Historias

"Por un rato soy suya, sumisa, y es liberador"

Conversamos con Alexandra Veda, una apasionada del arte del shibari

Fotografías: Agustín Tentesion, Chus Alonso/ Ilustraciones: Alexandra Veda

Más allá de 50 Sombras de Grey, hay historias reales más suculentas e interesantes. Como la de Alexandra Veda, una barcelonesa de 29 años que se declara apasionada del shibari, el arte de la atadura de origen japonés.

Todo empezó cuando abandonó sus estudios de diseño gráfico y textil para irse a Berlín. Con 21 años, Alexandra se plantó en el Kit Kat Club, un famoso centro fetichista y de BDSM abierto al público. " Era impresionante, vi mi primer shibari y aquello me marcó".

Al principio se sintió atraída por la vertiente estética y empezó a dibujar mujeres envueltas en cuerdas: "Un shibari que te rodee el pecho, que pase por tu cintura y acabe atándote las nalgas reafirma tu cuerpo, es la máxima expresión de la belleza femenina y alimenta tu autoestima: es como un corsé, puede resultar doloroso, pero verte a ti misma de esa forma puede tener un efecto espectacular".

En seguida se dio cuenta: su interés iba más allá de la ilustración. Fue de vuelta a España cuando experimentó el shibari por primera vez a través de las jornadas del club barcelonés Rosas 5: "Había una cola de meses, pero el verano pasado surgió una baja y me llamaron. Tuve la gran suerte de que me atara uno de los mejores de España, Alberto No Shibari".

Alexandra no conocía a su atador: "Entré en una mazmorra de ambiente cálido y me hicieron firmar un papel". Debía dejar por escrito que estaba allí de propia voluntad y aseguraba no haber bebido ni haberse drogado las horas anteriores: "Tienes que ser muy consciente de tu propio dolor, sobre todo la primera vez. Los límites los pones tú, siempre".

A partir de ahora soy tuya, puedes atarme, castigarme con ello, anular mis sentidos

"La chica que iba delante de mí se desmayó". En las gradas estaban sus amigos, preparados para sacarle fotos. Cuando llegó el momento, Alberto No Shibari miró a Alexandra a los ojos y le dijo la música que iba a sonar, People Ain't no Good, de Nick Cave: "Empezó atándome brazos y piernas en el suelo con gran delicadeza, hasta que vio que yo iba a por todas, que podía realizar una suspensión. Se acercó a mi oído y susurró: ahora vas a volar".

Alexandra cerró los ojos y lentamente una cuerda empezó a soportar todo su peso: "Me sentí acunada por los nudos, me balanceaba en el aire. Olvidé el dolor y perdí la noción del tiempo". Después se lo dijeron: había volado durante 10 minutos.

El vínculo

Cuando Alberto No Shibari la desató, Alexandra se sentía increíblemente bien: "Hay chicas que lo equiparan a una sesión de terapia y yoga juntas". A día de hoy es capaz de realizar posturas extremas como la suspensión boca abajo, y sabe entrar en el estado de calma necesario para realizar un shibari que cubre los ojos, los oídos, y da sensación de ligera asfixia alrededor del cuello.

Actualmente esta joven compagina su trabajo en el sector turístico de Barcelona con el club Rosas 5. Hace muy poco que ha lanzado una iniciativa propia, Shibari by Drawing, en la que combina sus dos pasiones, el modelaje y la ilustración: "Hay mucha gente que tiene una visión sucia o sexista, lo cual es incorrecto. Hay grandes atadoras y modelos masculinos. Quiero reivindicar el arte del shibari más allá del erotismo y el BSDM. Los participantes pueden practicar el dibujo natural mientras me atan".

Sumisión como libertad

El arte del shibari surgió entre los siglos XV y XVI, época de turbulencias bélicas en Japón. En origen era una técnica pausada de tortura que sólo podía ser ejecutada por un guerrero samurái. Más tarde, durante el periodo Edo, se transformó en un arte marcial: "Digamos que lo practicaban los señores de la guerra, y cada casa tenía su propia forma de atar, como una firma".

Fue durante la década de los 70 en Estados Unidos cuando el shibari se incorporó a los juegos eróticos y BDSM. Alexandra asegura que le encantaría probar el shibari desde esta faceta, con cuerdas que pasan por los genitales y puntos erógenos. Sin embargo, lo que más la erotiza a ella es el juego psicológico: "Te inmovilizan el cuerpo y los sentidos, no sabes dónde está el otro, si está cerca o lejos. La atmósfera es íntima, de confianza, estás a su merced".

Alexandra es consciente de que suena a paradoja: ¿Cómo es posible que la inmovilización total del cuerpo, la sumisión, sea algo liberador? "Entregar mi voluntad a otra persona me libera, me exime de mí misma. Por un momento dejo de ser yo, dejo de tomar decisiones. A partir de ahora soy tuya, puedes atarme, castigarme con ello, anular mis sentidos. Es un momento de calma total".

Cuando se le menciona que las prácticas sadomasoquistas parecen estar de moda, Alexandra sonríe. "50 Sombras de Grey ha supuesto un boom. Ofrece una visión muy sesgada de este mundo pero genera inquietud en mucha gente, y eso es bueno. El shibari va mucho más allá del dolor, es un juego psicológico intenso".

¿Es la sumisión un placer minoritario o un deseo oculto del que muchos ni siquiera son conscientes? Alexandra cree que hay más de lo segundo, pero sólo está segura de una cosa: "Si pruebas, engancha".

Perder el control da miedo, pero atrae

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