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Historias

Diario de un repartidor de sushi: la entrega que desafió mi dignidad

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Un relato sobre la Barcelona que se esconde detrás de una cena a domicilio

Alba Muñoz

15 Febrero 2015 06:00

La historia que voy a contar sucedió una jornada cualquiera, durante mis 10 horas de reparto de sushi a domicilio en Barcelona. Desde ese día, la percepción que tengo sobre mi vida no es la misma.

Me llamo Juan, soy Licenciado en Filosofía y desde hace dos años transporto cenas a lomos de un ciclomotor de color fucsia. Soy un fracasado de manual, un pringado con intereses humanistas.

El sushi a domicilio ya puede considerarse comida típica catalana. Es uno de los grandes negocios de Barcelona. A través de los marcos de la puerta, de gente que espera sus makis, es posible hacer una cartografía humana de esta ciudad. Y puede que también, un mapa de nuestros sueños.

1. La hija del futbolista


Eran las 10.45 de la noche y Michelle había pedido sopa wan-ton. Cuando esta niña de nueve años encarga este plato con la nota “caliente”, significa que está triste.

Michelle vive en una mansión de Pedralbes, su padre es futbolista y su madre sólo quiere ser esposa de futbolista. Pide sushi casi todos los días.

Cuando abrió la puerta, llevaba sus cascos inalámbricos rojos y su pijama de oso panda.

– Hey.

– Hola, te traigo una sopa de magma – ella sonríe – ¿Estás solita?

–  Mi padre está con la Play, mi madre ni idea.

– ¿A quién tengo que pedirle un autógrafo hoy?

Iniesta y uno nuevo, no se quién es.

– No aprendes, eh. Que yo quiero tu autógrafo. Ellos ya son viejos, lo dicen los periódicos – vuelve a sonreír.

– Anda, fírmame el ticket. A dormir pronto, haz caso a Po – Po es el Teletubbie rosa.

Michelle miró su alrededor, me dio un abrazo fugaz y 10 euros de propina. Cerró la puerta a toda prisa, como con vergüenza.

2. Pescado crudo

Después me tocó Trinitat Nova. No voy mucho ir por allí, los vecinos de este barrio no suelen pagar cenas orientales con pescado fresco.

Abrió la puerta una mujer sonriente: “¡Ya está aquí!”, gritó hacia una gran mesa familiar. De la lámpara colgaban serpentinas. Diría que había tíos, hermanos, un abuelo. Me miraban con poco entusiasmo.

– ¿Cuánto es? ¡Pregúntale que luego te sube la factura! – dijo el abuelo.

Eso, eso, ¡que aquí estamos en paro! – bromeó un hombre.

– ¡Callaros ya!, son 65,20, ¿verdad?

– Sí señora, pica un poquito. ¿Un cumpleaños?

– Mi niño cumple 12 años y le hacía ilusión. Desde que vio el sushi en un concurso de la tele no ha parado con eso.

– ¡Pescado crudo! Eso tiene anisakis de ese, ya verás tú. Luego nadie se hace cargo –  refunfuñó el abuelo.

Entonces el chico se acercó, me arrancó el paquete y derrapó hacia la cocina: "¡Sushi!, sushi, comida submarina de coloreees!".

– Antes íbamos a restaurantes, ahora con la crisis es un lujo, qué te voy a contar. Toma hijo, perdona que no te dé más propina.

Me dio 30 céntimos y me dijo que vigilase con la moto. Cuando cerró la puerta, la fiesta empezó.

3. Pánico vegano

Barrio del Eixample. Abre la puerta una pareja joven. Ella, con cara compungida, sostiene el monedero. Él, unos pasos por detrás, aguanta un gato gordo en brazos.

Entonces lo vas a hacer, ¿no? – le reprocha él.

– Ya lo hemos hablado, no me montes una escenita, joder.

– Voy a subir una foto a Instagram, ya te lo digo.

– Perdona, ¿cuánto es? – me pregunta ella.

– 23,50. ¿Hay algún problema con el pedido?

– No, no, es que somos veganos y siempre es un drama. 

– Ah.

– Básicamente no comemos nada que sea animal ni proceda de un animal. ¿Puedo hacerte una pregunta? – dice él.

– Ehmm sí, claro.

– ¿Tú apreciarías la sinceridad de un vegano si subiese una foto de sushi a Insagram? ¿O dejarías de seguirle?

– Pues... creo que apreciaría la verdad. Así podríais iniciar un debate sobre los límites de la ética gastronómica. Que básicamente son límites al placer.

– Caaaray con el repartidor. Gracias eh, buenas noches.

El chico me cierra la puerta en las narices y oigo cómo la pareja se enzarza de nuevo. El gato maúlla. No hay propina.

4. La jefa

Bajé a la calle sintiéndome como una bolsa de basura. En este caso, fucsia. Mi móvil sonó. Era mi jefe, me ordenaba cambiar de zona y atender un pedido especial. "No preguntes. Cliente VIP".

La dirección indicaba un polígono industrial en Badalona. Aparqué en una calle llena de carteles con grafías chinas. De pronto, vi un brazo que se movía desde una puerta oscura. Era un hombre con traje, muy serio. Me hizo pasar y cerró con llave una puerta detrás de mí. 

Atravesamos un pasillo y fuimos a parar a un gran patio, en el centro del cual se levantaba una enorme casa blanca. Me quedé paralizado: había una mansión dentro de una nave industrial.

En lo alto de unas escaleras impolutas, apareció ella: Ying, con un vestido azul. Se presentó con un español perfecto, me preguntó mi nombre, me dio dos besos. Diría que tenía mi edad, unos 25 o 26.

– Te parecerá muy raro, pero tranquilo, es sólo una prueba.

– ¿Qué prueba?

– Necesito que me digas qué te parecen los platos que has traído. Vaya, te invito a cenar.

– Pero... ¿para qué?

– Es... una especie de encuesta.

Me quité el casco, me peiné como pude, me hizo sentar en el extremo de una preciosa mesa de cristal. La sala estaba lleva de tapices, había peceras enormes y una moqueta roja.

Empecé a comer el contenido de los tuppers, notaba la presencia del hombre del traje detrás de mí. Ying paseaba por la moqueta. Me contó que es originaria del sur de China, que su padre, que trabajaba en la construcción en su país, murió hace dos años. Ella heredó su red de restaurantes: "La empresa para la que trabajas es nuestra competencia". Me atraganté.

– ¿Qué tal la comida?

– Las gambas me parecen lo peor... no saben a nada. – Ying indicó algo al hombre del traje, en chino. Él despareció. – Los makis... no sabría decir, la verdad.

– ¿Quieres preguntarme algo? Te veo muy asombrado.

– ¿Creciste aquí y ahora eres dueña de un imperio?

– Exacto. Soy una joven emprendedora española. Pero mis ojos son rasgados. Mala suerte.

De pronto, el hombre del traje apareció y puso delante de mí un periódico plegado: "Los restauradores chinos toman Barcelona. Se multiplican los negocios en un sector valorado el miles de millones".

– Y... ¿qué dicen los restaurantes japoneses al respecto? – pregunté.

– ¡Jajaja! Me odian. Mira, yo tendría que estar en muchas cenas con políticos, soy una de las 10 principales empresarias de esta comunidad autónoma.

– ¿Y por qué no vas?

– Jamás me invitarán. Soy china, mis negocios no son un ejemplo. Ahora vete.

El hombre me acompañó a la puerta y me despidió con una media sonrisa. Al arrancar la moto, un pensamiento vino a mi cabeza: yo soy un fracasado aceptable, Ying es la viva imagen del éxito en la sombra. Y no sé qué es peor.


El éxito y el fracaso son relativos. La dignidad es lo único real




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