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Historias

Así es como viví el lunes más absurdo de mi vida

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Una historia basada en las pequeñas desgracias de una mañana cualquiera

Guiem Alba

30 Marzo 2015 05:36

Suena la alarma a las siete; salgo de la cama y me estiro como un oso. Hoy es el día del examen final y he dormido bien, así que estoy bastante tranquilo. Por una vez, me lo he preparado a conciencia y sé que todo va a ir sobre ruedas.

Voy a la cocina y me preparo un café y una tostada. Qué placer, el sabor del desayuno. Voy al baño y me doy una ducha. Qué gusto, el agua caliente. Vuelvo a mi habitación y abro la ventana. Qué luz, qué día tan radiante… demasiado… ¿Por qué hace tanto sol si solo son las siete y media?

No. Mierda. No. No puede ser.

Ayer empezaba oficialmente el horario de verano. Ayer todo el mundo adelantó la hora, menos yo, que me acabo de acordar. No me he levantado a las siete, me he levantado una hora tarde el día del examen final.

Es hora de correr, y también de rezar.



Mientras bajo las escaleras como bailando un claqué frenético, me doy cuenta de la ironía: por preparar obsesivamente el examen me desconecté del mundo y olvidé el detalle más tonto, pero también el más crucial. Pero no hay tiempo para pensar: salgo a la calle convertido en un corredor de maratones jamaicano.

Ya en la parada del autobús, pasa lo que tenía que pasar: el conductor también debió de olvidar lo del cambio de hora, porque el bus no aparece. Habría llegado antes a pie.


Me imagino conduciendo el autobús a 180 por hora mientras derrapo por la ciudad




Finalmente veo el autobús al final de la calle. Y sí, me ha tocado el conductor lento. Cuando llego tarde, el transporte público siempre parece moverse menos que un mosquito mojado.

Fantaseo con ponerme al volante y conducir el bus a 180 por hora mientras derrapo por la ciudad. En lugar de eso, me muerdo el puño mientras las señoras suben y bajan con suma lentitud. Sí, habría llegado antes a pie.



Piso el instituto una hora y media más tarde de la hora a la que empezaba el examen. La situación empieza a ser hasta cómica, pero yo sigo confiando en que será uno de esos días en que todo parece ir mal pero, finalmente, todo se arregla. 

El aula está vacía… qué sensación la de llegar tarde y no encontrar a los demás. Voy a la secretaría, a ver si averiguo dónde se han metido.

Tras el mostrador, Conchita me dice que los alumnos están en casa, claro: "¿Cómo van a esperar a un profesor que llega varias horas tarde? Se han ido pero, tranquilo, están contentísimos. ¡Ja ja ja!".

Mientras resuena la risa de Conchita, por un momento me consuela saber que le he alegrado el día a un montón de gente. Para los que no habían estudiado el examen final, mi desgracia habrá sido simplemente un milagro.


¿Cómo van a esperar los alumnos a un profesor que llega varias horas tarde?




La alegría dura poco, porque Conchita me informa de que el director quiere verme. Genial. No llevo ni dos meses como profesor sustituto y ahora me van a despedir. Además, lo de que se me olvidó cambiar la hora suena a excusa barata. Los alumnos cuentan excusas mucho mejores. 

En fin, hagámoslo rápido. Abro la puerta del despacho del director y, entonces, me despierto.



Uf, qué sudor frío. Miro por la ventana, está lloviendo a mares.  Bueno, me digo, al menos no tengo que aguantar que un director idiota me despida otra vez.

Me sabe mal por los alumnos de mi sueño: seguramente los estudiantes reales se encontrarán hoy a un profesor hiperpuntual y de los que ponen los exámenes difíciles. Yo nunca fui ese tipo de profesor, quizá por eso no tengo trabajo.

Miro el reloj de la mesilla: las seis de la mañana. En realidad son las siete, porque ayer se me olvidó adelantar la hora... qué más da, si tampoco tengo que madrugar. Me echo la manta hasta las orejas y sigo durmiendo mientras los demás se mojan ahí fuera.


Todo fue un sueño, todo fue real








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