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Historias

Mi padre, el pedófilo 'respetable'

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"Mi padre miró miles de imágenes de abusos infantiles durante años, pero en vez de aceptar su culpa, me culpa a mí por 'negarme a pasar página' y prohibirle ver a mis hijas"

PlayGround

13 Mayo 2017 10:50

Pixabay

La atracción sexual es un misterio. No podemos dar una respuesta científica sólida de por qué hay personas que se sienten atraídas hacia niños, igual que no podemos dar una explicación científica a por qué a unos les gustan las mujeres y a otros los hombres”.

Son palabras de Félix García Sánchez, catedrático de psicología sexual en la Universidad de Salamanca. El año pasado hablábamos con él como parte de una serie de artículos en los que explorábamos la problemática de la pedofilia y la pederastia desde diferentes puntos de vista, intentando encontrar respuestas para preguntas que mucha gente se hace. Preguntas como:

¿Qué pasa por la cabeza de un pedófilo? Si no lleva a cometer ningún abuso, ¿es biológicamente justificable y moralmente tolerable el deseo sexual hacia niños? ¿Puede una lesión cerebral originar impulsos pedófilos? ¿Es justificable la producción de “pornografía infantil virtual” para controlar las pulsiones sexuales de los pederastas, como algunos proponen? ¿Estamos abordando este asunto de la manera correcta como sociedad?

Muchas de esas preguntas se cuelan entre los pliegues de un testimonio anónimo recientemente publicado por The Guardian. “Mi padre, el pedófilo 'respetable'”, reza el título de esa columna.

A continuación seleccionamos algunos fragmentos de un texto que condensa muchas de las cuestiones que flotan alrededor de la pedofilia en su dimensión psicológica y social.


***

Me enteré del arresto una mañana de verano, hace ya algunos años, cuando mi padre me lo contó: “Decir esto es muy difícil para mí. He estado usando internet para mirar fotos de niños, y me han detenido. Ahora, por tus hijas, los servicios sociales van a tener que hablar contigo...”.

En los meses y años siguientes, he aprendido mucho sobre el crimen de mi padre. Y mucho de lo que hizo no está contenido en lo que me dijo aquel día. El hecho de que estaba bajándose, en su PC de casa, y guardando en su disco duro, miles de escenas obscenas y vídeos de niños. El hecho de que lo había estado haciendo durante años, en tiempos en los que mi mujer y yo vivíamos en su casa, y, más tarde, en tiempos en los que acudíamos regularmente con nuestras hijas.

También el hecho de que uno de los cargos se refería a pornografía para adultos tan extrema que es ilegal. El comentario de un juez diciendo que algunas de las imágenes de niños eran “tan malas como pueden llegar a ser”. El vídeo de un bebé siendo violado. La sentencia de prisión suspendida. El requerimiento de estar en el registro de agresores sexuales durante 10 años. El informe del agente de la libertad condicional cuestionando que mi padre sintiera “empatía por las víctimas”.

[…]

“Usando internet”, dijo, para mirar “fotos” de niños. Capa tras capa de minimización; palabras con las que se distanciaba a sí mismo de los actos abusivos que había estado cometiendo. En su mente, él no estaba participando en un proceso de abuso a menores. Él no estaba abusando de niños. Ël simplemente estaba mirando fotos, y ni siquiera fotos reales, nada que él tocara: él simplemente estaba usando internet, para mirar fotos.

Mi madre se puso de su parte. Dijo que todo el mundo necesita una segunda oportunidad. Quería estar allí para “rehabilitarle”. Mi mujer y yo elegimos un camino diferente. Aunque sigo viendo a mi padre a solas, ya no es bienvenido en nuestras vida familiar, ni le dejamos que vea a nuestros hijos.

[…]

En la vista en la que se dictó sentencia, el juez le dijo que había creado un mercado para el abuso infantil y que eso era un acto de abuso. Mi padre no era capaz de ver eso cuando yo se lo dije, y creo que aún no es capaz de verlo. La actitud que mostró en aquella primera llamada —distanciarse y minimizarlo— ha crecido con los años, y es algo que veo también en mi madre. Se refieren a la sentencia suspendida como “una especie de mandato comunitario”. Él está en el registro de agresores sexuales solo porque “ese es el procedimiento” y el juez no tenía otro remedio. Y su abogado les dijo que todo tipo de miembros respetables de la sociedad cometen este tipo de crímenes: contables, abogados, jueces. En su mente, y en la de mi madre, él no es como esos pedófilos sobre los que ha leído en los tabloides; él es más bien de la variedad del juez respetable que mira fotos de niños.

[…]

Mi padre hizo un curso para gente que ha sido cazada viendo material pornográgfico infantil, y mi madre hizo un curso similar dirigido a las esposas de esos infractores. Ella dice que antes de asistir al curso “hubiera reaccionado de la misma manera que tú”. Solía pensar que “la gente que hace eso son monstruos”. Pero ahora, dice, entiende que es solo “algo que se le mete en la cabeza a alguien”, un “chute de dopamina”, al que te vuelves adicto. Yo encuentro esto problemático, esa reducción de un hecho criminal a un proceso químico; pura adicción a la dopmina. Está perdiendo de vista que, en primer lugar, es anormal experimentar un subidón de dopamina mirando imágenes de niños que están siendo abusados.

[…]

Comparan nuestra decisión [de no dejarle ver a nuestros hijos] con la de otros amigos y familiares que están deseosos de recibir a mi padre de vuelta en sus vidas. Me enfada y me desconcierta que tantos amigos y familiares le den la bienvenida como si nada hubiera pasado.

[…]

Durante mucho tiempo tras la detención de mi padre, mi madre venía a vernos, jugaba con nuestras hijas, charla y cenaba con nosotros. Pero tras esas visitas, luego nos contó, siempre lloraba y se sentía enormemente decaída durante semanas. Su respuesta a esto fue dejar de visitarnos, y dejar de llamarnos, y le funcionó. Ahora se siente mucho mejor, dice.

Esto me entristece muchísimo. Mi interpretación es que estamos siendo excluidos porque le recordamos una realidad desagradable. Pero nosotros no hemos causado esa realidad. Me preocupa mi madre, pero a la vez siento que yo soy el que está siendo castigado, junto a mi familia, por los actos de mi padre. Y siento como si me diera un ultimátum no verbalizado: vuelve a dar la bienvenida a tu padre en tu familia o nunca más me veréis.

Incluso en aquella primera llamada en la que me dio la noticia, las palabras elegidas por mi padre ya indicaban que veía a mi familia como un problema: “Por tus hijas, los servicios sociales van a tener que hablar contigo”. Recuerdo mi enfado. Pensé: “No es por mis hijas, es por ti, por lo que tú has estado haciendo”. Nada ha cambiado a este respecto.

[…]

Los perpetradores de este tipo de delitos solo llegan a oír las palabras francas y resueltas de un juez cuando un caso es perseguido, y en mi opinión fue crucial que mi padre escuchara esas palabras. Para personas como mi padre, lo último que deberíamos hacer es reforzar el arsenal de argumentos a su disposición para defender que lo que han estado haciendo no es tan malo después de todo. Arrojar luz sobre estos crímenes oscuros es, en mi opinión, la mejor manera de contraargumentar eso, y perseguir estos crímenes juega un papel fundamental en esto. Como se suele decir, la luz del sol es el mejor desinfectante.


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