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Historias

Este tipo explica por qué tener un Ferrari no mola tanto como crees

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Poseer uno puede llegar a ser una pesadilla

Franc Sayol

10 Diciembre 2014 07:00

Aunque la noción del éxito siempre es relativa, los Ferrari son uno de los símbolos aspiracionales por excelencia. Pero cuando finalmente logras poseer uno, la realidad puede ser mucho menos agradable de lo que imaginabas. Esto es lo que le ha ocurrido al periodista y escritor Doug DeMuro.

Hace un año, DeMuro cumplió un sueño de infancia al comprarse un Ferrari 360 Modena. 12 meses después, lo ha vendido. Y está muy feliz de hacerlo. En un artículo en Jalopnik, DeMuro ha explicado todos los problemas que hacen que la realidad de poseer uno de los míticos coches deportivos italianos no esté a la altura de las expectativas generadas. Al menos, para él.

En primer lugar, está el problema del exceso de atención. Evidentemente, muchas de las personas que se compran un Ferrari lo hacen precisamente por atraer miradas. Pero para DeMuro era extremadamente cansino:

A cada semáforo, el tipo de al lado te preguntará cuánto cuesta. En cada gasolinera, un tipo en una furgoneta vendrá y dirá '¿nos los intercambiamos?' La gente querrá hacerse fotos con él, a su lado y dentro. Los niños querrán que hagas sonar el motor para poder poner un vídeo en YouTube. Y, estés donde estés, todo el mundo va un poco más deprisa cuando está cerca de ti, deseosos de demostrar que pueden seguir tu ritmo, lleven un Subaru o un Porsche”.

La otra gran razón para comprarse un Ferrari, fanfarronería a parte, es la experiencia de conducción. Pues bien, tal y como relata DeMuro, disfrutar de esta experiencia como es debido resulta altamente complicado:

Conducir el coche no es muy agradable a no ser que estés en una carretera de curvas solitaria. En las ciudades tienes que lidiar con baches, suciedad en las carreteras, bordillos y otros conductores, que realmente casi nunca miran sus retrovisores y mucho menos fijándose en ver un coche deportivo de poco más de un metro de alto. Hay muchos puntos ciegos y la suspensión es dura. Hasta que no escapas de las aglomeraciones, las malas carreteras y los conductores despistados, no puedes disfrutar realmente un coche así”.

Con todo, la principal conclusión que ha sacado DeMuro de su año con un Ferrari es que debes pensar en el coche como si, en realidad, no fuera un coche. Así lo explica:

“Hace unos meses, un amigo me resumió este coche perfectamente: es un coche para ir del Punto A al Punto A. En otras palabras: no es un coche que utilizas para a ir a algún lugar. Es un coche que sacas de tu casa, conduces durante un rato y lo devuelves a tu casa. No vas al centro comercial con él. No sales a cenar con él. No puedes cargar ningún paquete grande y no puedes transportar a más de una persona. No es un coche que uses. Es un juguete con el que juegas”.

Esto va en contra de la lógica más elemental que te lleva a un poseer un coche: poder ir de un lado a otro. Evidentemente, la gente que puede permitirse un Ferrari suele poseer otros coches. Pero aún desde la perspectiva de la persona que se lo compra como un capricho, hacerse con uno tampoco parece muy rentable.

“La mayoría de la gente que llega al punto de poseer un Ferrari no se caracteriza por tener grandes bloques de tiempo libre que pueden dedicar a conducir sin propósito durante horas. Así que el coche está parado, parado y parado menos ese fin de semana, entre viajes de negocios, en el que hace buen tiempo, la mujer y los niños están en el museo, la casa está limpia y el coche funciona correctamente. Como puedes imaginar, esto solo ocurre unas pocas veces al año”.

Atendiendo al testimonio de DeMuro, uno prácticamente se alegra de no tener perspectivas de poder hacerse con un Ferrari. Claro que, muchas veces, las cosas que más felices nos hacen no responden a lógica alguna.

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