Historias

Así es como conocí al romance más cruel de mi vida

No recordaba nada de la noche en que la conocí...

Suena una notificación de WhatsApp.

– ¿Quieres que nos veamos el viernes?

– ¿Hola? ¿Quién eres?

– Hahaha, qué tonto.

– Hahaha :)

– Bueno, ¿qué dices?

– Por mí guay.

No suelo recibir muchos WhatsApps de chicas. Y menos de chicas interesadas en tener una cita conmigo. Por eso accedo a quedar con esta tal Elena. Sé que se llama así porque así lo dice su WhatsApp. Pero en realidad no sé nada de ella. Ni por qué tiene mi teléfono. Ni por qué quiere verme.

El viernes pasado fue una de esas noches. Me desperté el sábado a las cinco y pico de la tarde. En el sofá. Con los zapatos puestos y un perfume ajeno en la camisa. Con el pantalón desabrochado y los ojos hinchados. Había salido a cenar con dos amigos. Del restaurante habíamos pasado a un bar. Y de ahí a una discoteca pija. O eso me decía el sello que llevaba en la mano derecha. En realidad no recordaba haber estado en el local. Supongo que fue ahí donde conocí a Elena.

Llamo a mis dos colegas por si me pueden ayudar a recordar. Uno me dice que nos perdió al cabo de poco rato de entrar y se fue a su casa. El otro me cuenta que conoció a una una chica y que pasó más rato fuera fumando que dentro. No recuerda haberme visto con una chica. Empezamos bien.

Quedo con Elena pero en realidad no sé nada de ella. Ni por qué tiene mi teléfono. Ni por qué quiere verme

Llega y el viernes y quedo con ella. Lo primero que hago es dar las gracias a mi borrachera. Si no fuese por el alcohol, probablemente nunca me hubiese atrevido a hablar con una chica como ella. Y mucho menos lograr que quisiera volver a verme. Le doy dos besos y lo reconozco inmediatamente. Ese es el perfume que impregnaba mi camisa. ¿Qué significa esto?

Estamos en una bodega del Poble Sec y soy incapaz de decidir si quiero calamares o patatas bravas. Mi cerebro está centrado en intentar regresar siete días atrás. “Ese día pedimos bravas”. Esto no me sirve de nada, joder. Yo solo quiero saber cómo empecé a hablar con esa chica que me mira con una extraña expresión de curiosidad. ¿Qué significa esto?

Hablamos de la noche que nos conocimos. “Qué locura”, dice. No sé a qué se refiere. Intento disimular que no recuerdo nada. Logro cambiar de tema con sutileza. ¿Qué tiene esta chica que hace que todo parezca fácil? Hay química. Nos reímos.

Salimos del restaurante y vamos a un bar que también es un teatro. O un teatro que también es un bar. No lo tengo muy claro. Bebemos un poco. "No sé si deberías", me dice entre risas mientras le doy el primer sorbo a mi gin-tónic. Me pregunto a qué se refiere exactamente. Luego me da un beso.

¿Qué tiene esta chica que hace que todo parezca fácil? Hay química

Ha quedado con unas amigas para seguir la fiesta. Yo prefiero irme a casa. Nos despedimos con otro beso.

Vuelvo a casa pensando en qué coño debo hacer. ¿Le confieso que no tengo ni idea de cómo acabé liándome con ella? ¿Qué pensará? ¿Se ofenderá? No parece el tipo de chica que se enfade por algo así. Nunca se me ha dado bien ligar y ahora que conozco a una tía que mola ni siquiera recuerdo cómo lo hice. Mierda.

Pasa una semana y volvemos a vernos. Lleva tres días insinuándome que quiere follar. Me parece perfecto, claro.

Esta vez quedamos directamente después de cenar. Está celebrando el cumpleaños de una amiga en un bar de Gràcia. Me dice que me pase. Cuando llego están bastante borrachas. Me presenta a sus amigas. “Ohh, es el bebeeé”, dice una de ellas mientras me da un abrazo. Elena casi la mata con la mirada. ¿El bebé? ¿Qué coño significa esto?

¿Le confieso que no tengo ni idea de cómo acabé liándome con ella? ¿Qué pensará? ¿Se ofenderá?

Bebemos. Sus amigas son exageradamente simpáticas. Creo que están siendo falsas. ¿O estoy neurótico? Todas me recuerdan a ella. El tipo de chicas que siempre se ríen pero que nunca acabas de saber si es contigo o de ti. Por primera vez desde que he empezado a quedar con ella no estoy cómodo. Y empiezo a darle vueltas a la situación.

Vas a una discoteca pija de esas a las que nunca vas.

Conoces a una chica de esas que nunca conoces.

Parece que a la chica le gustas.

Pero hay algo que no encaja.

Te presenta a sus amigas y todas te miran con una media sonrisa.

No recuerdas nada de la noche en que la conociste.

Probablemente lo que ocurrió es la que pieza que me falta para entenderlo.

Salimos del bar rumbo a un club. Pincha un amigo de una de ellas. O un tipo al que una vez se folló. O un tipo al que una vez se folló y que ahora es su amigo. No me queda muy claro. A veces tengo la sensación de que hablan en código.

Se pone a llorar como una magdalena. En serio. En plan inconsolable

Entramos por la lista de invitados. Una vez dentro nos empezamos a liar. Bailamos. Sus amigas se turnan para hablarme. Sus voces siguen sonando a cantos de sirena. Menos una. Se llama Laura y su tono de voz me da tranquilidad. Suena más honesta que las otras. Quizá por ello decido confesárselo a ella. Quizá por ello y por que empiezo a estar bastante colocado.

– Tengo que confesarte una cosa, pero prométeme que no se lo dirás a Elena.

– ¿Qué pasa?

– No tengo ni idea de cómo la conocí. O sea sí, pero...

– ¿Pero os conocisteis en ese sitio de mierda, no?

– Sisi, pero quiero decir que no sé exactamente...

– ¿No sabes qué pasó esa noche no?

– Exacto.

– Me lo imaginaba.

– ¿Cómo? ¿Qué significa esto?

Entonces se acerca a mí y me susurra algo al oído. Cuatro palabras que se quedan grabadas en mi cabeza. Me dice que lo busque en Google al llegar a casa. Saco el móvil para buscarlo ya pero me detiene.

- Mejor espera. Ah, y como digas que te lo he contado yo, te mato.

Laura desaparece. Vuelve Elena y me besa. Pedimos otra copa. Hacemos el burro un poco más. Me dice si nos vamos a su casa. Claro.

En su casa empezamos a enrollarnos. “Esta vez quiero acordarme de todo”, pienso mientras me desabrocho la camisa. Pero entonces también me acuerdo de las cuatro palabras que me ha dicho Laura. Mierda. Me estoy desconcertando. Le digo a Elena que tengo que ir un segundo al lavabo. Me llevo el móvil. Sentado en la taza tecleo las cuatro palabras. Y entonces mi estómago empieza a comerse a sí mismo.

Es un blog.

Está escrito en primera persona.

Relata aventuras sexuales.

Empiezo a leer y enseguida me doy cuenta que el segundo post habla de mí. Se titula “El bebé”. Dice algo así:

Siempre me han gustado así como losers. No sé muy por qué. La cosa es que habíamos ido a una discoteca pija para hacer la gracia, pero no pude evitar fijarme en el tipo con más pinta de desgraciado. Estaba muy borracho, decía que era escritor. Total que acabamos en su casa. Y nos estamos enrollando. Estamos los dos borrachos pero él más. Mucho más. Pero noto que eso puede acabar bien, ya me entendéis...Pero de pronto cuando yo estoy ya en bragas y le estoy desabrochando los pantalones el tipo va y se desmorona. Se pone a llorar como una magdalena. En serio. En plan inconsolable. Y empieza a largar cosas. Que le habían roto el corazón con 13 años y nunca se había recuperado. Que si nunca tenía suerte con las chicas. Movidas de sus padres. De sus amigos. Todo esto llorando a moco tendido. Un panorama. Y entonces va y me pide si le puedo abrazar. Y ya me ves a mí acurrucándole sobre mis tetas hasta que se queda dormido. Y en realidad me mola el rollo. Yo os he dicho que me molan los pobres diablos. Al cabo de un rato me acabé largando. Pero esto no acabará así.

Me quedo helado. Me tiembla la mano. Mierda. Mierda. Mierda. Qué cabrona. ¿Y ahora qué hago? Esto no acabará así. Suspiro tres veces. Y lo veo claro. Me guardo el móvil en el bolsillo y entro en la habitación. Me he quedado con ganas de leer el siguiente capítulo.

Total, quizá hasta me paguen por escribir esta historia para PlayGround.

Si tienes la oportunidad de olvidar, no te empeñes en chocar contra la realidad

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