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Historias

Esta solución para acabar con los vagabundos es tan sencilla que parece imposible

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Y sin embargo, funciona

Franc Sayol

08 Marzo 2015 06:00

William Miller tiene 63 años y es vagabundo. Recientemente le diagnosticaron un cáncer de hígado en un hospital de Reno, Nevada. Al día siguiente, un amigo le puso en un tren rumbo Salt Lake City, Utah.

No fue una decisión arbitraria: Utah es el estado que mejor está sabiendo tratar a los sin techo de Estados Unidos. A lo largo de los últimos nueve años, ha disminuido su población de vagabundos en un 72 por ciento.

Gran parte de ello se debe la tiene el proyecto Housing First. ¿Su premisa? Encontrar o construir apartamentos donde puedan vivir de forma permanente. Sin condiciones. Tan fácil, tan complejo.

Ayuda sin condiciones

Lo habitual cuando se ofrece alojamiento a un mendigo es pedirle algo a cambio, ya sea iniciar un proceso de rehabilitación o recibir terapia para tratar problemas mentales. Sobre el papel, parece un buen modelo: ofreces cobijo y una posibilidad de reinserción. Pero en la práctica son muy pocos los vagabundos crónicos que logran dejar atrás sus adicciones y/o problemas mentales, lo que les lleva a perder sus apartamentos y volver a la calle.

Pero Housing First demuestra que existen otros caminos.

Tal y como explica este extenso reportaje de Mother Jones, el germen del proyecto hay que buscarlo en un experimento que llevó a cabo un psicólogo de la New York University llamado Sam Tsemberis hace más de dos décadas.


Probaron con "lo peor de lo peor": si funcionaba en estos casos, funcionaría con todos



En 1992, Tsemberis y su equipo ofrecieron alojamiento a 242 vagabundos crónicos. Pero, a diferencia de lo habitual, no les hicieron preguntas ni les pusieron obligaciones. Dentro de sus apartamentos podían beber, drogarse o sufrir colapsos mentales. La única condición era que no hicieran daño a nadie ni molestasen a los vecinos. Si querían desintoxicarse se les ofrecía terapia. Si necesitaban tratamiento médico, lo tenían. Pero eran ellos los que decidían a qué servicios se acogían.

Al cabo de cinco años, el 88 por ciento de los participantes seguía en sus apartamentos. Pero lo mejor del caso es que el coste de cuidar de ellos había sido menor que si hubiesen seguido en la calle. Tal y como demostró otro estudio de la Universidad de Pensilvania, con el alojamiento permanente se ahorraban una media de 15.000 euros anuales por persona en concepto de urgencias y alojamiento temporal.

Pronto, otras ciudades y estados empezaron a aplicar el mismo modelo. Los resultados fueron similares. En Denver, por ejemplo, descubrieron que entre aquellos que se acogían a Housing First los costes por emergencias disminuían un 73 por ciento. Pero si hay un lugar dónde el programa ha sido un éxito incontestable ha sido en Utah.

Vagabundos y mormones



Cuando el programa fue ofrecido por primera vez a Salt Lake City los grupos en defensa de los sin techo creyeron que sería imposible que funcionara. Iba a ser muy difícil que un estado ultra-conservador legislase a favor de dar casas gratis a drogadictos y alcohólicos. Pero entonces entró en escena la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Es decir, los mormones.

La persona clave en este proceso fue Lloyd Pendleton, gerente del departamento de beneficencia de la Iglesia SUD. En 2005 compartió una viaje de autobús con Tsemberis, quién le habló del poder transformativo de darle una casa a alguien. Pendleton hizo suyos los argumentos y poco después convencía a los grupos de trabajo estatales de probar el modelo de Housing First. Les dijo que buscaran a 25 vagabundos crónicos en una situación especialmente difícil —“lo peor de lo peor”—, y ellos les darían apartamentos sin hacerles preguntas. Si funcionaba en estos casos, funcionaría con todos.

La mayoría de asistentes a esas reuniones creían que sería un fracaso. Muchos de ellos estaban habituados a trabajar con “lo peor de lo peor” a diario, y sabían lo que implicaba el alcoholismo severo, la demencia o la esquizofrenia. Estaban convencidos de que surgirían problemas. Creían que los vecinos pondrían demandas. Pero Pendleton no quiso escuchar sus quejas. Solo les hizo una pregunta: “¿qué necesitáis para llevarlo a cabo?”.


Diez años después, el número de vagabunos crónicos se ha reducido en tres cuartas partes



Tiraron adelante. Encontraron a 17 personas y les dieron casa, seguro médico y servicios. Y funcionó. Dos años más tarde, 14 de ellos todavía seguían en sus apartamentos (los otros 3 murieron) y siguen ahí actualmente. Según Pendleton, nunca han causado problemas a sus vecinos.

Tras el éxito del ensayo, en 2005 Pendleton anunció un plan para acabar con los vagabundos crónicos en Utah para cuando llegara 2015. Para ello tenían que construir cinco complejos de apartamentos. El 90 por ciento de la financiación vino del Federal Low Income Housing Tax Credit, un programa que otorga beneficios fiscales a grandes corporaciones financieras que ofrecen financiación a proyectos de vivienda pública para construir casas destinadas a personas con ingresos bajos. Es un camino enrevesado y tortuoso, pero resulta más fácil que conseguir que los políticos legislen a favor de destinar miles de millones a los pobres.

Diez años más tarde, el número de vagabundos crónicos en Utah se ha reducido tres cuartas partes. Según Pendelton, el programa cuesta entre 9.000 y 11.000 dólares por persona, aproximadamente la mitad de los 20.000 euros que costaría tratarlos si estuvieran en la calle.

Del éxito de Housing Project podemos extraer dos grandes lecciones. Una es económica: el tratamiento más barato de la mendicidad es eliminar el problema. La otra es político-social. Que un estado ultra-conservador haya conseguido sacar de la calle a prácticamente todos sus vagabundos financiándolo a través de beneficios fiscales a grandes corporaciones demuestra que todo es factible con un poco de cooperación.

Claro que, sin voluntad política incluso lo más obvio resulta imposible.


El tratamiento más barato de la mendicidad es eliminar el problema



Vía [Mother Jones]


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