Historias

Así es como el streaming se está cargando la música clásica y el jazz

La causa anti-Spotify suma nuevos adeptos

La frustración de los músicos con el mundo de la música digital va más allá del universo pop. Si Thom Yorke, David Byrne o Beck ya habían manifestado sus recelos ante el auge del streaming como principal forma de consumo musical, ahora son los artistas de géneros con menos exposición como el jazz y la música clásica los que están empezando a expresar sus inquietudes. Sus razones son similares a los de sus coetáneos rockeros: royalties muy bajos, opacidad, caída de la venta de discos y la sospecha de que las majors están llegando acuerdos con las plataformas de streaming que dejan a los músicos al margen. Pero su mayor problema es que no encajan en un sistema pensado exclusivamente para la difusión de la música pop.

La mentira del “long tail”

Sobre el papel, los géneros minoritarios deberían ser los grandes beneficiados de los modelos de distribución “long tail”: aquellos en los que la acumulación de pequeñas ventas de muchos productos combinados pueden superar las de los productos más populares. Este es, en principio, el modelo de negocio de plataformas como Netflix y Spotify. El problema es que los acuerdos a los que están llegando los grandes sellos discográficos y los servicios de streaming podrían estar yendo en otra dirección. “Las compañías discográficas podrían argumentar que no tienen por qué compartir royalties con artistas cuyas ventas no superen un umbral determinado. Si eres Lady Gaga o Justin Bieber, no tienes problema. Pero si no es así podrías quedarte sin royalties. La naturaleza de estos acuerdos es que los ricos se hagan más ricos y los pobres más pobres”, dice el historiador musical y pianista de jazz Ted Gioia a Salon.

Como ocurre en todos los géneros, la caída de la venta de discos físicos también ha diezmado los ingresos de los sellos de jazz y música clásica, cuyos beneficios derivados de Spotify son insignificantes. “Si tienes a alguien que se compra 20 discos de jazz al año, a razón de unos 250 euros anuales, puede que acabe comprando uno o dos de nuestros discos. Si trasladas este tipo a Spotify, tiene todo lo que quiera por 120 euros al año. Y la proporción que me llega a mi es de, literalmente, centavos”, decía Yulun Wang, responsable del sello Pi Recordings. Esta situación, sin embargo, afecta los músicos de todos los estilos: diversos estudios han calculado que para que un artista pudiera ganar el equivalente al salario mínimo interprofesional en Estados Unidos, sus canciones debían ser reproducidas más de cuatro millones de veces al mes en Spotify.

Un problema de encaje

Pero el problema no es solo económico. La peculiares características del jazz y la música clásica hacen que no terminen de encontrar su lugar en el nuevo ecosistema digital. Por lo general, es difícil que una plataforma digital que ofrezca tanto pop como música clásica pueda presentar esta última de la forma adecuada. El motivo es que utilizan la metadata de un modo distinto. En la clásica, el campo “artista” puede referirse al compositor de la partitura original, al intérprete solista de la misma, a una orquesta o al conductor de la misma. Cuando se combinan las cuatro variables en una misma grabación, la búsqueda puede volverse muy compleja. Encontrar una grabación de Mozart es fácil, pero si lo que buscas es una determinada partitura interpretada por un determinado músico, la cosa se complica.

En el caso de jazz ocurre algo parecido. Muchos de los grandes nombres empezaron siendo músicos de sesión para otros artistas. Pero la arquitectura de los buscadores de los servicios musicales digitales no permite buscar por “músico acompañante”. Esto puede limitar el acceso a las mejores grabaciones de ciertos artistas. Cuando buscas a Bill Evans, por ejemplo, puedes encontrar diversos trabajos a su nombre, pero nada que lo una al “Kind Of Blue” de Miles Davis, probablemente el disco más importante en el que participó.

Estas barreras invisibles corren el peligro de marginar aún más géneros que, ya de por si, están destinados a un público minoritario. “Actualmente, tienes que saber exactamente lo que estás buscando. Si quieres algo como Beyoncé o Miley Cyrus, es fácil. Pero si estás interesado en música de nicho, puedes encontrarte en una posición en la que no sabes qué hay ahí fuera. Yo mismo sigo perdiéndome lanzamientos importantes de músicos que me importan. El streaming da acceso a millones de horas de música, pero es fácil perderse en él”, dice Gioia. Teniendo en cuenta que estamos hablando de un experto en jazz, es fácil imaginar en qué situación se encuentra un aficionado novel que quiera sumergirse en el género. Y sin nuevos fans, cualquier estilo está muerto.

La solución para mejorar el encaje de estos géneros en el universo del streaming pasa por optimizar la indexación de los datos asociados a este tipo de música. Mientras no exista una base de datos unificada que encaje todas las piezas del puzzle y te diga exactamente quién compuso cada canción y quién interviene en la grabación, la búsqueda de esta clase de obras seguirá estando mermada. Si esto no ocurre, la única salida será obviar estas nuevas plataformas y seguir confiando en canales como la radio para la difusión de la música. En ciertos países europeos, por ejemplo, la radio sigue siendo una importante fuente de ingresos para la música clásica.

Pero dar la espalda a la tecnología no parece la estrategia más inteligente a largo plazo. Quizá, la solución más efectiva sería que los sellos propusieran sus propias alternativas tecnológicas para asegurarse el contacto directo con su público potencial. ¿Para cuando el Spotify de la música clásica?

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