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Historias

Un día en la vida de un yonki en un corto poético y devastador

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Magnus Lilleberg tiene 35 años, vive en Oslo y es adicto a la heroína. Esta es su historia.

Natxo Medina

15 Febrero 2015 06:00

"Quería enseñarle a la gente cómo es mi día a día, porque muchos viven en su pequeña burbuja social y algunos incluso se sorprenden al enterarse de que en Oslo vive gente sin techo". Así explicaba el noruego Magnus Lilleberg a The Independent las razones para embarcarse en la grabación de Magnus: A Spring Day, un breve documental en el que recoge dos años de su vida como adicto a la heroína, viviendo y chutándose en las calles de Oslo.

Christoffer Naess y Per Kristian Lomsdalen, de la productora de documentales Munin Film, le dieron una pequeña cámara a Magnus en 2011. La idea era que documentara su vida cotidiana sin añadir ni ahorrarse nada. Todo el material que grabó se acaba condensando en lo que parece un día, desde que se levanta hasta que se va a dormir.

En 17 minutos, vemos su rutina, totalmente condicionada por la adicción, y salpicada de escenas que a más de uno le harán apartar la vista de la pantalla. Pura verdad sin cortar.

El documental, sin embargo, no busca en ningún momento el morbo. No es sensacionalista ni gratuito. Apenas hay banda sonora para enmascarar la realidad, ni Magnus intenta forzarnos a que aprendamos ninguna lección valiosa. La simple realidad es suficiente para que no quedemos indiferentes.

Nos habla de su familia, de su padre, que ya es mayor pero sigue trabajando de nueve a cinco cada día. De sus aficiones, como hacer música o reparar cosas con ruedas. De su trabajo, vendiendo periódicos en la calle por un precio mayor que el real, y de cómo aún así la mayor parte del tiempo tiene que recurrir a pedir limosna para conseguir pagarse los cinco picos que suele meterse cada día.

Esa es sin duda la parte más cruda de la película, que no esconde cómo Magnus tiene que inyectarse la droga en la ingle porque el cuello lo tiene destrozado. Cómo no puede pagarse las tiritas que le ahorrarían el dolor de las ampollas que tiene en los pies. Cómo es incapaz de dormir sin chutarse, o cómo sólo un par de valiums y medio gramo de caballo pueden acabar con la ansiedad que siente constantemente.

Magnus lo intenta. Se encuentra con amigos en su misma condición. Charla por internet con desconocidos que le dan consejos para que salga del pozo. Pero tiene miedo. Con 35 años, buscar un horizonte nuevo y empezar de cero parece algo mucho peor que seguir dando tumbos por Oslo mientras el cuerpo aguante. Y al final le acabamos entendiendo. Porque todos hemos tenido miedo alguna vez. Incluso en primavera.


Lo peor de la adicción es que más allá de ella no queda nada, salvo el abismo



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