Historias

"Esclavicé a una mujer virtual para no acabar siendo un asesino"

Quizá no esté tan lejos el día que la tecnología ofrezca soluciones radicales para problemas monstruosos

Fotografías de Mickael Laujin

1.

“Mejor que el sexo. Mejor que la vida”, rezaba el eslogan. Orgasmos clásicos con un envoltorio de tecnología punta. Pero OmniLUX era mucho más que eso. Sus servicios virtuales ponían a tu disposición las veinticuatro horas una sirvienta digital que satisfaría cualquier deseo, por retorcido que fuera. Un avatar virtual hiperrealista a tu servicio en todo momento. Una esclava binaria dispuesta a todo. Dicho así suena raro, lo sé. Pero para mí tal vez ya no quedara otra salida.

Y eso que las cosas por aquel entonces no me estaban yendo del todo mal. En el trabajo cerramos un acuerdo de varios cientos de miles. Lo celebré echándole un buen polvo a Regina, la chica nueva de contabilidad, encima de los contratos recién firmados. A ella todavía no la había probado.

En casa, mi mujer Amaia y yo pasábamos una de nuestras épocas buenas. Llevaba un par de meses convaleciente después de una aparatosa caída por las escaleras de nuestro dúplex. La mayor parte del tiempo la asistía una enfermera, pero siempre que podía intentaba cuidarla yo mismo. Darle algunos mimos era lo menos que podía hacer. Y eso que no era fácil: cada vez que miraba la escayola de su pierna izquierda, una punzada de malestar me recordaba que algo no iba bien. Que mis demonios siempre estaban al acecho.

Fue entonces cuando Pacheco me habló por primera vez de OmniLUX. El muy cretino me dijo que aquello “era una pasada”, con esa manera de hablar de adolescente bobalicón tan suya. Por supuesto yo no le había dicho ni una palabra a nadie sobre mis asuntos. Pero Pacheco se mete siempre donde no le llaman y cuando menos te lo esperas aparece para soltarte lo primero que le pasa por la cabeza. Por una vez acabaría dándole las gracias. 

2.

Al otro lado del teléfono, una voz suave. Me hablaba con tanta dulzura que me dio asco, tan educadamente que pensé si realmente sería una voz humana. Yo intenté ocultar mi incomodidad. Pregunté qué podían ofrecerme.

“Lo que usted desee, caballero. Nuestros avatares Dupla están diseñados a la medida de nuestros clientes. Sólo tiene que especificarnos sus necesidades, realizar el pago que corresponda, y nuestros programadores se encargarán del resto”.

Y así fue como conocí a Sara.

Cuando apareció por mi primera vez ante mí, casi me desmayo. Todo era tan real que asustaba. La luz del atardecer a través del ventanal de una casa desconocida. El tacto del sofá de piel en el que me sentaba. La melodía suave que flotaba en el ambiente. El traje nuevo que yo mismo llevaba puesto. Mirando al exterior estaba ella, de espaldas. La adrenalina bombeaba en mis sienes como un tornado.

Parecía mentira que todo eso estuviera ocurriendo sólo en el corazón de una máquina, a través de un kit de realidad virtual enganchado a mi cabeza, y unos electrodos acoplados en puntos clave de mi cuerpo que transmitían señales a mi sistema nervioso. Que en realidad yo estuviera sentado a oscuras en el despacho de mi casa, desnudo, la llave echada en la puerta para que a nadie se le ocurriera entrar.

Sara se dio la vuelta y se fue acercando a donde yo estaba. Observé atónito su aspecto. Alta, esbelta pero no demasiado, ojos grises, melena castaña. Hasta el más mínimo detalle de la persona que yo había imaginado cobraba vida. Llegó a mi altura, se arrodilló a mis pies y sin mediar palabra me desabrochó un cinturón que nunca antes había visto.

Desde ese momento exacto, supe que estaba enganchado.

3.

Sara llevaba puesta su minifalda de los jueves. Yo no podía estar seguro de que fuera jueves porque había perdido por completo la noción del tiempo, pero veía marcas de hebilla en sus piernas y me sentía complacido. Estábamos en el jardín de casa, a pleno sol, y yo me lo estaba pasando de fábula abofeteando su linda cara con todas mis fuerzas. Ella caía al suelo, se levantaba sangrando, amoratada y venía hacia mí, siempre con una sonrisa, pidiendo más.

Cuando me estaba planteando si empezar con las correas, alguien llamó a la puerta. El sonido venía de lejos, de otro mundo. Porque efectivamente así era. Venía de mi despacho a oscuras, en el que llevaba días encerrado. Los golpes se hicieron más insistentes. Furioso, me quité por un momento el kit de la cabeza y pregunté quién era con un grito.

“Román, han llamado del trabajo”. La voz de Amaia, desde el otro lado de la puerta, sonaba apagada, como si la hubieran vaciado de vida. “Dicen que si no te presentas hoy no hace falta que vuelvas”.

Recuperando de pronto la consciencia, me lancé hacia la puerta tal y como iba, en calzoncillos, con barba, despeinado. Abrí la puerta y allí estaba mi mujer, quieta. Por debajo de la pernera del pantalón todavía asomaba el yeso fino que le habían puesto para sustituir al anterior. Llevaba una maleta en la mano y parecía observar fijamente algún detalle del marco de la puerta.

– ¿Qué haces?– pregunté.

– Me voy– se miraba los pies como una niña tímida.

– ¿Cómo que te vas?, ¿adónde?

– No te importa. Me voy. Esta casa es un infierno. Y sé lo que haces ahí dentro– continuó, levantando la vista. Los párpados le bailaban–. Lo sé todo.

– Tú no sabes nada– aseveré. Y era cierto. Ni siquiera yo estaba muy seguro de saber qué estaba pasando.

– Me basta con que te pases los días follándote a otras. Engañándome en mis putas narices –las lágrimas le saltaron de los ojos como paracaidistas en plan de emergencia–. ¡En mi propia casa!

– Pero no seas estúpida. ¿Cómo voy a estar engañándote? ¿No ves que es un juego? ¡Ella ni siquiera es real!–. No pude evitar sentirme un poco mal por Sara. ¿De verdad no era real? ¿Cuál de aquellas dos casas era más mi hogar?

– Me da igual.

– Pero cariño, ven aquí– traté de acercarme a ella, traté de calmarla, en vano–. Ya sabes que te quiero.

– ¿Sí?, ¿Me quieres?– chilló ella–. ¿Por eso me tiraste por las escaleras?, ¿por eso me insultas siempre que puedes y te pasas el día encerrado en ese cuarto, machacándotela?

– No te atrevas a hablarme así– la señalé amenazante. Notaba la rabia creciendo como una sombra densa. Quería arrancarle esa lengua rosada tan suave y fregar con ella los suelos de toda la casa–.

– ¿Qué vas a hacer, romperme la otra pierna?

Me mordí el labio inferior tan fuerte que me hice sangre. Apreté los puños. Antes de que pudiera pensarlo, uno de ellos salió disparado e impactó en la pared detrás de Amaia. A unos pocos centímetros de su cara. La ira me impidió sentir dolor alguno.

Hice esto para mantenerte a salvo– dije por fin, apretando los dientes, con el puño todavía presionando la pared.

Sostuve su mirada un momento. Me dí la vuelta y volví a cerrar la puerta tras de mí.

4.

Amaia se ha ido y es mejor así. He desconectado el teléfono. He echado a la asistenta y bajado todas las persianas. No necesito nada de eso. Me he mudado a vivir con Sara al interior de mi burbuja. Ahora tenemos una casa más bonita de lo que nunca pudimos imaginar, en lo alto de una montaña. Tiene tres plantas, un jacuzzi y un sótano en el que jugamos a todos los juegos que se me ocurren. Su sangre no es real así que no hay que limpiarla.

Si prestara atención a las cuentas del banco, o a los numerosos avisos por carta que llegan a mi otra casa, sabría que estoy en números rojos y que pronto me cortarán la luz y el agua. También que tengo una citación judicial esperándome desde hace semanas. Amaia por fin me denunció. Pronto la policía vendrá a llamar a mi puerta. Pero la tendrán que tirar abajo, porque yo de aquí no pienso moverme.

No quiero ponérselo difícil a nadie, pero ya me he cansado de luchar. No quiero seguir negándolo. Soy un monstruo, sí, lo admito. Pero no estoy solo. Tengo amor. Soy feliz. Gracias OmniLUX.

¿Y si en la perversión más abominable se escondieran resquicios de ética?

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