Historias

Cuando la vida se vuelve invisible: 20 lecciones de arte urbano en miniatura

Viven entre nosotros, y van a provocar tu asombro

Todas las mañanas lo mismo. De la cama a la ducha. De la ducha a la cocina. Tragas un café en tres sorbos y listo. Hora de salir hacia el trabajo. Y sabes lo que eso significa: atravesar el erial urbano en el que decidiste vivir... por ser lo único a lo que tu bolsillo de precario podía aspirar.

Desde que tu barrio de extrarradio se quedó a medio construir por culpa de la crisis, el camino que separa tu casa de la boca de metro es una sucesión de escenas grises. Un recordatorio del desastre a base de vallas metálicas, grúas inmóviles y esqueletos de obra a medio coser.

Cosas como esta:

Sabes que vives en un barrio fantasma, que allí nunca pasa nada, que en esas calles no hay vida, no hay colores. Así que te limitas a completar cada día tu trayecto con la mirada puesta en las baldosas. Pie izquierdo. Pie derecho. Pie izquierdo... ¡Para! ¡Espera!

Vuelve a mirar a tu alrededor.

¿Seguro que no ves nada distinto?

Igual si pruebas a mirar desde más cerca...

Ahora, ¿lo ves?

Slinkachu lleva cerca de una década obligándonos a observar de otro modo nuestro entorno urbano con sus hombres diminutos. Están entre nosotros, aunque cueste verlos. Y no es que se escondan. No. Ellos hacen su vida a la vista de todos. Verlos o no es una cuestión de atención y escala, de dónde colocar los límites de la mirada.

En su mundo, una farola puede ser un buen lugar para mantener una reunión de equipo improvisada. Un polo de limón puede convertirse en una refrescante piscina en la que aliviar los rigores pegajosos del verano. Un bolardo magullado puede ser más cómodo para esquiar que las pistas de Baqueira-Beret, y un cigarro a medio fumar te puede salvar una espera a la intemperie en mitad de una noche gélida.

El interés de fondo de Slinkachu siempre es el mismo: presentar escenas de acción, alienación, júbilo, melancolía y aislamiento inspiradas en nuestra vida en las ciudades. Son escenarios cargados de amor y tristeza, de humor, ironía, lucha y pena.

Panoramas que nos devuelven el reflejo de nuestra propia circunstancia, intentando, quizás, que a su encuentro nos sintamos algo menos solos, un poco menos pequeños.

El diablo, dicen, está en los detalles. En el mundo de detalles de Slinkachu uno puede ver el cielo. El que cabe en una nota de color dejada a traición en los rincones más anodinos, para romper en pedazos el sopor de la rutina.

Casa de verano con piscina.

La segunda vida de la basura.

Náufragos de nosotros mismos.

La última frontera del grafitti.

Repasando objetivos.

Esquiando a 20 grados.

El eslabón más débil en la cadena de la comida.

Maneras de gestionar los recursos naturales.

La economía de la felicidad que se compra en los bulevares.

Equilibrio químico.

Playas sucias.

El otro jardín de las delicias.

Restaurando el patrimonio.

El abismo de vivir siempre en números rojos.

Nuevos desarrollos turísticos.

Accidentes dulces.

Salidas desesperadas.

El monstruo del charco Ness.

El nuevo juego de la cuerda entre pobres y ricos.

A la hora de reclamar el espacio inerte de nuestras ciudades, ningún gesto es demasiado pequeño

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