Historias

Así fue Ching Shih, la prostituta que se convirtió en la pirata más temida de la historia

Sanguinaria y estratega, se apoderó del Mar de la China Meridional y del territorio de la dinastía Qing

Una noche calurosa de 1785, en una cabaña de la ciudad china de Cantón, nació una niña sin nombre. Han sido decenas, si no centenares, los que han intentado descubrir cómo llamaron sus padres a esa niña pobre. Nadie lo sabrá jamás, porque ese secreto está enterrado en una inmensa montaña de oro y calaveras.

La niña creció y pronto aprendió las artes de la picaresca: solía robar en tiendas y mercados, se dedicó a pequeñas operaciones de contrabando hasta que cumplió 16 años. En 1801, en pleno cambio de siglo, decidió que ya no podía arriesgarse como cuando era pequeña y fue a trabajar como prostituta: eligió un burdel flotante de la misma Cantón.

Las aguas de su vida parecían estancadas, pero era un espejismo. Una noche, un hombre entró en el burdel y ella sintió que se despertaba de un largo sueño. Era Zheng Yi, un pirata poderoso, dueño de la flota de la Bandera Roja. Pidió pasar la noche con ella, y desde ese momento se convirtió en su prostituta favorita.

Tal vez el corsario intuyese en ella la fuerza de un huracán. Hay dos versiones sobre cómo, ese mismo año, Zheng Yi y la joven se casaron. Algunos dicen que él mandó a sus hombres que saquearan el burdel y le trajeran a su amada como parte del botín. Otros afirman que el bandido le pidió matrimonio.

En lo que todos coinciden es en las condiciones que la chica de 16 años puso al pirata: que compartiera con ella todos los tesoros y también el poder en la flota de la Bandera Roja. Zheng Yi accedió, y la joven pasó a conocerse como Zheng Yi Sao (esposa de Zheng Yi).

Relaciones públicas y huracanes

Durante seis años, los negocios del pirata crecieron. Su esposa había demostrado ser una gran estratega organizando asaltos en el Mar de la China Meridional, pero también una gran relaciones públicas. Zheng Yi Sao utilizaba la coacción militar, pero lo que la diferenciaba del resto de líderes era el uso de credenciales, aprovechando las historias sobre los antepasados de su marido: hizo tan grande su figura, tan temible, que consiguió que flotas competidoras de Cantón, como la de Wu Shi’er, se unieran a la suya, creando una gran coalición pirata.

El resultado fue el nacimiento de una de las flotas más poderosas del mundo: pasaron de tener 200 barcos a 600, después llegaron a 1.800. Más y más piratas se unían a la bandera del matrimonio. 

El 16 de noviembre de 1807 un tifón atrapó el barco de Zheng Yi y murió ahogado. Tras conocer la noticia de que era viuda y con tan solo 21 años, Zheng Yi Sao no dejó que la tristeza hundiera su imperio junto al cuerpo de su esposo.

Convenció al joven Chang Pao, hasta entonces segundo en la cadena de mando, de que la ayudara a agrandar aún más el poder de la flota de la Bandera Roja. Él no dudó un instante: esa joven no solo era inteligente y valiente, también era hábil en las peleas. A partir de ese momento, el nombre de la esposa de Zheng Yi tronaría en el océano. Se la conocería por un nuevo nombre de soltera: capitana Ching Shih.

Negocios y cabezas cortadas

Con Chang Pao liderando las tropas, Ching Shih podía dedicarse a los negocios y a la estrategia militar. Convirtió la organización pirata en un pelotón obediente de hasta 80.000 hombres, entre los que también había mujeres, niños, agricultores y espías.

Sí, espías. Ching Shih llegó a controlar casi toda la provincia de Guangdong gracias a una vasta red de espías en la dinastía Qing. Lo que esta pirata hizo fue más allá de la extorsión, el saqueo y el chantaje: podría decirse que fue una de las primeras criminales en diseñar un sistema de control total, en gestar una mafia.

Estableció leyes en su organización, y también impuestos. Todo comerciante que quería pasar seguro por sus extensos dominios, debía pagarle. Para mantener la disciplina en sus tropas, era implacable: si desobedecías una orden, te cortarían la cabeza y tu cuerpo sería lanzado al océano. Lo mismo te ocurriría si robabas parte de un botín o si violabas a alguna mujer sin permiso del escuadrón. Si intentabas salir de la organización, tus orejas eran seccionadas.

Así fue como Ching Shih se hizo dueña y señora del mar del sur de China.

Estratega hasta la muerte

También se apoderó buena parte de las tierras del Emperador, que envió flotas enteras que caían a manos de los barcos de la Bandera Roja: en lugar de huir, Ching Shih navegaba a su encuentro.

En estas batallas, consiguió apoderarse de grandes buques y aumentar aún más su ejército. Por eso el Emperador, desesperado, llegó a pagar grandes sumas a las potencias británica, portuguesa y holandesa para que aniquilaran a Ching Shih.

No le sirvió de nada. Bajo la amenaza de clavar a los prisioneros por sus pies en la cubierta y golpearlos hasta la muerte, Ching Shih volvió a ampliar su ejército.

Las derrotas constantes hicieron que el Emperador tomara un camino diferente. En lugar de tratar de derrotar a Ching Shih, le ofreció una amnistía. La pirata llegó a un acuerdo: se dice que menos de 400 hombres recibieron algún castigo, que 126 fueron ejecutados y que el resto mantuvo su botín.

Después de haber saqueado a otros piratas, ciudades y al propio Emperador; de haber comandado un ejército invencible y de convertirse en la dueña del Mar de la China Meridional, Ching Shih demostró ser audaz hasta el final de sus días. En vez de aferrarse al poder, o de morir en un duelo final, se retiró de la piratería y vivió en paz, con su botín intacto, hasta la edad de 69 años.

Fabricaba relatos de terror y controlaba a 80.000 hombres. Ching Shih fue una de las primeras mafiosas de la historia.

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