Historias

La política del éxtasis

Un adelanto de LSD Flashbacks, el libro de Timothy Leary que hoy llega a librerías

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Diciembre de 1960, Universidad de Harvard

A esas alturas habíamos cobrado conciencia de la existencia de una red internacional de científicos y eruditos que experimentaban con drogas psicodélicas como la psilocibina, el LSD y la mescalina. Diferían mucho en edad y temperamento y presentaban un amplio abanico de ideas diferentes sobre el modo de empleo de las drogas. Todos tenían en común una poderosa premisa: aquellas plantas y drogas, como ampliadoras de la consciencia humana, podían revolucionar la psicología y la filosofía.

Muchos de esos hombres y mujeres eran psiquiatras que habían experimentado con una o más de las drogas y esperaban encajarlas en el modelo del tratamiento médico. Nuestro grupo estaba en contacto con Humphrey Osmond, el ingenioso sabio británico que acuñó la palabra psicodélico. Osmond empleaba LSD para psicoterapia en la Universidad de Saskatchewan. En Los Ángeles, Sidney Cohen y Keith Ditman trataban la neurosis y el alcoholismo con la droga. Abram Hofer y Nick Chewelos utilizaban LSD con los pacientes de instituciones mentales de Canadá.

Los experimentadores dedicados a las aplicaciones terapéuticas nos instaban a trabajar dentro del sistema. Su mensaje era: « La sociedad ha asignado la administración de drogas a la profesión médica para que cure enfermedades. Cualquiera que sin ser médico administre o tome drogas es un drogadicto. Colabora con el sistema. Cautiva a la profesión médica como hizo Freud». Willis Harman, un prestigioso profesor de Stanford que llegaría al consejo rector de la Universidad de California y que era por su parte filósofo místico, nos advirtió que cualquier uso no médico de las drogas psicodélicas provocaría una prohibición histérica, como había sucedido con la marihuana, y retrasaría la investigación.

Los filósofos y estudiosos del movimiento veían que la promesa de las drogas iba más allá del tratamiento médico. Se daban cuenta de que nosotros nos valíamos de ellas para reformular en términos psicológicos modernos la visión platónico-pagano-gnóstica de un mundo interno que contenía los gráficos que nos permitirían comprender, armonizar y colaborar con las leyes físicas del mundo externo.

Los filósofos y estudiosos del movimiento veían que la promesa de las drogas iba más allá del tratamiento médico

Siguiendo la tradición de las escuelas esotéricas de la Antigüedad, esos doctos eruditos también nos recomendaron que mantuviéramos el movimiento en clave erudita y elitista, al margen de la política y el público.

Muchos de los integrantes de esa red extraordinaria de personas destacadas se interesaron por nuestro proyecto y lo visitaron, conscientes todos de la potencia del nombre de Harvard. El mensaje era claro. Guardémonos para nosotros este conocimiento. No lo saquéis a la luz o atraeréis la ira de los custodios de la sociedad. En algún punto de mi cabeza veía a la tía Mae y a Abigail asintiendo.

A Frank y a mí tanta atención e inquietud nos parecía estimulante, educativa y bastante confusa. Nuestras personalidades y educaciones eran estadounidenses: democráticas y con un toque del espíritu de la frontera. Éramos incapaces de vernos como parte de una selecta clase sacerdotal que seguía modelos pertenecientes al Viejo Mundo. Nos dábamos cuenta de que nos acercábamos a una encrucijada.

Entonces llegó una carta escrita de puño y letra por Allen Ginsberg. Nos contaba que desde hacía tiempo era un estudioso de los estados alterados. Un psiquiatra de Nueva York le había hablado de nuestros experimentos y se preguntaba si podría visitarnos para descubrir más cosas sobre nuestra investigación. Le respondí en sentido afirmativo. Unos días después fui a buscarlo a la estación de tren de Boston. Lo acompañaba su novio, Peter Orlovsky, un joven guapo, de pelo alborotado y pícara presencia bohemia.

Llegamos a la casa de Newton Center entrada la tarde. Les mostré a los poetas su dormitorio y después se unieron a Frank, los niños y yo en la cocina.

«De acuerdo, adelante. Explorad el mundo extraño. No pasa nada, volveréis». Te hará subir. Te hará bajar. Volverá a plantarte los pies en el suelo

Allen se encorvó sobre una taza de té y, mirando por sus gafas de montura negra con la lente izquierda partida, nos contó sus experiencias con la ayahuasca, la enredadera visionaria de las selvas peruanas. Había seguido los pasos de Bill Burroughs en búsqueda del elixir de la sabiduría, estudiando con hechiceros.

Frank y yo le hicimos muchas preguntas sobre esos curanderos o chamanes. Queríamos aprender los rituales y descubrir cómo enfocaban otras culturas el asunto visionario. Allen nos habló de su miedo y su mareo siempre que tomaba drogas y nos describió el solaz y la fuerza reconfortante del curandero. Era bueno contar con alguien conocedor, que había estado en aquellas regiones remotas de la mente y podía decirnos con una mirada, con un roce, con una bocanada de humo: «De acuerdo, adelante. Explorad el mundo extraño. No pasa nada, volveréis». Te hará subir. Te hará bajar. Volverá a plantarte los pies en el suelo.

Allen nos habló del aprendizaje de los curanderos. El candidato parte hacia las montañas, donde pasa semanas con un viejo brujo que le administra la droga día tras día, noche tras noche, y explora todos los recovecos, cavernas y ensenadas ocultas del mundo visionario –el territorio de cielos e infiernos, las alegrías, los horrores, las cimas y los pantanos negros y ardientes, los ángeles y las serpientes demoníacas– hasta que ha recorrido la travesía entera a las antípodas de la consciencia. Entonces está preparado para actuar de curandero y guiar a otros viajeros visionarios a través de las selvas de sus cerebros.

Frank y yo escuchamos embelesados esas palabras, que confirmaban nuestra creciente intuición de que el consumo inteligente de drogas psicodélicas precisaba de un nuevo profesional, desconocido para Occidente: el guía cerebral. El entrenador de realidades múltiples.

A lo largo de milenios, nos dijo Allen, las sociedades preindustriales enseñaron que el crecimiento personal implicaba experiencias visionarias. Siempre había sido necesario un gurú, un chamán que lo pilotara a uno a través de los confusos reinos del interior. En todos los textos yóguicos orientales se pone mucho énfasis en que la liberación de las energías internas (esto es, neurológicas) puede mover a confusión a menos que se disponga de un maestro.

A esas alturas habíamos descubierto que cuando uno de nuestros aprendices se lanzaba desde la realidad normal a la inmensidad de la consciencia hipercerebral no había forma humana de saber lo que experimentaba en su viaje. Las órdenes racionales del guía a menudo resultaban irrelevantes o desconcertantes. El cometido del guía no era constatar el imaginario en desbocada aceleración del viajero, sino estar disponible como base de referencia segura, como una presencia reconfortante a la que regresar.

El consumo inteligente de drogas psicodélicas precisaba de un nuevo profesional, desconocido para Occidente: el guía cerebral.

Esa noche Frank sacó el frasco marrón y les dio dieciocho píldoras de hongo mágico a Allen Ginsberg y Peter Orlovsky.

Al cabo de un rato fui a ver cómo lo llevaban los muchachos. Allen estaba tumbado encima de la manta. Se había quitado las gafas y tenía las pupilas completamente dilatadas.

Sus ojos buscaban con paciencia; estaba trabajando con la droga –de forma activa, voluntaria–, abocándose a pánicos y temores, a la náusea, en un intento de descubrir algo, de encontrar sentido. Peter estaba tendido a su lado, durmiendo o escuchando música.

Allen me preguntó qué pensaba de él. Yo me incliné sobre su cuerpo, bajé la vista a los ojos negros, ojos de cervato, ojos de hombre, y le dije que era un gran hombre y que me alegraba de haberlo conocido. Él alzó la mano para tocarme.

De camino al piso de abajo me asomé a la habitación de Susan. Estaba hecha un ovillo en el suelo y rodeada de libros desparramados, leyendo en la penumbra. La reñí por echarse a perder la vista y apreté el interruptor de la pared.

Tras otra media hora volví a pasar revista a Allen y Peter. Jack estaba plantado, alegre y con ojos de sueño, al final de la escalera. Quise abrazarlo, acordándome de mi padre.

1932, Springfield, Massachusetts

Me despertaron los sollozos de mi madre al otro lado de la puerta. Iba en camisón y se retorcía las manos.

–Tu padre está borracho y montando un escándalo abajo.

Fui a la escalera y encendí y apagué la luz para captar su atención.

–Oye, aquí arriba intentamos dormir.

Eso lo encolerizó.

–Déjanos dormir, por favor –insistí–. Tengo clase por la mañana.

–Ya te enseñaré yo una o dos cosas ahora mismo –dijo él.

Cargó hacia mí, agarrándose a la barandilla con la mano derecha mientras con la izquierda se impulsaba apoyándose en la pared. Su rostro amenazador llegó a la altura de mis rodillas. Me agaché y le di un suave empujón en la frente. Un empujoncito. Él se tambaleó hacia atrás, a cámara lenta, contra el pasamanos, y después cayó rodando escaleras abajo hasta estrellarse contra la mesita del teléfono. Se le rompieron las gafas.

Me horrorizaba haberlo tirado, pero también tenía miedo. Abrí de un tirón la ventana del pasillo y huí

Se incorporó con lentitud y me lanzó una mirada preñada de ira.

–Ésta me la vas a pagar. –Arremetió de nuevo hacia mí.

Me horrorizaba haberlo tirado, pero también tenía miedo. Abrí de un tirón la ventana del pasillo y huí al tejado como había hecho miles de veces en mis escapadas a lo Tom Sawyer.

Avancé con pie firme por la superficie alquitranada y arenosa. Existían diversas rutas a la seguridad: encaramarse al inclinado tejado a dos aguas; bajar por el canalón. Me escondí detrás de la chimenea. Tote asomó la cabeza por la ventana y me insultó. Después la cerró de golpe y pasó el pestillo.

Me quedé en el tejado, triste y con remordimientos por papá pero pletórico por mi libertad, hasta que mamá me indicó por señas desde la ventana que él se había dormido.

Diciembre de 1960, Newton Center

Estábamos Frank y yo en el estudio cuando entraron Allen y Peter con pinta de ermitaños medievales. En cueros los dos. Bueno, no del todo: Allen llevaba puestas las gafas. Alzó el dedo con un destello de santa locura en la mirada.

–Soy el Mesías. He bajado a predicarle el amor al mundo. Vamos a recorrer las calles para enseñarle a la gente a dejar de odiar.

–Eso parece buena idea –comentó Frank, aunque no se levantó de un salto de la silla para empezar la cruzada. –Adelante –dijo Allen–, salgamos a las calles de la ciudad para hablarle a la gente de paz y de amor. Y después llamaremos por teléfono a un montón de líderes importantes para arreglar esto de la Bomba de una vez por todas.

–Estupendo –observó Frank–, pero ¿por qué no hacemos primero lo del teléfono?

–¿A quién llamamos? –preguntó Peter.

–Pues llamaremos a Kerouac a Long Island, a Kennedy y a Jruschov, a Bill Burroughs a París y a Norman Mailer.

Vamos a recorrer las calles para enseñarle a la gente a dejar de odiar

–¿A quién llamamos primero? –preguntó Peter. –Empecemos por Jruschov –dijo Allen.

–¿Por qué no empezáis por Kerouac? –propuso Frank. Allen marcó el código para hablar con la telefonista.

Las dos figuras escuálidas se inclinaron hacia delante, arrebatados del santo fervor de predicar la paz. Parecían recién salidos de un lienzo del Quattrocento: apóstoles, mártires, profetas.

–Oiga, telefonista, al habla Dios. D-i-o-s. Quiero hablar con Kerouac. Pruebe con Capitol, 7-0563. Northport, Long Island.

Una pausa. Todos escuchábamos en vilo.

–¿Que no existe ese número? Ah, claro. Es la casa de Nueva Jersey donde nací. Mire, operadora, tengo que ir arriba a por el número. Después la llamo otra vez.

Alzó hacia nosotros una mirada avergonzada, salió dando botes de la habitación y volvió al momento con su agenda.

Los dos santos se plantaron, delgados y adustos, junto a la mesa. Allen le gritó por teléfono a Jack Kerouac. Quería que se llegara a Cambridge. Y con su madre. Y al parecer Jack tenía mucho que decir, porque Allen sostuvo el auricular durante largos intervalos. Kerouac accedió a tomar psilocibina en cuanto pudiéramos organizar una sesión. Frank, sentado a la mesa, sonreía.

Oiga, telefonista, al habla Dios. D-i-o-s. Quiero hablar con Kerouac

Allen y Peter fueron al gran sofá del salón, donde el primero empezó a describir sus visiones y lo mucho que había significado para él que yo le dijera que era un gran hombre, y que ese episodio de los hongos le había abierto la puerta a las mujeres y la heterosexualidad. Dijo que veía un cuerpo femenino y una vida familiar por delante. Entretanto Peter le acariciaba el hombro desnudo. Lo miraba como Betty de Berkeley me miraba a mí durante y después de la sesión de México.

Como buen curandero, les pregunté si les apetecía algo de comer o beber.

–¿Qué tal un poco de té caliente?

Allen y Peter subieron y se pusieron una bata. Yo llené de agua una tetera y en breve estábamos hablando del mundo que teníamos la esperanza de crear en torno a la mesa de la cocina. Paz mundial. Desarme nuclear. El fin de la ignorancia, el conformismo y la infelicidad.

Se nos antojaba que las guerras, los conflictos de clases, las tensiones raciales, la explotación económica, las luchas religiosas, la ignorancia y los prejuicios eran consecuencia de un condicionamiento social intolerante. Los problemas políticos eran manifestaciones de los problemas psicológicos, que en el fondo parecían ser de índole neurológico-hormonal-química. Si podíamos ayudar a la gente a enchufarse a los circuitos empáticos del cerebro, entonces era posible un cambio social positivo.

Fue entonces cuando comenzamos a idear la revolución neurológica, pasando de la objetividad científica al activismo social. Íbamos a dejar de ser psicólogos que recopilaban datos. Íbamos a crear datos.

Allen, el igualitario por antonomasia, quería que todo el mundo dispusiera de la oportunidad de tomar drogas para expandir la consciencia. Era la quinta libertad: el derecho a gestionar el propio sistema nervioso. El Gran Plan parecía lógico de cabo a rabo. Primero iniciaríamos y adiestraríamos en la expansión de la consciencia a estadounidenses influyentes. Ellos nos ayudarían a generar una corriente de opinión pública que apoyara programas masivos de investigación, procesos de autorización y centros de enseñanza para el consumo inteligente de las drogas. Fue en ese momento cuando rechazamos la perspectiva elitista de Huxley y adoptamos el enfoque estadounidense, igualitario y abierto al público. Y eso es toda una historia.

Si podíamos ayudar a la gente a enchufarse a los circuitos empáticos del cerebro, entonces era posible un cambio social positivo

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