Historias

Los 10 rasgos de la moda presente que nacieron en la I Guerra Mundial

Se crearon necesidades que fueron respondidas mediante la ropa. Cien años después, los inventos que propició la contienda marcan nuestra forma de entender la moda

Novedad, velocidad, cambio constante. Todos estos atributos son definitorios de la moda. Sin embargo, y por paradójico que pueda parecer, los grandes cambios en materia de indumentaria tardan años, incluso décadas, en suceder. Eso es, quizá, lo que convierte a un buen diseñador en un genio y, sobre todo, es lo que hace que la moda sea, ante todo, un fenómeno social.

Son las convulsiones sociales las que provocan cambios radicales en el estilo de una época: crisis y auges financieros, alteraciones en el modelo de Estado o revoluciones políticas reflejadas en la forma de percibirnos a nosotros mismos, por dentro y por fuera.

La Revolución Francesa es la culpable del nacimiento de la moda como un fenómeno masivo enfocado en la mujer. Después de ella, el gran seísmo social que provocó cambios en esta industria fue, sin lugar a dudas, la I Guerra Mundial.

Han pasado cien años, pero se podría decir que la moda, tal y como hoy la entendemos, se gestó por las necesidades y el cambio de mentalidad que brotaron de uno de los grandes conflictos bélicos del siglo pasado:

1. El pantalón, cosa de mujeres: la necesidad de mano de obra durante la contienda hizo que muchas mujeres comenzaran a trabajar en fábricas y en oficios antes reservados a los varones. Para eso tuvieron que prescindir de las aparatosas faldas que les había legado la época victoriana y llevar una indumentaria más funcional. Muchas se empezaron a vestir con los pantalones de sus maridos. Si bien el pantalón femenino era una pieza minoritaria usada por activistas del feminismo (como en el caso de Amelia Bloomer), su estandarización por la vía del trabajo llegó con la guerra. Pasarían años hasta que las mujeres optaran por ellos en cualquier ocasión, pero la barrera de género ya estaba empezando a demolerse.

2. El largo ya no es tan largo: habría que esperar casi cincuenta años a que la minifalda entrara en escena, pero la guerra propició el uso de las faldas por debajo de la rodilla. Teniendo en cuenta que los tobillos llevaban siglos y siglos ocultándose, no es de extrañar que muchos guardianes de la moralidad se echaran las manos a la cabeza. El acortamiento del traje fue una liberación, tanto, que tras la guerra las llamadas flappers no se deshicieron de ellos en ningún momento: era su modo de rebelarse ante las ataduras con las que la moda esclavizaba a la mujer dificutando su movimiento. Hoy podemos decir que esa lucha la ganaron.

3. Nacen los desfiles: desde principios de siglo, era común que los diseñadores enseñaran sus novedades a las clientas mostrándoselas en el cuerpo de una modelo. Pero la I Guerra Mundial llevó a organizar eventos de esta clase en un formato más mayoritario con el fin de recaudar fondos. Sin embargo, fue en Estados Unidos donde surgieron las semanas de la moda tal y como se las conoce. En plena contienda, la editora de Vogue USA, Edna Woolman Chase, puso en marcha la maquinaria de pasarelas para dar a conocer el trabajo de los diseñadores nacionales en los grandes almacenes. América, con París devastado por el conflicto, se convirtió en el centro de la moda. Y aunque tardaría en legar nombres propios a la historia, no tardó en empezar a cambiar su funcionamiento comercial de arriba a abajo.

4. El deporte sale a la calle: a nadie le extraña que las zapatillas o las sudaderas sean hoy tan o más significativas que un traje o unos tacones, pero hay que recordar que la moda seguía unas reglas bastante estrictas a la hora de aderezar los eventos y las clases sociales. Una vez más, fue América la que prescindió de la tradición occidental y comenzó a reinterpretar las novedades francesas en clave relajada. Ahora son el running, el baloncesto o el fútbol los que marcan la pauta; entonces fueron el tenis, el golf o la hípica los que, poco a poco, fueron entrando en salones y fiestas.

5. La cosmética empieza a mover millones: reyes y nobles se empolvaban la cara hasta convertirla en máscara, pero el maquillaje en exceso, durante mucho tiempo, era asociado a las clases bajas, a la vulgaridad y, en concreto, a la prostitución. Las flappers comenzaron a maquillarse en exceso para significar su rebeldía. Pero fue precisamente durante la gran guerra cuando los emporios de la cosmética comenzaron a fundarse. Helena Rubinstein y Elizabeth Arden llegaron para quedarse. Y se enriquecieron con una idea muy sencilla: la cosmética borraba los estragos emocionales causados por el conflicto.

6. Abajo el corsé, arriba el sostén: los aparatosos corsés victorianos fueron poco a poco relajándose y adquirieron la apariencia de fajas. Pasarían muchos años hasta que las mujeres se desembarazaran definitivamente de los artificios que constriñen la cintura, pero hace exactamente cien años, Mary Phelps se quiso poner un vestido de cóctel que no quedaba bien con ninguno de los objetos lenceros que tenía a mano y se apañó el estilismo con pañuelos y cintas. Su idea tuvo tanto éxito que acabó patentándola. Hoy se llama sujetador o sostén y sigue entre nosotros.

7. El estampado empieza a importar: los complicados y elaboradísimos bordados y brocados que servían como decoración de una prenda empiezan a quedar atrás. Poco antes de la guerra, un puñado de diseñadores se inspira en los motivos gráficos orientales para darle a sus creaciones un punto exótico y distinguido. Con el conflicto, el estampado se estandariza y comienza a entrar a formar parte del proceso de diseño.

8. Y nacen las primeras copias: Estados Unidos se convierte en el primer Zara del universo cuando los diseñadores franceses, por miedo a la ruina que seguiría a la guerra, envían patrones a Norteamérica para que los fabriquen en masa y los vendan en los grandes almacenes. Al fin y al cabo, ellos no sólo podían permitírselo, también necesitaban hacer notar su prosperidad con prendas de Alta Costura que, en realidad, no lo eran. El hecho de que en Estados Unidos la fasificación fuese ilegal pero la “copia inspirada” no trajo un siglo después de cabeza a las pequeñas marcas y a las firmas de lujo.

9. El trabajo marca estilo: acostumbrados a ver cómo la ropa que solían llevar ya no tenía sentido en tiempos de guerra, forzados a doblar su mano de obra y atenazados por la austeridad que se avecinaba, muchos comenzaron a valorar los uniformes militares y de trabajo. La gabardina sale de las trincheras, abriga a los paseantes ociosos y encumbra a la marca Burberry a la gran liga del diseño. Un año después del conflicto, Thayaht, uno de los miembros destacados del movimiento futurista, crea la tuta, una especie de mono colorista que cualquiera podía fabricar en su casa y que estaba llamado a revolucionar la concepción cultural de la moda. Y una joven Coco Chanel hace de la chaqueta blazer y las camisetas de rayas de los marineros dos iconos imprescindibles que aún hoy siguen colgando de cualquier perchero.

10. Chanel revoluciona el presente: a Coco le debemos la liberación femenina en materia de indumentaria. La ruptura con la tradición y el surgimiento de un código más cómodo y relajado. El uniforme que creara hace cien años (chaqueta, vestido negro y bailarinas) sigue funcionando y vendiéndose en la casa francesa cien años después, pero quizá no se habría logrado ese hito si Chanel no hubiera tenido que exiliarse cuando comenzó la contienda.

Emigró a Biarritz, zona neutral llena de millonarios exiliados, y montó un local donde dio rienda suelta a sus ideas revolucionarias. Su éxito, motivado por las circunstancias de encontrarse en un pequeño oasis donde casi todo estaba permitido, fue tan fulgurante que en pocos meses consiguió enriquecerse y devolver sus deudas. Cuando la guerra acabó, volvió a París convertida en una estrella y siguió escribiendo su leyenda, esta vez desde la rue Cambon.

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