Historias

“Lo admito: fotografiar bebés sonrientes se me ha ido de las manos”

Una historia de noches en vela inspirada en las fotografías de Sandi Ford.


Fotografías de Sandi Ford

Cuando me dieron la noticia, lloré. Llevábamos tiempo intentándolo. Meses con la nariz pegada al calendario. Estábamos a punto de tirar la toalla, pensando en recurrir a tratamientos de fertilidad que en realidad no podíamos pagar, cuando por fin sucedió: íbamos a ser padres.

Casi todos a mi alrededor habían pasado por eso. La gente percibía mis nervios de futuro papá y proponía toda clase de consejos. Parecía que la embarazada fuera yo y no ella. Así de emocional estaba.

"Ya está bien de lloriquear, lilaboy", me decían al verme hecho una esponja. "Y vete descansando, que ya tendrás tiempo de hartarte de lloros cuando la niña llegue".

Y la niña llegó.

Mirarla me llenaba de un orgullo extraño. Ese orgullo tonto por la "misión cumplida". Había escuchado los consejos de todos y estaba preparado para cancelar mis horas de sueño durante los próximos meses por aquella criatura . "La paternidad se parece a una resaca memorable", me decían.

Puede que de bebés no supiera nada, pero de resacas sabía un rato. Además yo tampoco era especialmente dormilón. Nunca lo había sido. Aquello de las noches en vela no podía ser tan malo.

Sandi Ford es una laureada fotógrafa londinense especializada en todo lo que rodea al mundo de la maternidad y los recién nacidos

Los primeros días que Paula pasó en casa fueron extrañamente tranquilos. Comer. Dormir. La rutina perezosa de cualquier recién nacido.

Marta y yo habíamos fijado turnos para atender a la niña. Las noches nos preocupaban más que los días. Ella se levantaría para las tomas, cada 4 horas, y a mí me tocaría responder cada vez que la niña llorara.

Entonces empezaron mis problemas.

Paula no lloraba. La niña se portaba bien. Demasiado. Tanto que empecé a preocuparme. En los foros todo el mundo hablaba de que ser padre es no dormir nunca, estar constantemente cansado e irritado. Sin embargo, ella apenas molestaba. Algo parecía ir mal.

Empecé a tener problemas para conciliar el sueño. Estaba intranquilo pensando en Paula. Repasaba mentalmente todo lo que había leído sobre los ciclos de un niño, y algo no cuadraba.

Me faltaban los llantos, el desgañite agudo de la criatura que reclama atenciones cada 2 o 3 horas. Con Paula no pasaba.

La fotógrafa ve su trabajo como una forma de capturar la verdadera esencia de la 'gente bonita'

Una noche de sábado decidí quedarme a hacer guardia frente a la cuna. Me senté allí a observar.

Como cada noche, las horas pasaron sin lloros. La niña parecía sumida en un sueño tan plácido que empecé a sentir envidia de ella. Aquel sosiego suyo empezaba a ser la causa de mi desvelo. Y entonces pasó: aquella sonrisa.

La niña sonreía como si nada, sin dejar de dormir.

A la mañana siguiente se lo conté a Marta y no me creyó. Ella había leído que aquello que parecían sonrisas eran en realidad muecas producidas por la acumulación de gases en la barriga del niño. Pero yo sabía lo que había visto, y quería verlo de nuevo.

La noche siguiente volví a pasarla en vela, frente a la cuna. Y no pasó nada.

Yo necesitaba volver a ver aquella sonrisa.

Me obligué a trasnochar cada jornada de las siguientes semanas, también sin éxito. Empezaba a sentirme constantemente cansado, irritable y ausente durante el día. Las horas de oficina las pasaba como flotando, remojando el cerebro en café con tal de lograr mantener los ojos medianamente abiertos. Empezaba a costarme cumplir hasta con las tareas más sencillas. Pero yo necesitaba volver a ver aquella sonrisa.

Capturar la mueca risueña de Paula se convirtió en una obsesión. Por las noches no podía dormir ante la sola idea de que la niña pudiera estar sonriendo en aquel preciso instante. Necesitaba volver a ver aquella cara preciosa. Necesitaba fotografiarla para que Marta la viera.

Sentía que tenía una misión que cumplir. Y aquella misión no era compatible con mis obligaciones diarias. Necesitaba tiempo para estar con Paula, más noches en guardia. Así que un día llamé a la oficina y fingí estar enfermo. Iba a tener que pasar varias jornadas en casa por culpa de una mala gripe. Se lo tragaron.

Con sus fotos, Sandi busca reflejar las personalidades en ciernes de aquellos que acaban de llegar al mundo, elevando algo aparentemente anodino como la fotografía de embarazos a la categoría del mejor arte retratista

Los siguientes diez días los pasé apostado con mi trípode frente a la cuna de Paula. Me daba igual que fuera de día o de noche. Aún guardaba anfetaminas de mi época de estudiante, y entre eso y el café iba tirando sin apenas dormir.

Marta estaba preocupada, me pedía que parase, que me olvidara de la niña y volviera al trabajo, pero yo insistía.

Una mañana, por fin, sucedió de nuevo. Aquella sonrisa.

La noche siguiente volvió a pasar. Y al tercer día también. Tenía las fotos que quería. Estaba tan orgulloso de aquellas imágenes que no tardé en subirlas a mi Instagram. Quería que todos las vieran.

"Una semana sin dormir, sin ir a trabajar, fingiendo estar malísimo en casa, para poder retratar así a Paula. Ha merecido la pena".

Pocas horas después, recibí un mensaje: "No hace falta que vuelvas por la oficina. Ya te puedes imaginar por qué estás despedido. Espero que la gripe vaya a mejor".

Me dio igual. Tenía lo que quería. La sonrisa de Paula, mi pequeña bella durmiente.

Aquello valía más para mí que todos los trabajos precarios del mundo juntos.

Aún siento lo mismo. Sé que podría quedarme mirándola toda la vida.

O al menos hasta que se me acabe la prestación del paro.

Sonríe, a pesar de todo

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