Martini

Me sacaba por las noches, porque por la mañana se iba con otra

Una historia de amor, vermut y celos, en la que en realidad nada es lo que parece

Los italianos son maestros contando historias cotidianas; también grandes entendidos de las grandes pequeñas cosas de la vida, l'amore y por supuesto la buena mesa. No es casualidad que Martini, nacido hace 150 años en Turín, beba de sus raíces italianas y se alíe con PlayGround para llevarte una historia de pasión, misterio, mujeres y por supuesto, vermouth.

 

1.

Acabábamos de cumplir diez meses juntos cuando me di cuenta de que algo malo estaba a punto de ocurrir. Siempre me he dejado llevar por las corazonadas, pero no por esas que me impulsan a tomar decisiones alegres, sino más bien por aquellas que me brindan algo oscuro, aquellas que me hacen dudar y que en ocasiones sacan mi lado más temeroso y dubitativo. A menudo me justifico diciéndome que en los tiempos que corren nadie se puede fiar de nadie. ¿Pero por qué no iba a fiarme yo de mi pareja, si era encantador?

El día de nuestro décimo aniversario yo estaba un poco nerviosa y quería que todo saliera perfecto. Había decidido agarrar la sartén por el mango y ser yo la que invitara a Gonzalo a cenar. Fue él quien se ofreció primero a llevarme a mi restaurante preferido el viernes noche. Sin embargo, yo tenía el plan ideal para decidir si nuestra relación merecía la pena o no. Se acabó ser románticos sólo los viernes. Esta vez yo le prepararía una cena en mi casa el sábado por la noche. Luego le convencería de que se quedara a dormir. 

Os parecerá extraño lo que digo, pero tiene sentido. En los diez meses que llevamos juntos, Gonzalo no se ha quedado a dormir conmigo ni un solo sábado. Todos los viernes por la tarde, cuando los dos salimos de trabajar, nos encontramos. No obstante, él desaparece cada sábado por la noche. Y aunque me lleve por ahí con sus amigos, a cenar o al cine, jamás terminamos amaneciendo en la misma cama el domingo siguiente. Antes de conocernos yo solía ir a pasear a la playa. Ahora me quedo en casa, esperando a que me llame y preparándome para salir corriendo el día en que eso ocurra. Pero nunca ocurre. 

2.

Al principio pensaba que Gonzalo sería muy reservado, que no quería estropear nuestra reciente relación quedando todos los días, por miedo a intoxicarnos y cansarnos rápidamente. Descarté este pensamiento, pues él era aún más cariñoso y pegajoso de lo que soy yo. Después pensé que le apetecía dedicar los sábados por la noche a sus amigos y al fútbol, y que incluso los domingos se iba con ellos a algún campo de la ciudad, como hacen los treintañeros barceloneses que descubren que les está saliendo barriguita y que han de hacer algún deporte. 

Nada de eso tenía sentido. A Gonzalo el fútbol no le apasionaba realmente, y cuando he estado en su casa jamás he visto un chándal. Tampoco era religioso, por allí no había biblias ni crucifijos, de modo que no pasaba los domingos en la iglesia. Mi teoría más sensata hasta la fecha era la de que le encantaba dormir. Lo más seguro es que pase los domingos enteros en pijama, y por eso jamás responde mis mensajes hasta mediodía, o incluso hasta bien entrada la tarde. Gonzalo es, además, muy pulcro: siempre lo tiene todo impecable, cocina de fábula y es muy educado. Me lo imagino planchando y cocinando despacio, pensando en la semana que se avecina. Pensando en mí.

Cualquier teoría que mi mente pudiera elaborar se desvaneció hace un par de semanas, cuando recibí un Whatsapp de una amiga mía preguntándome que si es que iba a salir de vermut esa mañana, que se acababa de encontrar a Gonzalo en el Céntric hablando con alguien. Obviamente me quedé a cuadros. ¿Alguien? ¿Qué alguien? ¿Un compañero de trabajo? ¿Un amigo? La noche anterior habíamos estado en una fiesta, y al dejarme en casa me había prometido que el domingo siguiente no tenía ningún plan con nadie, y que me llamaría después de comer. Esperé la llamada con nervios. Intenté ocultarlo cuando a eso de las cinco de la tarde sonó el teléfono.

3.

—¿Qué tal la mañana?

—Muy aburrida Milena, por aquí tirado vagueando. Tengo ganas de verte.

Sí, ya. Por ahí tirado, vagueando. ¿A qué venía esa mentira? Estábamos a punto de cumplir diez meses juntos y lo único que yo quería era una respuesta sincera. Diez meses son muchos meses, y lo único que me apetecía en ese momento era definir mi relación y mi futuro. ¿Estaría con otra? ¿Me sacaría a mí por la noches y se iría con ella los domingos? O lo peor, ¿era yo una clase de “otra” que sólo servía para fiestas y noches intensas? Tenía miedo, estaba enfadada, y entonces preparé mi plan.

—Recuerda que el sábado por la noche cenamos en casa, va a ser muy especial.

—Allí nos vemos. 

Llegó el sábado y con él la noche más perfecta que jamás nadie haya podido preparar. Lo tenía todo atado y todo pensado de manera que Gonzalo se viera obligado a quedarse conmigo toda la noche. No habría manera de que escapara de allí, y lo cierto es que le vi bastante cómodo. Cuando terminamos de cenar le propuse tomar un Martini, pero me dijo que no, que ya había bebido suficiente. ¿Así que ahora no te gusta el vermut?, pensé para mis adentros. Entonces le di un beso y le pedí que se quedara a dormir conmigo, que así al día siguiente podríamos hacer cosas de domingo juntos. Me miró dubitativo, y me respondió con otro beso. Sea quien fuera esa persona que me lo robaba los domingos, esta noche había ganado yo.

4.

Al día siguiente me desperté feliz y victoriosa, pero cuando me quise dar cuenta Gonzalo ya no estaba en la cama. De pronto sonó un portazo y salté de la cama para seguirle. Le maldije con palabras feas y me puse a toda prisa lo primero que pillé de ropa. Venga, Milena, me dije. Le vas a encontrar y le vas a decir cuatro cosas. Fui corriendo a la calle pero no le vi por ningún lado. Miré el móvil y recordé el mensaje de mi amiga en el que decía haberle visto en el Céntric la semana pasada, más o menos a esta hora. Eso estaba a veinte minutos de mi casa. Entonces me encaminé hacia allá con mis pintas horribles y mi rostro enfadado. Las calles estaban llenas de familias felices, las terrazas, a pesar del frío, estaban repletas de grupos de amigos o de parejas tomándose algo y riendo.

Llegué a Tallers y entonces caminé con más sigilo. Al fondo podía ver la esquina del bar, donde un montón de gente estaba brindando y tapeando. Me asomé por el cristal y allí estaba él, con la ropa del día anterior pero bien arreglado, sonriendo y sosteniendo en su mano una copa de vermut blanco. Casi se me saltaron las lágrimas pensando en que la noche anterior me lo había rechazado, pero me armé de valor y me decidí a entrar en el bar. Gonzalo no estaba solo, desde luego. Me quedé de piedra cuando vi que a su lado había una mujer bien entrada en años, cogiéndole de la mano. De pronto, Gonzalo me vio reflejada en el espejo del bar, y entonces también se quedó sin palabras. La mujer mayor y él me miraron y entonces yo me di cuenta de todo. 

5.

En la mesa, además de las copas y las tapas, había un montón de tuppers. En el suelo dos bolsas de ropa posiblemente recién planchada me hacían comprender por qué él siempre ha ido más limpio y más arreglado que yo. Aquella mujer no era ninguna amante, era su madre, y al pobre Gonzalo le daba demasiada vergüenza reconocer que él no era capaz de hacerlo todo y que aún necesitaba la ayuda de su mamá.

—Milena, qué sorpresa…

—Hola…

—Te presento a María, mi madre… estábamos hablando de ti…

María se levantó y me dio un abrazo. Me dijo que todos los domingos el vago de su hijo y ella quedaban allí para intercambiar cotilleos de la semana, para que ella le diera la colada, y para tomarse unos vermuts.

—¡Es una especie de costumbre familiar! —dijo—. Desde que mi marido falleció, Lalito y yo brindamos todos los domingos en su honor. La verdad es que me encantaría que te unieras.

A nuestro alrededor la gente gritaba. Las parejas se besaban. Las familias se peleaban por la última oliva o el último trozo de tortilla. Gonzalo y yo nos miramos sonrojados sabiendo que los dos nos habíamos comportado de una manera bastante infantil: yo dudé demasiado y él fue incapaz de decirme la verdad. Acabábamos de cumplir diez meses y esa, y no otra, había sido la verdadera celebración. María llamó a la camarera y pidió “otro blanco" para mí.

—¿Te gusta el blanco, verdad?.

—Sí, es mi favorito, contesté.

—¡No sé como no me la habías traído antes, Gonzalo, sabía que nos íbamos a llevar bien! —dijo María.

La otra mujer en realidad resultó ser la primera

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