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La historia más triste del beso más bello

“El beso” de Robert Doisneau encierra un maravilloso y trágico relato; es otra de las recomendaciones del fotógrafo Rai Robledo

Dicen de su instantánea más famosa que fue para él tanto su gloria como su condena: “El beso”, tomada en 1950, capturaba un delicioso arrebato de pasión callejera mientras el París postbélico seguía, a sus espaldas, el camino de la recuperación sin detener la mirada en ellos.

Fue su gloria porque confirmó su talento como uno de los grandes documentalistas de las entrañas cotidianas de la capital francesa en un periodo convulso. Porque su romanticismo espontáneo entusiasmó a nivel global. Porque a lo largo de los años ha sido una fotografía reproducida hasta la saciedad como el culmen de lo bello.

Y fue su condena porque casi medio siglo después se descubrió –por decirlo de alguna manera, porque tampoco existió una mentira expresa sobre ello- que el beso fue preparado, que los dos jóvenes eran actores, y que Doisneau les pidió que se besaran para firmar su inmortalidad. Dicho en lenguaje del siglo XXI: que fue un posado y no un robado.

Aquello provocó una incomprensible polémica que lo acusó de manipulador y que acabó por trastocar la salud del fotógrafo, que por aquel entonces era casi un octogenario. Murió seis años después. Sufrió una pancreatitis aguda y problemas coronarios, pero su hija asegura que fue la tristeza que padeció a raíz de aquellas infames acusaciones lo que lo llevó a la tumba.

Hasta ese fatal momento, Robert Doisneau sacó miles de fotografías de todo tipo: tomó retratos de un París que salía del horror de la guerra, que reconquistaba su papel como capital mundial del amor y la libertad; antes había capturado el París ocupado y su liberación, también trabajó para el mundo de la publicidad.

“El beso” fue su gloria y su condena, pero fue su abrumador talento a la hora de accionar el disparador el que lo consagró en vida como uno de los grandes. Y eso no se lo lleva ni la pancreatitis ni ninguna polémica absurda y corta de miras. Robert Doisneau es París y París es inmortal.

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