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Historias

Así es mi trabajo en la fábrica de sexo más grande del mundo

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El fotógrafo Robert Benson nos descubre los entresijos de una fábrica de muñecas sexuales de alta tecnología

silvia laboreo

07 Marzo 2016 17:09

Ahí están, como cada día. Cómodas en su pasarela de oficina. Es extraño porque, aunque sé que no es posible, a veces siento que me espían. Que me miran cuando yo no miro.  



Hace tiempo que dejé de escuchar sus risas. Hace tiempo que me obligué a no sacar la cinta métrica y pasarla alrededor de mis muslos, mi cadera, o mi pecho cada vez que me toca dar de alta un nuevo molde, o un nuevo modelo, en la base de datos. No hay nada que mi cuerpo pueda hacer frente a estas diosas egoistas. Eso lo tengo asumido. Pero a veces aún me sorprendo hablándome a mí misma frente al espejo.

"Son muñecas, ¿vale? Trozos de plástico, silicona de la mejor calidad, con pelo artificial y maquillaje. Trozos sin vida, sin alma".

Cuando el fotógrafo Robert Benson descubrió la existencia de las muñecas sexuales de alta tecnología, esas que imitan a la perfección el cuerpo femenino, decidió conocer de primera mano cómo se fabrican.



Hace ya cinco meses que comencé a trabajar aquí, en la fábrica de sexo fácil más grande del mundo. Aquí lo llamamos así, sexo fácil. ¿Por qué que hay más sencillo que follarse a un trozo de plástico?



Lo que más me sorprendió al llegar fue la variedad. Aún me sorprende. Esas tablas y esas listas. Esos muestrarios de formas, de tonos y de tallas. Los catálogos en los que se detallan todas las combinaciones posibles de rasgos. Bocas y labios y pechos y ojos y pelo a gusto del consumidor.

Nunca imaginé que hubiera tanta variedad de pezones en el mundo. ¿Cómo serán los míos? ¿Marrones o Melocotón? ¿Estandar 1 o Perky 2?

¿Texas o Big Mama?

Benson descubrió que una de las mayores fábricas de muñecas sexuales del mundo se encontraba muy cerca de su casa, en San Marcos, California. Así es como se gestó la idea de un reportaje fotográfico titulado Sex Dolls




Cuando nadie me ve, me hago autofotos. Con sus caras.



Cuando nadie me ve introduzco mis dedos en sus bocas.



Fantaseo con cómo sería tener esos rostros. Esos cuerpos. Cómo sería ser una actriz porno de plástico, sin miedo al placer ni al dolor, ni al estigma, ni al abuso. Simplemente ser ama de los deseos, una diosa desestresante, una benefactora del sexo.

Luego bajo la mirada hacia mi cuerpo estriado, y me agarro las grasas, los plieges que forma mi espalda. Un cuerpo gastado, usado. Sin número de serie. Y sin repuestos. Sé que nunca seré tan apetecible como estos malditos trozos de plástico. 

TheRealDoll Factory produce muñecas costumizadas que pueden llegar a costar 6.500 dólares


A veces me gustaría reunir el valor suficiente para quemar la fábrica.

A veces odio mi trabajo.

A veces simplemente me odio.

Y luego me río.

Me toco.



Trabajar aquí es como asistir a una fiesta de apéndices humanos en la que tienes barra libre. Solía sorprenderme la variedad de muñecas existente. Me imaginaba los celos que sentían las unas de las otras. Hoy me he dado cuenta de que todas son iguales. Exacta y terrorificamente iguales.



Las medidas que debemos tener, los kilos que debemos pesar, los pechos y los labios que debemos tener, cómo debe ser nuestra piel. Nívea, limpia y perfecta. De silicona. 

Si existe un canon del follar, tiene que ser esto.

La fábrica emplea a artistas de modelado altamente cualificados que crean no solo diferentes rostros, peinados y maquillajes, sino todos los agujeros y atributos necesarios para satisfacer las necesidades de los clientes.



Cuando las veo colgadas del techo me imagino dónde acabarán. Su historia del futuro. La del presente ya me la conozco demasiado bien.

Mark, el ejecutivo. Trabaja 24/7 y no tiene tiempo —ni ganas— de conocer a nadie. Caucásica, ojos verdes, rubia y depilada. Boca grande. ¿Para qué? No lo sé.

Sergio, el actor. Cliente Habitual. Tiene la casa llena de muñecas. Mucha pasta, pocos escrúpulos. Morena, ojos marrones, bragas de encaje. 

Borja, el jubilado. Simplemente busca un poco de compañía. Aunque esta sea de plástico.



La que se sale de la norma es relegada a una habitación "especial" situada en el sótano de la fábrica. La llamamos la sala de las muñecas perdidas. Allí acaban las muñecas imperfectas, deformes, a medio acabar... En mis horas libres me paseo por allí abajo, por entre los pasillos de los que cuelgan cientos y cientos de muñecas rotas. Y me pregunto si yo sería de las de arriba o de estas de aquí, de las incompletas.

Las toco con cuidado, como si fueran capaces de sentir algo. Casi espero que alguna suelte un quejido que aporte humanidad a este lugar sin alma.  Me toco, con cuidado. Como si yo también fuera capaz de sentir algo.

A veces me cuestiono si los humanos no nos pareceremos más de lo que pensamos a estas muñecas.



“No hay muchas fábricas de muñecas sexuales en el mundo”, me dijo mi jefe con orgullo el primer día que entré a trabajar.



Y doy gracias porque así sea.


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