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Historias

En Japón ya existen los entierros para perros robot

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En 1999 Sony creó su primer perro robot; hoy muchos de sus propietarios entierran a sus mascotas

Alba Muñoz

20 Marzo 2015 10:24

“¿Aibo, puedes oírme?”. Esa mañana, los ojos del perro robot de Hideko Mori no se encendieron.

Mori es un farmacéutico japonés de 70 años. Poco después de jubilarse, hace 8 años, compró un perro Aibo en una tienda de electrónica de la capital. Le costó 1.850 euros.

Por ese precio, pensó que no habría un límite de vida para su primera mascota digital. 

Aibo es el nombre del primer perro robot que creó Sony en 1999. A los siete años, el modelo dejó de fabricarse para dar paso a perros más inteligentes, mejor programados.

Para dar una idea del éxito que tuvo este primer modelo, sólo cabe este dato: 3.000 de ellos fueron adoptados en los primeros 20 minutos de salir a la venta.


En internet hay foros donde muchos amos buscan "órganos" para devolver la vida a sus mascotas



Eso significa que muchas personas, en su mayoría mayores, han visto cómo sus canes inteligentes han sido condenados por la industria.

Unos ingenieros avispados comprendieron en seguida el negocio que había en los robots viejos, pero sobre todo en los vínculos que los japoneses adquieren con estos objetos carentes de un latido real.



Surgieron clínicas veterinarias donde se transplantan piezas descatalogadas, pero la lista de espera es larga y el proceso costoso.

En internet hay foros donde muchos amos buscan "órganos" para devolver la vida a sus animales de compañía. 

"La gente siente la presencia creciente de estas mascotas, por lo que pensamos que el perro robot Aibo tiene alma en alguna parte", dijo Nobuyuki Narimatsu, gerente de uno de estos talleres, a How is Japan.



Es fácil coger cariño a un perro robot: son más baratos de mantener. Tampoco sufren las ausencias. Como los de verdad, quieren a sus amos, identifican su voz y juegan.

¿Cómo recordar todo el tiempo que se trata de un chip programado para eso?

Mori, el farmacéutico, tuvo suerte: pudo resucitar a su Aibo, restaurar su configuración y su personalidad. Sin embargo, muchos japoneses no tienen dinero para hacerlo o deben aceptar la desactivación de un amigo que creían inmortal. 



Semanas atrás se celebraba en Tokio uno de los últimos funerales para despedir a 19 robots dotados de inteligencia artificial.

La imagen de los monjes diciendo palabras sagradas, y encendiendo varillas de incienso al lado de los cadáveres de plástico y metal, dio la vuelta al mundo.

Puede que nos cueste comprender el amor que los japoneses pueden llegar a sentir por un robot, pero empatizar con la pérdida de una mascota electrónica, de un objeto querido, parece más sencillo.



¿Puede un perro robot hacernos más humanos?




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