Jägermeister

Carta abierta de un vaso de chupito a todos los bebedores

"Nos encanta reunir a la gente a nuestro alrededor, pero también necesitamos amor”

Los vasos de whisky escuchan las mejores historias. Los vasos de cubata son testigos de todo tipo de locuras. Las copas de champagne siempre están de celebración. Las copas de vino asisten a las mejores citas. Las copas de cerveza suelen volar alto. Y las copas de cóctel están invitadas a las mejores fiestas.

Nosotros, en cambio, no somos más que utensilios fugaces. Epítomes del usar y tirar. Víctimas de una crueldad en la que pocos reparan. Acostumbramos a reunir a grandes grupos a nuestro alrededor. Y siempre lo hacemos con ilusión. Deseosos de conocer sus historias. Dispuestos a hacerles felices. Pero, al final, nada. Siempre lo mismo. Arriba, abajo, al centro, padentro y adiós. Si te he visto no me acuerdo.

Raramente pasamos de la barra. Cuando apenas hemos disfrutado del cosquilleo que nos produce el licor al envolvernos somos vaciados con voracidad, abandonados a nuestra suerte mientras nuestros primos los vasos de cubata viven toda clase de aventuras. Y todo porque tuvieron la suerte de nacer con unos centímetros de más. A veces tengo la sensación de que somos invisibles. Y eso es tremendamente injusto.

Sin nosotros, Rimbaud no hubiese alcanzado la belleza, ni Verlaine su Sabiduría

Porque, seamos claros: nosotros somos la verdadera alma de cualquier celebración. Cada vez que aparecemos en escena sabes que algo grande está a punto de suceder. ¿Acaso, amigo lector, recuerdas alguna noche memorable en la que nosotros no hayamos estado involucrados? ¿Acaso le habrías confesado lo que realmente sentías a esa compañera de clase? ¿Acaso habrías encontrado un argumento mejor para convencer a tus amigos de que era una buena idea inventarse una coreografía? ¿Acaso tu jefe habría accedido a cantar en el karaoke? Es innegable. Somos la chispa que enciende el motor de la diversión.

Y sin embargo, estamos condenados a vivir un suplicio constante. Nuestra existencia es un dilema interminable. Si no te escogen para salir a la palestra, te aburres como una ostra. Pero cuando finalmente te toca, sabes que la diversión solo durará unos minutos. Y nunca sabes lo que puede ocurrir después. No queréis saber cuántos de mis hermanos han acabado lisiados para siempre tras ser depositados con violencia en una barra. Cuántos han acabado despedazados en el suelo tras un arrebato de euforia. No sé si es peor la tortura de esperar o la tortura de no saber qué será de ti.

¿Qué le importa la condena eterna a quien ha encontrado por un segundo lo infinito del goce? En una ocasión, cierto poeta francés le soltó esta frase a uno de mis ancestros mientras sorbía las últimas gotas de su vaso. Sí, nuestra historia es la de una decadencia. Nuestros antepasados directos solían servir de recipiente para “el hada verde”, una bebida mágica, musa de poetas y pintores. Sin nosotros, Baudelaire nunca hubiese deseado “estar ebrio siempre”. Sin nosotros, Rimbaud no hubiese alcanzado la belleza, ni Verlaine su Sabiduría. Sí, hubo un tiempo en que estuvimos cerca de los Dioses.

 

Nos entristece que los vasos de cubata vivan toda clase de aventuras, y todo porque tuvieron la suerte de nacer con unos centímetros de más

Pero pasaron los años y todo se fue al garete. Nuestro prestigio se desplomó. Pasamos de alimentar la creatividad a ser recipientes de la futilidad. Pasamos de ser un objeto cuasi sagrado a un utensilio desechable. De inspirar clásicos de la literatura a inspirar obscenos juegos adolescentes. Demonios, si incluso en los restaurantes solo nos sacan para regalarnos. Sí, amigo Baudelaire. A mí el segundo de goce no me compensa la condena. Más que nada porque no hemos hecho nada para merecerla. Sino todo lo contrario.

Pero, ¿saben qué? Nunca nos hemos resignado. Y no lo hemos hecho porque tenemos el poder de juntar a gente a nuestro alrededor. De incitar nuevas amistades y recomponer las antiguas. De curar heridas y alentar la risa. De aplastar la pena en el olvido con recuerdos exultantes. Tenemos, en definitiva, el poder de repartir esperanza. Y es por ello que tras muchos años de oscuridad ahora podemos volver a gritarlo alto y claro: los vasos de chupito volvemos a ser los reyes del mundo. Y ahora es hora de celebrarlo juntos.

Espero que me bebas con otros ojos

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