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Historias

La increíble historia del tipo que hizo millones traficando con caramelos PEZ

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Ascenso y caída de un contrabandista pop

Luis M. Rodríguez

26 Marzo 2015 06:00

Imagina que Breaking Bad estuviera ambientada en los 90, a principios de esa década. Cambia Alburquerque por Michigan y en el lugar de Walter White pon a un tal Steve Glew.

Glew es más joven que White, está al principio de la treintena y no sufre ningún cáncer. Pero al igual que Heisenberg, nuestro hombre se ve empujado hacia lo ilícito por la necesidad de proveer para su familia. Aunque lo ilícito, en su caso, consiste en traficar con algo mucho más inocente que la metanfetamina: caramelos PEZ.

O más concretamente, sus dispensadores.

Su transformación comienza en 1991. El hombre, ex drogadicto rehabilitado, apenas tiene un pavo. Vive con su joven mujer y sus tres hijos en una casa en la que no hay ni luz ni calefacción. La familia va tirando como puede, hasta que Glew, acuciado por la necesidad, se ve forzado a vender su colección de juguetes.

Nuestro hombre sufre desde siempre un trastorno obsesivo-compulsivo que le ha llevado a coleccionar multitud de pequeños juguetes de los que se regalaban con las cajas de cereales de la época. Piezas que ahora intenta vender por unos dólares por ferias de la región.

En una de sus visitas a la feria de juguetes de Kane County se topa por primera vez con los dispensadores PEZ. La atracción fue inmediata.

Transformando el hobby en negocio

Glew pronto empezó a investigar sobre su nueva manía coleccionista. PEZ se había introducido en el mercado americano en 1952. Tres años después, el presidente de la filial en ese país, Curtis Allina, tuvo la idea de fabricar dispensadores con cabezas de personajes populares en un intento de reenfocar el producto hacia un público infantil. Y la estrategia cuajó. Vaya si cuajó.



En 1992, gracias al empujón de un episodio de Seinfield en el que aparecía un dispensador Piolín, PEZ registró unas ventas récord en EE.UU de 18 millones de dólares.

Los baby boomers que crecieron con los caramelos PEZ habían convertido los dispensadores en artículos de colección. Casas de subastas como Christie's les hicieron hueco en su oferta, surgieron convenciones, y también un mercado negro en el que esos objetos se intercambiaban por precios que en algunos casos llegaban a sumar varios miles de dólares.

Ahí entra en acción Glew. Nuestro hombre pronto descubrió que en Canadá circulaban dispensadores diferentes a los del mercado estadounidense. Empezó a cruzar la frontera para conseguir esos modelos, que luego revendía a través del correo con ganancias de hasta el 500%.

La fábrica se encuentra justo en la frontera con Croacia. El país está en guerra. Así que mejor no se acerquen por allí

Las cosas empezaban a ir mejor para la familia, pero aquello sólo eran migajas en comparación con lo que habría de venir.

El punto de inflexión llegó un día de 1993. En una de sus habituales vistas a una convención de juguetes, Glew se topó con una misteriosa mujer. Aquella dama le mostró un dispensador Silver Glow, el santo grial para los coleccionistas PEZ de la época. Preguntada sobre el origen de aquella joya, la mujer murmuró: "viene directo de una fábrica de Eslovenia. Todo lo que necesitas saber es Kolinska".

Internacionalizando el juego



El 2 de enero de 1994, Steve Glew y su hijo Joshua cogieron su primer avión hacia Europa. Kolinska resultó ser el nombre de una planta de empaquetado en la que había poco que rascar. Aquel no era el Valhalla que andaban buscando, pero el viaje no fue en balde.

Los gestores de aquella planta les dieron una nueva pista: Ormož, Eslovenia. Allí se fabricaban los dispensadores PEZ. Pero el dato llegó acompañado de una recomendación: la fábrica se encuentra justo en la frontera con Croacia. El país está en guerra, así que mejor no se acerquen por allí.

Steve y Joshua hicieron caso omiso de las advertencias y completaron en coche los 160 kilómetros que les separaban de Ormož. Allí trabaron contacto con el trabajador encargado de supervisar la fabricación de los nuevos modelos de dispensador. Aquel tipo diseñaba sus propios personajes, que casi siempre eran rechazados por la matriz de PEZ en Austria. En aquellos prototipos y modelos rehusados, Glew encontró su primer filón.

En 1995, un prototipo de dispensador conseguido a través de la fábrica de PEZ en Ormož alcanzó la cifra de 1.000 dólares en el mercado norteamericano.

Padre e hijo llenaron un saco militar con tantos de aquellos objetos como pudieron encajar. El regreso a casa no fue sencillo. En la frontera austriaca les negaron el paso al no poder presentar papeles que justificaran el origen de aquella mercancía. Al final consiguieron volar de vuelta desde Budapest. Ya en EEUU, los dispensadores se vendieron rápidamente por varios cientos de dólares cada uno.

Dos semanas después, la pareja estaba de vuelta en Europa, esta vez en Hungría.

Escalando el negocio

A golpe de soborno, los Glew se abrieron paso hasta una fábrica en Jánossomorja. Allí pudieron comprar, por apenas 25 céntimos de dolar cada uno, dispensadores con diseños raros que en USA cotizaban a 75 dólares la pieza. A aquel viaje siguieron otros muchos, decenas. Cada expedición le dejaba a la familia Glew unos 20.000 dólares de beneficio.

La bola siguió creciendo a partir de ahí. Los trabajadores de la planta de Jánossomorja llegaron a producir unidades extra en secreto para vendérselas de forma ilegal a Steve. En diciembre de 1995, un prototipo proveniente de la fábrica de Ormož alcanzó la cifra de 1.000 dólares en el mercado norteamericano.

En poco más de dos años, los Glew se gastaron más de 100.000 dólares en sobornos a gerentes y trabajadores de distintas plantas PEZ del Europa del Este



A la altura de 1996, los Glew llevaban sus negocios desde una oficina en la que trabajaban cinco personas. En poco más de dos años se habían gastado más de 100.000 dólares en sobornos y habían vendido más de dos millones de dispensadores PEZ.

Los Glew empezaban a nadar en dinero. En paralelo, el comportamiento de Steve empezó a extremarse. Los médicos le diagnosticaron un trastorno bipolar.

Cuentan que se volvió arrogante y excéntrico, que empezó a acosar a sus competidores, y que en más de una ocasión montó números en público en los que alardeaba de su poder y de su dinero. Incluso llegó a intentar sobornar a policías de tráfico durante un incidente que protagonizó en Austria.

Todo aquel ruido llegó a oídos de Scott McWhinnie, el presidente de la U.S. Pez Corporation. Steve Glew estaba reventando el mercado con dispensadores de curso no oficial. En la escena se le conocía ya como el 'Pez Outlaw', el dealer que se burlaba de la ley, el rey del contrabando de dispensadores PEZ. Glew se convirtió en el enemigo número uno de la corporación.

Tenían que parar a aquel tipo como fuera.

El cazador cazado

Las presiones empezaron a llegar a través de sus antiguos aliados. Las fábricas en las que solían encontrar su producto empezaron a advertir a los Glew de que las condiciones y el control habían cambiado y ya no podrían seguir suministrándole. El grifo de Europa del Este se había cerrado.

En 1997, un encuentro con un bróker de juguetes encargado de las ventas de PEZ en el mercado japonés propicia un cambio de estrategia en Steve. El hombre le asegura que puede hacer que PEZ fabrique para él los modelos que desee. A pesar de que las necesidades financieras de la operación eran cuantiosas, Steve acepta.

PEZ buscó la manera de asesinar económicamente a Glew. Y lo logró



Nuestro hombre invirtió cerca de medio millón de dólares en un pedido de 134.000 dispensadores que él mismo había diseñado en extraños colores. Los presentó por primera vez en la PEZ Convention de Cleveland desatando la locura de los coleccionistas. Pero PEZ, la corporación, tenía una carta guardada en la manga.

McWhinnie no tardó en emitir un inusual comunicado en el que se tachaba aquellos modelos como falsificaciones. Los coleccionistas empezaron a cuestionar su procedencia. Las ventas se congelaron dejando a Steve sentado en su stock.

La puntilla llegó poco después. Una mañana, nuestro hombre se levanta y accede a la web de PEZ un poco por inercia. Inmediatamente ve algo que le sorprende. Hay una nueva pestaña que reza 'Misfit Dispenders'. Al hacer clic, descubre que la corporación ha copiado todos y cada uno de sus diseños y los ofrece a precios muy baratos. Aquello fue el comienzo de lo que se acabó conociendo como la 'Guerra de los Colores'.

Con aquella maniobra, PEZ buscada asesinar económicamente a Glew. Y lo logró.

La familia tuvo que vender prácticamente todas sus posesiones -Jeeps, casas de campo, caballos; todo lo que habían ido comprando gracias al fruto de su actividad contrabandista- para hacer frente al crédito que Steve había pedido para financiar la fabricación de sus dispensadores. Después de todo el proceso de liquidaciones, su deuda aún ascendía a 250.000 dólares.

Arruinados, los Glew se vieron obligados a vivir de la tierra durante una larga temporada.

Steve 'Pez Outlaw' Glew nunca se recuperó de aquel revés.

El pasado es un prólogo: debemos aprender a usarlo como trampolín, y no como sofá en el que apoltronarse entre nostalgias

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