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Historias

Volví a casa de mis padres y me encontré con dos personas rarísimas

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Casi con treinta, en paro y de vuelta al nido. Menuda fiesta

Natxo Medina

29 Enero 2015 15:15

1.

Con 29 años tuve una mala racha y toqué fondo. La empresa en la que trabajaba cerró y mi novia Marina decidió que era el momento ideal para marcharse de casa. Ella solía decirme sin tapujos que era "un puto inútil". Llevaba razón. Sin un euro ni ganas de nada, pensé que la única solución era volver a casa de mis padres. "Ellos me cuidarán mejor que nadie", pensé. Entonces no sabía que las personas con las que me iba a encontrar no se parecían mucho a los padres que yo recordaba.

En cuanto dejé las maletas en la entrada, supe que aquello iba a ser muy distinto a como lo había imaginado. Yo sólo quería abrazos, guisos caseros y que me dejaran hacerme un ovillo durante días viendo reposiciones de Dawson Crece. Lo mismo que hacía a los quince años. Lo mismo con lo que fantaseé cada día de mi vida desde que puse mis pies en una oficina por primera vez. Pero mis padres acababan de jubilarse y no estaban para muchas atenciones. A decir verdad, ya lo intuía desde la primera conversación que tuve con mi madre por teléfono.

—A ver, cariño ¿qué ha pasado? —fue su primera pregunta, en un tono neutro como un helado de vainilla.  

—No sé, mamá... La vida.

—Ah, sí, sí, la vida —soltó una risita y le pasó el teléfono a mi padre, para que discutiera conmigo los detalles de mi vuelta.


Habían convertido mi antigua habitación en un gimnasio-solárium



2.

Fue él quien me vino a recoger a la estación. Me encontró allí, hecho un fardo de ropa usada con ojeras y sin afeitar. Estaba tan sonriente y bien vestido que inmediatamente me sentí más miserable aún. Me dio unas palmadas en la espalda con sus manos de golem. Luego soltó una risotada y me dijo “Macho, estás hecho un asco”. En el coche me di cuenta de que estaba a punto de meterme de lleno en una vida en la que ya no cabía ni de broma. En esos cinco años fuera ellos se habían venido muy arriba, mientras yo me había convertido en un alien harapiento.

Lo primero que encontré al llegar fue mi antigua habitación convertida en un gimnasio-solárium. Tiraron las paredes para ampliar un pequeño cuarto de estar que teníamos y poder poner todas sus máquinas y una tele de plasma tamaño zepelín. Tenían hasta una cama de rayos UVA. Eso explicaba por qué los dos parecían recién salidos de un crucero por las Islas Griegas. Se tocaban mucho y estaban muy alegres. Era una pesadilla. Pregunté a mi madre dónde iba a dormir. Entonces me señaló un pequeño plegatín en el comedor, al lado del armario de las escobas.  

Aquella noche no pegué ojo. Repasaba mentalmente el camino de meteduras de pata que me había conducido hasta aquel sitio con olor a lejía, y mientras tanto miraba las sombras del falso techo e intentaba encajar en aquel colchón sin que los muelles se me clavaran en el espinazo. Esa no era una cama para un hijo, a no ser que tu hijo sea faquir. Me preguntaba si mis padres habrían pensado en algún plan B para arreglar la situación. Pronto me dí cuenta de que el plan B era yo.

3.


Mi padre había olvidado en qué consistía el trabajo; mi madre había llenado las paredes de casa con desnudos de mujeres muy jóvenes



Llevaba ya casi una semana en casa y la conversación que esperaba sobre mi vida a la deriva no llegaba nunca. A mi padre Marina no le gustaba nada, así que no le debió dar mucha pena que rompiéramos. En cuanto al trabajo, parecía haberse olvidado de qué era aquello. Ahora pasaba la mayor parte del día enfrascado en postear una recopilación de chistes en un blog y en buscar discos descatalogados de calipso en internet. Mi madre había encontrado su vocación en la pintura al óleo, y las paredes de la casa estaban llenas con desnudos de mujeres muy jóvenes.

Ambos entraban y salían cuando les daba la gana sin decir adónde iban, y yo no acababa de entender por qué de repente les había dado por arreglarse tanto. La comunicación conmigo se basaba en post-its y tupperwares repartidos por la casa, y algún que otro billete de 20 que me dejaban por ahí "por si hacía falta". Yo ya no sabía quién era el adolescente.

Una noche pedí alitas de pollo y me quedé viendo episodios de Anatomía de Grey. Serían las dos de la mañana cuando los escuché reírse al otro lado de la puerta, a punto de entrar en casa. Yo estaba llorando, un poco por mi vida perdida, otro poco por la pobre Meredith Grey, pero sobre todo porque me daba rabia que esa serie tan tonta me pusiera triste. Cayeron llaves al suelo, más risas. Mi madre entró en el salón un poco inestable y se despanzurró en el sofá a mi lado mientras mi padre farfullaba un “nasnoches” y se escabullía hacia su habitación. Ella me miró mientras trataba de aguantarse una carcajada, y dijo “¿me das una?”, señalando mi comida.

—¿Por qué lloras, cariño? —me preguntó después con la boca llena mientras con la otra mano me secaba los ojos.

—Soy un puto loser, mamá —dije como pude, entre mocos.

—No hombre, no. Ser tan duro con uno mismo no sirve de nada —dijo despreocupada, hincándole de nuevo el diente al pollo. Se limpió los dedos con una servilleta y cogió una manta que tenía al lado. La pasó por encima de sus piernas y de las mías.—¿Todavía echan esta serie? — añadió, mirando a la pantalla.

—Todavía —contesté yo con media sonrisa, pasándole un brazo por encima de los hombros.


Me preguntaba si mis padres habrían pensado en algún plan B para arreglar la situación. Pronto me dí cuenta de que el plan B era yo.





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