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El hombre que necesitaba sentarse a dos metros sobre el suelo

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1.

Conocí al señor R. hace muchos años pero lo recuerdo como si fuera ayer. Lo primero que vi no fue a él, sino a la escalera plegable entrando por la puerta de mi consulta. Una vez dentro, la desplegó, escaló los tres peldaños y se sentó en el escalón más elevado. Tuve que levantar la cabeza para mirarle a la cara.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Nada que yo sepa, pero a todos les parece extraño que me guste sentarme en alto. A mí lo que me parece extraño es que todos estéis sentados tan bajitos.

–Entonces, ¿usted tiene la sensación de estar sentado a una altura normal?

–Claro, no entiendo por qué todos quieren sentarse tan cerca del suelo, no sé que se os ha perdido ahí debajo —dijo, soltando una carcajada.

Era especialmente simpático. Debía tener unos 70 años pero conservaba la agilidad de alguien mucho más joven. Andaba un poco encorvado pero parecía estar en perfecto estado de salud. A los pocos segundos de hablar con él se hizo evidente que no había ni rastro de demencia. Era un hombre educado, culto, con ademanes aristocráticos. Me costaba entender por qué le habían mandado a mi consulta. Luego levantaba la cabeza y lo recordaba.

2.

–¿Le podría pedir que bajase de la escalera y se sentara en mi butaca? La comunicación sería más fácil.

–No.

–Serían solo unos minutos.

–La verdad es que me resulta físicamente imposible sentarme tan cerca del suelo. Cuando lo intento, mi cuerpo se paraliza. Todo empieza a darme vueltas, me mareo, oigo zumbidos en mi oído izquierdo, pierdo el equilibrio... No es una sensación agradable.

Lo que el señor R. me estaba describiendo eran todos los síntomas de la enfermedad de Ménière, una afección parecida al vértigo que causa mareo o vértigo, pérdida auditiva y zumbido en los oídos. Pero no entendía por qué solo sufría ataques cuando tenía que sentarse en sillas normales. Los controles y mecanismos con los que nuestro cuerpo se alinea adecuadamente con el espacio son extremadamente complejos y aún encierran muchos misterios. Y ese parecía ser uno de ellos.

–¿Recuerda desde cuándo le ocurre? ¿Desde cuándo siente la necesidad de sentarse en una posición más elevada que el resto?

–No lo recuerdo exactamente... hace algunos años... Pero oiga, ese no es el problema.

–¿Cual es?

–Verá, estar sentado siempre en esta escalera me está destrozando la espalda.

–Eso quizá debería consultarlo con un fisioterapeuta.

–¿Usted sabe que está en la consulta de un psiquiatra, no?

–¿Psiquiatra? ¡Maldita sea! Le dije a mi mujer que necesitaba ver a un médico de la espalda. 

Luego se bajó de su escalera.

3.

El señor R. se disculpó y abandonó mi despacho murmurando entre dientes. Entonces tuve la intuición de que su patología iba más allá de una dolencia que afectaba al oído interno.

Mis sospechas se confirmaron cuando recibí una llamada de la mujer del señor R. al día siguiente.

La señora me contó todo lo que el señor R. no había querido decirme. Su marido había sido juez de silla profesional durante treinta años, empezó arbitrando los partidos infantiles del club de Tenis de su barrio y acabó siendo uno de los jueces más reconocidos a nivel mundial. Durante la década de los sesenta y los setenta había arbitrado partidos entre los más grandes: Rod Laver, Ken Rosewall, Bjorn Borg, Jimmy Connors... Incluso había sido el juez de la mítica final de Wimbledon del 78 entre Borg y Vitas Gerulaitis.

Al principio no vi la conexión.

Lo primero que pensé es que, quizá, tanto movimiento de cuello siguiendo a la pelota podría haber afectado a sus cervicales, provocándole los mareos. Pero no tenía ningún sentido que solo le ocurriese si se sentaba a una determinada altura.

Pero dejé que su mujer siguiera hablando.

Tras retirarse, el señor R. se había hundido en una profunda tristeza. Al parecer, no entendía que le hubiesen forzado a dejar de arbitrar por culpa de su edad. Desde que eso ocurrió empezó a pasar días enteros sentado en su escalera. Al cabo de un tiempo ya no quiso sentarse en nada que no estuviera a cierta altura. Ahora nunca salía de casa sin su escalera.

De pronto, lo entendí.

La jubilación forzada le había provocado la ruptura de un sentimiento de seguridad básico, así como una pérdida del principio de autoridad. Toda la vida se había sentido un peldaño por encima de los demás, y el perder este privilegio de forma repentina le había generado un trauma psicológico.

4.

Así se lo conté a su esposa.

–¿Y cual es la solución doctor? No podemos vivir así.

–La mala noticia es que, a su edad, la terapia de choque podría ser peligrosa. La buena es que él mismo ha encontrado la manera de paliar su estado.

–Pero no podemos seguir así... tiene la espalda hecha trizas, me da miedo que un día no pueda levantarse de la cama.

–Entiendo...

–Además, hay cosas que resultan imposibles de hacer. Por ejemplo, hace años que el dentista no puede tratarle porque se niega a estirarse en el sillón reclinable... no sé qué hacer...

Tras darle muchas vueltas llegué a la conclusión de que la única solución pasaba por intentar hacerle la vida lo más confortable posible. Ya que sería extremadamente difícil que él se adaptara a la normalidad, la normalidad debería adaptarse a él. Si todas sus sillas estuviesen más elevadas de lo normal, ya no necesitaría la escalera.

Hablé con un amigo carpintero para ver si era posible.

Hizo diversas pruebas. Durante dos semanas visité su taller prácticamente a diario. Al final, dimos con un sistema de patas que podían extenderse gracias a un sistema hidráulico hasta alcanzar los 170 centímetros,  la misma altura que las sillas de los jueces de Tenis.

Al señor R. le entusiasmó nuestro invento.

La costó unos minutos descubrir el truco del sistema mecánico. Cuando lo hizo, estaba exultante

–¡Se acabó el dolor de espalda!, gritaba.

Le gustó tanto la idea que le pidió a mi amigo carpintero si podía hacerle más adaptaciones como aquella.

5.

Lo siguiente que le hizo fue su butaca preferida, para que pudiera volver a leer con comodidad. Tras ello llegaron otras sillas, y cosas cada vez más complicadas como el lavabo o una bicicleta. Incluso llegó a hacerle un sillón de dentista elevado para que, finalmente, pudiesen tratarle esa muela que tanto le molestaba a veces.

Gracias a todo ello, el señor R. volvió a ser feliz y pudo vivir la vida que quería hasta que murió unos años más tarde.

Unos meses después de su fallecimiento, la señora R. volvió a mi oficina. Traía consigo la primera silla que hicimos. Quería que me la quedara en señal de agradecimiento. Es una clásica silla de plástico Eams, que era la favorita del señor R., pero con unas patas anormalmente largas. La tengo expuesta en el despacho.

Es mi homenaje a aquellos que se atreven a ver la vida desde otra perspectiva.

 

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