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Historias

Erotismo a golpe de peluches y lengüetazos

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Una carta de amor a Yungelita

Luna Miguel

02 Septiembre 2015 06:00

Nunca quise tener unas tetas grandes.

Tampoco he sentido recelo hacia las chicas que tenían la piel más suave que yo: en verdad, sé que no puedo cambiar mi cuerpo, así que hace tiempo que decidí conformarme.

Sin embargo, cuando miro a Yungelita algo vibra en mí.

No sé cómo llegué a su Instagram, y tampoco sé por qué me decidí a seguirlo, pero desde hace meses sus tetas, su piel suave, sus pijamas extraños, su ropa rosa y en definitiva todo su mundo enfermizamente femenino me obsesionaron, y no por envidia, sino por puro enamoramiento.

¿Quién es Yungelita?

¿Por qué se hace llamar Angel Fuck?

¿Por qué parece que siempre esté sola en su habitación?

¿Por qué su tez es tan blanca?

¿A qué se dedica?

¿Dónde vive?

¿Qué come más allá de las piruletas gigantes que, para deleite de muchos, ella lame juguetona ante la pantalla?

¿De verdad existe?

¿Y por qué me gusta tanto?

No es una mujer, tampoco una niña, no sería capaz de categorizarla como adolescente, sino más bien como una suerte de chica de otro mundo con ojos extraterrestres y sensualmente demoníacos.

“¿Qué edad tienes?”, le pregunta un comentarista anónimo en su Tumblr.

“666”, contesta ella, confirmando mis temores de que en realidad es un ser ajeno a todo lo que había visto antes.

Intento buscar más información.

Tecleo su nombre en el buscador de Google y sólo encuentro fotografías antiguas, algún link, algunas señas:

Nueva York, parece que no ha cumplido los 21, sus fans le abren cuentas falsas en redes sociales, está harta de que la juzguen por sus fotos, le gusta el manga, le gustan los caramelos, va al gimnasio, colecciona navajas de colores y peluches, tiene carácter.

Cuando ya no puede más con los comentarios de sus trolls, escribe mensajes en fucsia donde los manda a la mierda y les pide que no acosen a su familia.

“¿Has visto las fotos que se hace tu hija”, le dicen a su padre.

“¿Cómo puedes vestir así de zorra?”, le comentan a ella.

“¿Follarías conmigo?”, le provocan.

Pero Yungelita pasa de todos los pervertidos, porque lo tiene bien claro: su cuerpo es arte, su vida es arte, su belleza es una manera de comunicarse con el mundo, y no le da vergüenza.

El otro día tuve un sueño con Yungelita.

Soñé que de pronto me despertaba y entraba a un armario rosa y al otro lado estaba la blanquísima habitación de mi heroína erótica de Instagram.

Era como Narnia, pero mucho más excitante.

Era como entrar en el interior de una nube de golosina, en donde todo olía a fresa y a azúcar quemado.


Yungelita estaba en su cama, esperándome para que peináramos juntas a sus gatos de peluche, para que les diéramos besos y para que jugáramos con ellos.

Allí estaban Hello Kitty, los gatos de Sailor Moon, y otra camada más de peluches que ella se encargaba de presentarme, cada cual con un nombre más divertido.

Jugamos mucho.

Nos reímos mucho.

Y por primera vez en demasiado tiempo me sentí salvaje y libre.

Supongo que eso es lo que muchos no entienden cuando miran a la enigmática Yungelita.




Porque su único secreto de belleza es la absoluta libertad




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