Historias

Cuando nuestro padre nos secuestró, el cine nos salvó la vida

Los hermanos Angulo se pasaron catorce años encerrados bajo llave en su propia casa. Su increíble historia llega ahora a la gran pantalla

El amor puede ser la peor de las cárceles. En su nombre tomamos decisiones que, observadas con la debida distancia, se acaban volviendo contra nosotros como un tremendo disparate. Como ese bumerán cabrón que vuelve a golpearnos la cara.

Oscar Angulo actuó movido por un intenso amor de padre cuando, un buen día... decidió confinar a sus hijos en su propia casa. Durante catorce años.

Su intención era pura: el páter familias intentaba mantener a los suyos alejados de los vicios espirituales de la vida moderna en la gran ciudad. Pero el método para lograrlo...

El hogar como jaula de cristal

La historia de los Angulo comienza a mediados de los 80 en Perú. Susanne Reisenbichler, un espíritu libre escapado del Medio Oeste, conoce a Oscar durante un viaje al Machu Picchu. Contagiados de amor, ambos ponen rumbo a EEUU para iniciar una vida en común.

Tras probar suerte en ambas costas, su destino final es Nueva York, la gran metropoli. Allí se asientan junto a su creciente prole. La primera en llegar fue Visnu, su única hija, nacida con problemas de desarrollo. Tras ella, seis varones que la pareja, devota de Krisna, bautiza como Bhagavan, Govinda, Narayana, Mukunda, Krsna y Jagadisa. Nombres devocionales para unos críos llamados a pasar la mitad de su vida encerrados entre cuatro paredes.

A principios de los 90, la familia se muda a un complejo de apartamentos de protección oficial en el Lower East Side. Es ahí, entre las malas calles de un Manhattan depauperado, donde el pensamiento del padre se empieza a torcer.

Preocupado por el crimen y las drogas, Oscar prohibe a los suyos pisar la calle. Cerrojos echados, ventanas enrejadas, y hasta una escalera bloqueando desde fuera la puerta de entrada.

Telón de acero, en un piso 16.

                                Los hermanos Angulo viendo películas en su habitación

Durante catorce años, los hermanos Angulo vivieron totalmente aislados del mundo. "La gente tiene malas intenciones y es peligrosa", les decía el padre para justificar su encierro. "No quería que se vieran contaminados por las drogas, la religión o la filosofía, sino que aprendieran quiénes era por ellos mismos", explica Oscar en el documental que ahora cuenta la historia de sus hijos.

Sólo él, el padre, abandonaba la vivienda para comprar comida y alquilar películas con el dinero de las prestaciones sociales que recibía la familia.

El cine como ventana abierta al mundo

La singular historia de los Angulo se lee como una especie de cruce entre Ciudad de cristal de Paul Auster y Rebobine, por favor de Michel Gondry. Entre aquel pálido poeta al que su padre encierra durante años para que hable "la verdadera lengua de los hombres" y aquellos dos locos trabajadores de videoclub dedicados a hacer remakes caseros de las películas que quieren ver sus clientes.

Durante sus años de encierro, los Angulo sólo tuvieron una vía de escape: el cine, las películas que les dejaban ver. Su madre se ocupó de instruirles en lo básico, pero la pequeña pantalla fue su verdadera escuela, su única ventana abierta a un mundo en el que no les estaba permitido participar.

Como en el filme de Gondry, su principal pasatiempo durante años consistió en ver películas y recrearlas, usando lo que encontraban por casa —cinta adhesiva, pintura, cajas de cereales— para crear el vestuario y al atrezo de sus adaptaciones.

                                                  Los Angulo recreando Reservoir Dogs

Todo cambió para ellos en enero de 2010. Una tarde, Mukunda, entonces con 15 años, decidió hacer oídos sordos a la ley de su padre y consiguió escapar de casa.

Al chaval no se le ocurrió otra cosa que salir a la calle ataviado con una máscara casera como la que luce Michael Myers en Halloween. Pensó que así lograría evitar ser reconocido por su padre en caso de un encuentro casual, pero lo que consiguió fue generar miedo entre los tenderos de la zona.

Llamadas al 911, coches patrulla. Se acabó la excursión para Mukunda.

Después de una semana en el Bellevue Hospital Center —la policía le tomó inicialmente por un enfermo mental—, el chico fue devuelto a su casa. Poco después, los servicios sociales visitaban por primera vez el hogar de los Angulo. Sorprendentemente, lo que se encontraron no les pareció motivo de alarma.

Los asistentes sociales consideraron que la situación de los hermanos no constituía ninguna irregularidad grave. Al fin y al cabo, estaban sanos y educados. A sus ojos, aquello era un caso más de unschooling o educación en el hogar. Aún así, concluyeron que los tres hermanos más jóvenes precisaban una mayor socialización.

El padre accedió a que acudieran a sesiones de terapia en un centro cercano. El telón se había roto.

La manada de lobos que se convirtió en película

Han pasado dos meses desde la primera escapada de Mukunda y Crystal Moselle pasea por las calles del East Village. Un chaval la adelanta corriendo. Luego otro. Y otro. Y otro más...

El aspecto casi idéntico de aquellos seis adolescentes -por aquel entonces tenían entre 11 y 18 años- llama su atención y, movida por el instinto, Moselle se lanza a correr tras de ellos. Cuando les alcanza, intenta entablar conversación.

—Hey.

—Hola.

—¿Vivís por aquí?

—En Delancey Street.

—Nunca os había visto por la zona.

—Se supone que... no debemos hablar con extraños.

Los chicos se muestran nerviosos, es una de sus primeras escapadas en grupo, pero el hielo empieza a romperse tan pronto como se enteran de que aquella chica rubia que les inquiere está metida en el medio que ellos tanto aman: el cine. Había conexión.

                                         Crystal Moselle filmando en las calles de Nueva York

Los siguientes cuatro años, Moselle los pasó recomponiendo la historia de los hermanos mientras los filmaba recreando algunas de sus películas favoritas. A la vez, la cineasta se convirtió en su consejera para todo lo relacionado con el arte de interactuar con otros.

Mucho ha cambiado la vida de la familia Angulo desde entonces. La mayoría de los hijos siguen viviendo en el apartamento familiar, pero ahora son ellos y la madre quienes llevan las riendas en casa, y apenas se hablan con el padre. Govinda se ha independizado, varios de los hermanos trabajan, hay quien ha encontrado novia y quien ha decidido adoptar un nuevo nombre para distanciarse de su historia.

Los Angulo se han convertido en chavales con vidas normales, pero Moselle llegó justo a tiempo de capturar su insólito pasado en The Wolfpack, un documental que acaba de llegar a los cines norteamericanos después de levantar aplausos en Sundance.

A raíz de la cinta, todo el mundo se hace las mismas preguntas: ¿Es legítimo que un padre pueda disponer sobre la voluntad de sus hijos hasta el punto de negarles la libertad? ¿Cómo puede ser que los hermanos tardaran 14 años en lograr salir de casa? ¿Existió algún tipo de abuso en la casa durante todo aquel tiempo?

Oscar habla en el filme sobre su visión del mundo exterior como una cárcel. Quería librar a los suyos de aquella presión, burlar las ataduras de una sociedad que consideraba perniciosa, pero en su rechazo acabó creando su propia prisión a escala. ¿Y qué piensa un crío ante una situación así?

"Cuando eres joven, no entiendes por qué las cosas son de la manera que son", explicaba Govinda a The New York Times. "Simplemente lo aceptas".

A veces, el respeto es lo que tiene: como el amor, nos lleva a aceptar situaciones que, observadas con la debida distancia, se acaban revelando un tremendo disparate.

                                                  Los hermanos Angulo en la actualidad

Cuando mueren los apegos asoma la libertad

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