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Historias

La industria porno de Japón descansa sobre las espaldas de este hombre

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Shimiken avisa: no hay suficientes hombres con ganas de sexo en el país más perverso del mundo

Luis M. Rodríguez

14 Diciembre 2015 06:00

Follar cada día. Esas tres palabras podrían ser la expresión del deseo más íntimo de millones de hombres jóvenes en todo el mundo. Visto así, Ken Shimizu podría ser el gran héroe aspiracional de todo varón fascinado por el canto de sus hormonas. Porque su vida, por encima de cualquier otra cosa, consiste en eso: tener sexo. Y tenerlo cada día. Durante tres o cuatro horas al día.

Ahora... ¿quién está para eso?



A sus 36 años, Shimiken es el rey indiscutible del porno japonés. En 18 años de carrera, asegura haber participado en más de 7.000 películas.

Echar cuentas es sentir un cosquilleo incómodo en el bajo vientre: más de una película diaria de media, compartiendo escenas con todo tipo de mujeres, desde estrellas adolescente del j-pop caídas en desgracia a una pareja de gemelas... de 72 años a edad.

En Japón se le venera como el titán que es. Pero Shimiken también es la cara más visible de un problema: él es parte de una especie en peligro de extinción. Porque el porno japonés se está quedando sin hombres.



El propio Shimiken avisó el año pasado a través de Twitter. “En esta industria sólo hay 70 hombres para 10.000 mujeres. Con 4.000 nuevas películas cada mes, el número de actores es simplemente insuficiente. Esta industria es como un agujero en la pared que necesita ensancharse”.

En cuestión de pocas horas, su llamada había sido retuiteada miles de veces, generando eco más allá de Japón. ¿Estaba la industria japonesa dispuesta a importar talento?


La otra disparidad laboral

70 hombres para 10.000 mujeres. 143 mujeres por cada pene. Esa es, según Shimiken, la proporción. Los números resultan chocantes, pero podría ser aún peor.

Algunas fuentes rebajan la cifra de hombres dedicados de forma regular al porno en todo Japón a algo más de la mitad del número esgrimido por Shimiken. El grueso del trabajo estaría recayendo en poco más de 30 personas, aseguran. Y eso, en el seno de una industria valorada en unos 20 mil millones de dólares que produce unos 35.000 títulos al año. Muchos más, de hecho, que la industria estadounidense.

Tarde o temprano, sugería Shimizu, él se quedará seco. Llegará la fatiga. Y además está la edad. Y los refuerzos, el recambio generacional, no termina de llegar. ¿Por qué nadie se anima a gozar?, se pregunta el actor.

¿Ha cambiado algo desde entonces? Vía email, desde el entorno de Shimiken nos cuentan de forma escueta que, a pesar de la atención mediática que ha despertado este asunto, todo sigue más o menos igual. Hay déficit de hombres dispuestos a tener sexo frente a una cámara.



A primera vista, podría parecer que esa falta de interés tiene que ver con una tendencia general. Porque ya sabemos que el sexo con otros cotiza a la baja en Japón.

Según un estudio realizado hace dos años por la Asociación Japonesa de Educación Sexual, casi la mitad de las niponas universitarias son vírgenes y el 45% de chicas entre 16 y 24 años “no están interesadas o desprecian los contactos sexuales. En el caso de los chicos, ese porcentaje ascendía al 25%.

Esa es la realidad que describe Pierre Caule en El Imperio de los Sin Sexo. Y en ese documental se nos recuerda que, en paralelo a la abstinencia sexual, la industria del erotismo y el sexo en Japón sigue siendo variadísima y tremendamente lucrativa.

Parejas, no. Sexo casual, no. Porno, sí. Mucho. El amor se hace onanista. Hasta que actores como Shimiken revienten por exceso de trabajo.

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De hecho, en el lado femenino de la industria, la realidad es bien distinta.

En 2011, un polémico artículo aseguraba que, estadísticamente hablando, 1 de cada 200 mujeres japoneses había aparecido en alguna película porno. Fuentes de la industria aseguran que cada año debutan entre 2.000 y 3.000 chicas. ¿Por qué esa disparidad?



La gente de la industria señala dos factores. Por un lado, los requerimientos físicos. Hay que ser un poco Superman para aguantar el ritmo de rodajes.

El propio Shimizu es una especie de atleta que viaja siempre pegado a sus refuerzos: gominolas de vitaminas, botes de glutamina, arginina, zinc... ¿Viagra? De momento, no la ha necesitado. Él prefiere las sentadillas con peso en el gimnasio. Le ayudan a producir testosterona, dice.

El segundo de los factores, más delicado, alude a la propia tradición cultural japonesa y al estigma social que rodea al porno, especialmente cuando eres hombre.

En la tierra de los hikikomoris (jóvenes aislados), shingurus (solteros parásitos que viven con sus padres) y soshokukei danshi (hombres "hervíboros", desinteresados en el cortejo y sin apetito carnal), trabajar alrededor del sexo te señala ipso facto y te marca para siempre.

Los hombres dicen que el gremio es demasiado pequeño como para arriesgarse a entrar”, comentaba Shimiken a principios de año. “Cualquiera que lo intente será inmediatamente reconocido y eso puede hacer inviable que puedas llevar una vida normal”.

Un ejemplo: el simple hecho de haber trabajado en el cine para adultos te convierte en persona no grata de cara a los bancos. Nadie te querrá conceder una hipoteca, incluso después de haber dejado el porno, y aunque ganes mucho más que la media.



Un modelo a (no) seguir

A pesar de su éxito, la historia del propio Shimiken tampoco funciona como el perfecto reclamo hacia su profesión.

A día de hoy, establecido como la gran estrella masculina del “vídeo adulto” en su país, el hombre trabaja entre 8 y 9 horas diarias entre reuniones, compromisos públicos, rodajes y entrenamientos. Conduce coches caros, la gente le jalea y le pide autógrafos, es el héroe que ha vivido las fantasías lúbricas de todo un país, pero su vida está lejos de ser un cuento Disney.

Valga un dato como ejemplo: el hombre no ha disfrutado de unas vacaciones serias en los últimos ocho años. Workaholic, sí. Pero por necesidad (de la industria).



Shimiken está donde está a fuerza de talento físico y una ética de trabajo capaz de levantar un país. Nadie le ha regalado nada. Sus comienzos, de hecho, fueron cualquier cosa menos dulces.

Recién llegado a la mayoría de edad, Shimiken abandonó su plaza en una de las mejores universidades privadas de Tokio para explorar sus obsesiones sexuales de la mano del porno. Su primer trabajo no fue lo que esperaba. La oferta era clara: poco más de 100 euros por comer un plato de heces frente a la cámara. Aceptó.

Durante su primer año en la profesión ganaba tan poco dinero que tuvo que simultanear los rodajes con trabajos de subsistencia varios, entre ellos, hacer de conejillo de indias para el laboratorio de una Universidad.

Poco después, sufrió su primer episodio de escarnio público. Shimiken había conseguido trabajo en un programa de televisión, y sus compañeros decidieron divulgar en directo su dedicación al porno, sin su conocimiento, y sin su consentimiento. Imagina el trance.



Lejos de amilanarse, el chico tiró de humor y encanto para presentarse ante la audiencia como un pervertido adorable, y se lanzó a su carrera como lo haría un atleta de élite intentando mejorar su marca, a menudo filmando hasta veinte escenas a la semana.

Hoy, Shimiken gana más de 20.000 euros a la semana. Pero llegar ahí ha tenido sus costes. Relaciones sentimentales fallidas, los efectos del estigma social...

Shimiken, en cualquier caso, piensa seguir adelante con su brutal ritmo de rodajes.  

Mientras espera a ver si llega o no llega una nueva generación de actores a la industria japonesa del porno, él va diversificando sus intereses económicos. Por ejemplo, con su restaurante Curry Shop Shimizu, abierto desde el pasado agosto. Su especialidad es un curry servido en un recipiente con forma de inodoro que pretende imitar la textura y el sabor de las haces humanas. Como lees. Es, sí, un homenaje a su debut en el porno.

Sentido del humor no le falta.



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