzón.

Quizás debería no tener miedo a que le rompieran el corazón, quizás debería empezar a pensar que la vida duele y que es algo inevitable en cualquier relación.

Empezó a sonar la canción que cantaron en su ascensor. Las cosquillas, las ganas, todo lo que orbitó esa noche alrededor del taxi.

Se miró en el espejo pensando lo estúpido que es a veces buscar a alguien en el buscador, cuando puedes ir directamente a buscarlo a su casa.

Entonces se dio cuenta. Tomó una decisión y sonrió.

Ensayó frente al espejo, guiñó el ojo como a él le gustaba. Dio un portazo decidida.

–¿Estás loca? ¿Dónde vas?–Le dijeron sus amigas

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

cerrar
cerrar