Historias

El problema de los artistas no es Spotify, sino la codicia de las multinacionales

Sellos: 75%, Creadores: 25% = sistema estropeado

El pasado mes de noviembre, Taylor Swift decidió quitar todo su catálogo de Spotify. No lo hizo porque no quiera que su música esté disponible en el servicio, sino porque quiere unas condiciones más justas. Su decisión fue especialmente llamativa porque se trata de una artista capaz de atraer a 16 millones de usuarios ella sola. Pero Swift no es la única creadora descontenta con la realidad del streaming.

“Las tarifas abominablemente bajas que pagan los servicios de streaming –habilitadas por leyes desfasadas– son otra indicación de que nuestro trabajo se está devaluando en el mercado actual”, escribía unos días después el cantante y compositor Aloe Blacc en un artículo para Wired. En el mismo texto, Blacc explicaba que únicamente había recibido unos 3.500 euros de Pandora –la principal radio en streaming del mundo– por haber coescrito Wake Me Up! de Avicci, uno de los mayores hits de los últimos años.

El sentir general es que los servicios de streaming, con Spotify a la cabeza, son injustos con los artistas. Pero un nuevo estudio realizado por Ernst & Young y el SNEP –el equivalente francés a nuestra SGAE– ayuda a entender cuál es la verdadera dimensión del problema. El objetivo del estudio era descubrir a dónde va a parar el dinero que pagan los suscriptores de servicios como Spotify o Deezer. Los datos son demoledores: los sellos se quedan con el 75 por ciento de los beneficios mientras que los artistas y compositores tienen que repartirse el 25 por ciento restante. Es decir, las migajas.

 

Los sellos se quedan con el 75 por ciento de los beneficios mientras que los artistas y compositores tienen que repartirse el 25 por ciento restante

El sindicato responsable del estudio engloba a majors como Universal Music, Sony Music y Warner Music, por lo que, evidentemente, intenta justificar los resultados. Según ellos, el 95 por ciento del dinero que reciben se destina a “gastos de producción y distribución”. Pero este argumento cada vez tiene menos sentido.

En el pasado, los estudios tenían que financiar horas de estudio, fabricar miles de vinilos y CDs, encargarse de que las copias llegaran a los puntos de venta e invertir en costosas campañas de promoción. Pero en el caso de la música digital, la gran mayoría de estos servicios no son necesarios. En el streaming, la fabricación y la distribución se sustituyen por un botón y las tarifas de marketing que se pagan online están a años luz de las que se pagaban en soportes físicos. En otras palabras: ya no cuela decir que el dinero se invierte en el beneficio del propio artista.

Parece que el verdadero problema, pues, no está tanto en Internet sino en la relación de los artistas con sus sellos. Puede que tengan razón al quejarse de que el dinero que reciben de los servicios online es insuficiente. Pero lo más probable es que esas cantidades estén especificadas en los contratos que firmaron. Si das potestad sobre tus derechos de autor a sellos y editoriales, serán ellos los que tomen las decisiones. Y tomarán las que más les beneficien.

Lo que están intentando hacer los sellos es seguir estirando un modelo que lleva años obsoleto. Algo parecido ocurrió cuando se produjo el trasvase del vinilo al CD. De pronto, los costes de producción cayeron en picado, pero los discos podían seguir vendiéndose al mismo precio. Durante años los sellos hincharon una burbuja artificial a costa de devaluar su propio producto. Y para cuando llegaron los programas de descarga P2P les estalló en las manos. Lejos de aprender la lección, parece que están intentando repetir la jugada. Pero casos como el de Taylor Swift demuestran que incluso los artistas más grandes se están rebelando.

Los creadores musicales deben asumir que cada vez será más difícil ganar dinero vendiendo discos. Pero en vez de ver a Internet como el enemigo, es más inteligente utilizarlo como una manera de explotar nuevos caminos. Los servicios de streaming, por ejemplo, ayudan a atraer nuevos fans, que luego pagarán entradas de conciertos y productos de merchandising. Sacar el máximo partido a la red es una excelente manera de hacerle saber a los sellos que ya no son tan imprescindibles, y una medida de presión contra aquellos que ofrecen condiciones abusivas a sus artistas.

 

Un sistema que sigue priorizando el beneficio de los intermediarios mientras empuja a los creadores a la precariedad es un sistema estropeado

Nadie discute que los artistas deben percibir una remuneración justa por su trabajo. Pero el problema de exigirle más dinero a plataformas como Spotify es que corres el riesgo de hacer que el modelo ya no sea viable. Si el verdadero objetivo es derrocar a la piratería, deberán aceptar que el streaming es "el mal menos malo". Que los creadores pidan leyes que se adapten a la nueva realidad del consumo musical es perfectamente válido. Pero deberían hacer lo mismo con sus relaciones con las discográficas.

Si algo se ha hecho evidente desde que estalló la crisis de la industria discográfica es que el pastel ha menguado demasiado como para seguir alimentando al mismo número de bocas. Pero también parece evidente que no se han tomado las medias necesarias para corregirlo. Un sistema que sigue priorizando el beneficio de los intermediarios mientras empuja a los creadores a la precariedad es un sistema estropeado.

Ahora que nos hemos habituado al streaming, pensar en la posibilidad de que desaparezcan estos servicios por falta de rentabilidad puede resultar inquietante. Pero lo realmente aterrador es pensar en un sistema en el que no sea viable escribir canciones.

 

¿De qué sirve crear un nuevo modelo si repites los errores del anterior?

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