PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Historias

"Desde mi ventana solitaria, la ciudad eléctrica era mi única amiga"

H

 

En la quietud de la noche, en cualquier ciudad, late un corazón. Es Floriane de Lassée, retratando el pulso del insomnio y los neones

Natxo Medina

05 Marzo 2015 06:00

No sé en qué momento todo empezó a vaciarse. Hubo un tiempo en que las noches estaban pobladas por el barullo, el ruido, las risas y la poesía del no dormir nunca. Pero poco a poco las calles se llenaron de extraños, las miradas de los demás se hicieron más esquivas. La ciudad se convirtió poco a poco en un gigante muerto.

Y yo, encerrado en su estómago como Jonás en la tripa de la ballena, me quedé solo.

Ahora la noche sólo me trae insomnio. Una abrumadora sensación de estar apenas hecho de impulsos nerviosos. De mirar por las ventanas y saber que encontraré la sonrisa desdentada de los anuncios luminosos, y tras ella la angustia.

Contemplo la ciudad, con sus colores extraños, empapada en barniz artificial, y me cuesta reconocer las fachadas, los mapas que dibujé una vez. Contigo. Con todos.

A veces, en esas horas muertas, aprovecho para improvisar unas notas al piano. Pero siempre lo dejo. Es tarde, los vecinos se quejarán. Y mis dedos ya no son los que eran antes. Antes de tantos viajes, antes de estar obligado a vivir.

Entonces, apoyando la cabeza contra el cristal, viendo mi propia respiración hacerse agua, vuelvo a pensar en ti. Esta nostalgia nocturna, de acero, se vuelve cada día más desagradable.

¿Por qué pienso todas las noches en tu piel y en tu olor, si ya no estás? ¿Por qué, si cuando estiro el brazo para alcanzarte, sólo hay acero y un vacío raro?

Entonces me dejo llevar por el silencio. A veces subo hasta lo más alto de los edificios en lo más profundo de la madrugada, y disfruto la sensación de sentirme pequeño y escuchar sólo el rumor de los aires acondicionados y los camiones de la basura a lo lejos.

De ser sólo una pequeña mota en un mar de asfalto y cifras que cualquier día se nos tragará a todos.

Entonces no soy nada, pero sí que soy. Soy este corazón que late, por encima de las aceras y los carteles de publicidad. Soy el anhelo. Soy el pulso oculto de la ciudad dormida.

Búscame.


Las ventanas de la ciudad se encienden cuando las calles duermen, y nos revelan mensajes cifrados





share