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Historias

“Mi padre me encontró marido a los 2 años”

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El vacío de ser condenada a un matrimonio concertado nada más nacer

Margaryta Yakovenko

12 Febrero 2016 11:33

Punam cree que tiene 16 años. Lo sospecha. Intenta contarlos con los dedos pero se da cuenta de que no sabe contar. Le pregunta a su tía, que confirma su versión, aunque también es posible que sean solo 15.

Punam tiene 16 años y se va a casar con Ashok, su novio. Solo le ha visto una vez en una foto que guarda en el móvil. Una foto que no le transmite ningún otro sentimiento más que el vacío y la tristeza de una vida que ya ha sido planificada. Ashok es tan niño como Punam.

“Me temo que no sé a dónde voy. Mi tío le encontró e hizo arreglos entre las dos familias. Soy muy consciente de que no tengo otra opción. La comunidad decide sobre mí y sobre mis dos hermanas. Mi familia es incapaz de mantenerme y Ashok cobra 100 dólares al mes cosiendo relojes en una fábrica. Mi vida va a ser definitivamente mejor”, explica Punam antes de encontrarse por primera vez con Ashok en el altar.

La historia de Punam es otra más entre miles de historias parecidas. Su destino quedó impreso el día que nació en una perdida aldea de Nepal, en el seno de una familia pobre y analfabeta que además se situaba en uno de los escalones más bajos del tradicional e injusto sistema de castas.

Punam tiene 16 años y se va a casar con Ashok. Solo le ha visto una vez en una foto que guarda en el móvil. Su matrimonio ha sido arreglado por sus familias. Ellos se verán por primera vez en el altar


© Lieve Blancquaert - Plan International

La unión forzada entre Punam y Ashok nos puede resultar chocante. Pero hay otras historias que hacen que se nos revuelva el estómago.

Rubi tiene 4 años y lleva la mitad de su vida prometida. Al igual que su hermana Asa, fue dada en matrimonio con solo 2 años. Puja, la hermana mayor de las tres, cuenta ahora con 14 años pero rompió un récord cuando su familia la dio en matrimonio siendo un bebé de un año y medio.

Lo que puede parecernos una historia antinatural y aberrante es en Nepal una tradición más, una práctica extendida a la que los niños se ven condenadas desde el día que ven la luz exterior. La fotoperiodista flamenca Lieve Blancquaert viajó a Nepal junto a la oenegé Plan International para documentar esa realidad. Lo que vio allí la dejó impactada.

Rubi tiene 4 años y lleva la mitad de su vida prometida. Al igual que su hermana Asa, fue dada en matrimonio con solo 2 años


© Lieve Blancquaert - Plan International

Durante su visita, Blancquaert se encontró con Sanju, padre de cuatro hijas, tres de las cuales ya están prometidas. Sanju y su familia forman parte de la casta mali, que se sitúa en uno de los escalones más bajos del sistema.

“Ellas no se dan cuenta. ¿Cómo lo iban a hacer? Son demasiado pequeñas. Siempre ha sido así, ya en la época de mi abuelo se hacía esto. Somos un grupo muy reducido y no es sencillo encontrar un hombre adecuado para mis hijas. Dios me quiso dar niñas, es mi destino, pero yo las quiero mucho”, relató Sanju mientras una de sus hijas jugaba sentada sobre sus rodillas.

Nepal, un pequeño país anquilosado entre dos gigantes como India y China, carece de gran parte de la infraestructura que en occidente asumimos como algo normal.

Inmerso en un sistema profundamente corrupto, un problema de superpoblación, una educación débil y golpeado recientemente por desastres naturales, Nepal se convierte en un páis golpeado por los abusos en materia de derechos humanos.

Las estadísticas hablan por sí solas. Más del 42% de nepalíes contraen matrimonio antes de los 18 años, a pesar de que esta sea la edad mínima requerida por la ley. Las tradiciones y el injusto sistema de castas hacen que esta ley no se tenga casi nunca en cuenta.

Más del 42% de nepalíes contraen matrimonio antes de los 18 años, a pesar de que esa es la edad mínima requerida por la ley para poder casarse


© Lieve Blancquaert - Plan International

“Encuentro a mis yernos en otros pueblos y presto especial atención para escoger un buen hogar. Esto es lo más importante. Hablo con el padre del chico y acordamos una fecha y una dote. Por supuesto, llorarán cuando se vayan. Nosotros también lloraremos. Se quedarán con nosotros hasta que tengan 14 o 15 años, pero desde el día en que nacieron sabemos que tendrán que marcharse”.

Con estas palabras Sanju zanja el asunto de sus hijas prometidas. Sin embargo, su propia historia fue bastante diferente a la que ha decidido para sus hijas.

A los dos años su matrimonio fue concertado pero Sanju decidió romper la tradición que ahora impone. Se enamoró de Devi, su actual mujer y madre de sus hijas y con 14 años decidió pagar a su primera prometida para librarse del yugo del matrimonio concertado y casarse con el amor de su vida.

“Si es necesario mis hijas harán lo mismo”, asegura Sanju, pero añade “romper un compromiso es muy caro”.


© Lieve Blancquaert - Plan International

En la remota aldea en la que vive Sanju nadie sabe leer ni escribir. Nadie va al colegio.

“¿De qué sirve la educación y los conocimientos? Las niñas cuidan de los cerdos y se hacen cargo de la comida”, reflexiona Sanju al respecto.

Sin embargo, Sanju no sabe que, a pesar de todo, no mandar a los niños al colegio en Nepal es tan delito como casarlos antes de los 18 años. Cuando se entera de esto confiesa su sorpresa.

“Lo que está hecho, hecho está. No puedo dar marcha atrás, pero no voy a ir a prisión, prometo que con mi hija pequeña, haré las cosas de otra manera”, se compromete Sanju.

¿De qué sirve la educación y los conocimientos? Las niñas cuidan de los cerdos y se hacen cargo de la comida

En un país en el que los matrimonios concertados a una edad infantil son para ambos sexos, las mujeres siguen siendo estigmatizadas y condenadas a una vida en la que aparte de no tener poder de elección, no tienen tampoco independencia económica.

Una condena que se prolonga a lo largo de toda su vida, aún si su marido fallece. Una condena que hace que nos preguntemos cuántos años más tendrán que pasar hasta que las tradiciones abusivas desaparezcan y los derechos humanos prevalezcan a las costumbres.


© Lieve Blancquaert - Plan International

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