Historias

Bienvenido al viaje más hermoso de tu vida

Una historia basada en las fotografías de la alemana Julia Nimke

1. De pronto estaba allí, en el centro del arcoíris, o lo que es lo mismo, en el centro de un mundo salvaje que ansiaba conocer. Amanecía entre las montañas y todo era de un color rojizo, como si entre las nubes los dioses estuvieran sangrando. No sabía cómo había llegado a ese lugar. De hecho, no sabía ni siquiera si alguna vez en la historia de la humanidad alguien habría pisado las mismas rocas y las mismas hierbas secas contra las que mis pies chocaban.

2. Me dejé llevar por la brisa y por aquel viento con olor a bosque. Allá a lo lejos había un lago que prometía curar mi sed, y en el que, quizá, podría encontrar algún signo de humanidad que me desvelara dónde estaba. Todo era quietud y todo era silencio. Incluso una vez llegada a la orilla el agua sonaba tímida, como si los peces, al verme llegar, hubiesen sentido miedo. 

3. Pero lo cierto es que el único miedo allí era el mío. Decidí bañarme en aquella piscina natural. De pronto sentí como si la mano de una sirena me agarrara, aunque sólo eran unas ramas subacuáticas tocándome para adivinar, tal vez, quién era ese ser extraño que había decidido sumergirse en su líquido hogar. No hacía frío, todo era perfecto. No hacía viento, por el aire corrían pequeños rayos de luz que habían pasado de ser rojos a ser naranjas, y luego amarillos, y luego transparentes como un afilado cristal.

4. Me tendí al sol y esperé a que mi cuerpo se secara. Entonces miré al infinito y decidí seguir caminando hasta encontrar un lugar habitado. Crucé puentes de piedra parecidos a los de un cuento. Trepé a los árboles más altos para tratar de adivinar dónde me encontraba. La naturaleza se extendía como un manto de lana verde y al parecer no me quedaba otro remedio que atravesarlo. 

5. Como por arte de magia, una pequeña casa de madera se dejó ver entre dos árboles, allí encontré un mapa, una cámara de fotografías muy antigua, y una llave hecha de hueso. Sentí miedo de estar colándome en el hogar de algún guarda forestal, pero el nivel de polvo y telarañas que cubrían la mesa y otros muebles me aseguraban que aquel lugar llevaba maños vacío. En la pared, junto a la caldera, una foto polaroid colgaba casi a punto de caerse. En ella una figura humana posaba de espaldas al objetivo. Sólo se distinguía su abrigo negro, su pequeño cuerpo estirándose entre los enormes árboles.

6. Quité las telarañas de uno de los pequeños sofás de la cabaña con la intención de echar una pequeña siesta. Estaba agotada y no había comido más que las pequeñas fresas silvestres del camino. Pero no me podía dormir. Había algo oscuro. Había alguna clase de miedo o pulsión que me empujaba a encontrar el lugar exacto en el que esa polaroid había sido tomada. Me levanté decidida a llegar hasta ese espacio, estaba segura de que allí encontraría la respuesta al por qué de este viaje. Estaba segura de que allí alguien con voz y con aspecto de persona me recogería y me llevaría de vuelta a la civilizacón. Caminé entre los troncos más altos que he visto en mi vida. Me dejé llevar por los repiqueteos con que los pájaros carpinteros trabajaban sus maderas. Seguí el furioso olor de mi aventura, y me sentí una más en este bosque. 

7. De pronto, allí estaba. Iba a caer el sol pero fui yo la que logré burlarlo, dando por fin con la figura oscura de la fotografía. ¿Un policía, un guardabosques, un autóctono que cada anochecer se atrevía a pasear entre los grandes árboles? Aún estaba lejos, pero caminé hacia la figura gritando como una loca. Pidiendo ayuda. Diciéndole que me esperara, que necesitaba alguien con quien hablar o que me guiara. Sin inmutarse, la figura seguía allí de pie, retándome, burlándose, esperándome. Cuando estaba a pocos metros el miedo volvió a apoderarse de mí. ¿Y si no quiere que le moleste? Me acerqué hasta su espalda y le toqué el hombro. Cuando al fin giró el melancólico rostro me quedé blanca y no podía creerlo. Aquella figura vestida de negro era yo misma. Su rostro era mi rostro. Su incertidumbre era mi incertidumbre. Su sueño era mi sueño. Y entonces desperté. 

8. En una cama blanca, entre un montón de almohadas parecidas a las nubes, reconocí el techo de mi cuarto. La boca aún me sabía a fresas y la piel aún la tenía quemada por el sol cristalino del lago. Qué cruel y qué hermosa puede ser a veces la mente. Qué reales nuestras ficciones. Cuántos espacios brutales es capaz de imaginar nuestro pequeño cerebro. En una cama blanca, los músculos me dolían como si hubiera caminado durante horas. Entonces quise cerrar los ojos para regresar de nuevo, pero la magia había desaparecido, y en mi cabeza ya todo se sentía ocuro. 

Porque, ¿cuál es la verdadera diferencia entre imaginación y naturaleza?

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