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Historias

Todo lo que se esconde detrás de un simple alambre de espino

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Consideraciones oscuras alrededor de la tecnología que convirtió al hombre en ganado e inspiró la era de la opresión moderna

Luis M. Rodríguez

01 Diciembre 2015 06:00

Observa la siguiente imagen:



Por si no sitúas la escena, te diremos que se trata de la valla de Ceuta. La imagen fue tomada el año pasado coincidiendo con uno de los frecuentes asaltos a esa frontera alambrada por parte de unos 1.500 migrantes subsaharianos. Ninguno de ellos consiguió entrar en la ciudad autónoma aquel día.

Escenas parecidas se repiten cada mes en Ceuta y Melilla, pero la imagen no nos interesa —o no sólo— por su cercanía, sino por la carga de significación política universal que encierra. En particular, en relación a uno de sus elementos.


Por eso, te vamos a pedir que vuelvas a fijarte en la imagen de arriba, que estudies cada una de sus piezas, y que nos digas: ¿cuál de los elementos retratados en la foto te resulta más agresivo? ¿Cuál de sus componentes consideras que encarna mejor la idea de la violencia del hombre contra sí mismo?

Puede que la mirada se vaya por inercia hacia los agentes fronterizos, hacia sus cascos y sus porras siempre listas, pero... 




El año pasado la Comisión Española de Ayuda al Refugiado ponía en marcha una campaña para denunciar "los pozos oscuros" que suponen las fronteras de Ceuta y Melilla. Querían recoger al menos 100.000 firmas ciudadanas, una por cada cuchilla que corona las vallas alambradas.


Para los impulsores de la iniciativa, esas concertinas —la encarnación más brutal del alambre de espino— son "el símbolo más visible de la violación de Derechos Humanos". Y ahí siguen, hiriendo el paisaje, rasgando la carne, como una lúgubre corona de espinas que aludiera al pecado connatural de nacer en el Tercer Mundo.



Esas connotaciones siniestras vienen acompañando al alambre de espino desde casi su principio. Concretamente, desde el preciso momento en que una tecnología concebida para confinar y proteger al ganado se alzó por primera vez contra el hombre. Su papel decisivo en algunas de las más grandes catástrofes de la modernidad —del genocidio de los nativos norteamericanos al exterminio nazi— hizo el resto. Y es que nada encarna mejor el papel de lo terrible en la condición histórica del siglo XX que el alambre espinado.


El alambre de espino se ha convertido, por acumulación histórica, en metáfora de la violencia política que enlaza los grandes desastres modernos. Pocas cosas encarnan mejor el papel de lo terrible del siglo XX


El relato de esa evolución perversa forma el núcleo de Historia política del alambre de espino, un revelador análisis, recuperado ahora en nuestro país por la editorial Melusina, en el que el francés Olivier Razac nos invita a reflexionar sobre la creciente violencia en la gestión política de espacios y poblaciones.

Una violencia que, huelga decirlo, está hoy más viva que nunca.


I. Mucho más que una herramienta agrícola

Cuando, en 1874, J. F. Gliden registró la patente del alambre con púas que había creado, mejorando la invención original de Lucien B. Smith, no podía imaginar la relevancia histórica que iba a tener su invento.

Aquel granjero de Illinois buscaba un método efectivo y barato para cerrar y proteger los campos de los colonos que empezaban a invadir las grandes llanuras al oeste del Misisipi. Y su innovación cuajó: la producción de alambre de espino —monopolizada por la American Steel and Wire Company primero, y por la United States Steel luego— pasó de 270 toneladas en 1875 a las 135.000 toneladas en 1901.



Para muchos historiadores, lo que verdaderamente permitió avanzar a los colonos americanos más allá de Misuri no fueron ni los ferrocarriles ni las leyes sobre la tierra, sino el alambre de espino. Tal fue su importancia. Pero no todo el mundo estuvo contento con aquel desarrollo.

A finales del XIX, granjeros y rancheros ya se enfrentaron en lo que se conoce como las “guerras del alambre de espino”. Los primeros querían sus parcelas cercadas, protegidas de las bestias salvajes y los indios. Los segundos, campo y pasturas abiertas para la trashumancia de sus reses.

Por primera vez se manifestaba la tensión social que podía crear un simple alambre como expresión del eterno conflicto entre el espacio libre y la propiedad privada. Pero lo peor, ya lo sabemos, estaba aún por llegar.


El alambre de espino es la prolongación material del gesto que implica el establecimiento de una propiedad o la prohibición de entrar. Y además lo hace de un modo hostil y amenazador: quien se acerca sale herido


Ganaderos cortando alambradas durante las guerras de los alambres de espino en Nebraska, 1884

Lo que nació como un método ligero, flexible y económico para cercar tierras y confinar al ganado se transformó en muy poco tiempo en una herramienta política de gran relevancia. En primer lugar, porque modificó las técnicas de delimitación del espacio, afectando de manera decisiva al valor del suelo. Y los primeros grandes damnificados fueron los nativos americanos.

El alambre de espino, en conexión con medidas políticas como la Dawes Act (ley que permitió al presidente de EEUU parcelar las tierras indias sin consultar a sus ocupantes), hizo del espacio geográfico social de los indios un medio hostil en el que el nomadismo, la caza y la vida tribal se hicieron imposibles.


El Estado quiso convertir al indio en “buen granjero”. Ante el fracaso de esa idea —el pueblo indio siempre se resistió a la condición individual y privada—, la política americana se orientó hacia la destrucción cultural y el etnocidio.

Había que destruir a la tribu. Y la manera de hacerlo fue convirtiendo sus tierras en una prisión de fragmentos, en un gran puzle de fragmentos aprisionados entre tiras de alambre.


II. De la granja a la guerra. De la trinchera a símbolo de la cautividad extrema

Sobre la llanura americana, aquella tecnología primitiva se demostró excelente en su función: delimitar el espacio, trazar en el suelo las líneas de una división activa, contener a las bestias, disuadir y repeler al hombre salvaje mucho mejor de lo que lo haría un muro. Pero, ¿podía aquel alambre de púas ser útil para el control de la población civil?


A primera vista, la idea parecía incongruentemente violenta. Porque el alambre de espino es un dispositivo de materialidad intrínsecamente violenta. Su función está basada en su capacidad para lastimar. Aquello podía ser apropiado para los animales —seres con quienes el humano siempre se había relacionado a través del lenguaje del dolor—, pero ¿para humanos?

La respuesta ya la conoces.



Por su ligereza y adaptabilidad, por su facilidad de transporte e instalación, el alambre de púas empezó a dar respuesta a todo tipo de necesidades a ambos lados del charco: proteger, fortificar, encerrar, exterminar...

En la segunda guerra de los bóeres, entre 1899 y 1902, el alambre de espino se erigió por primera vez como el alma macabra de la modernidad concentracionista, y su uso se extendió durante la Primera Guerra Mundial como zarza artificial de aquellas trincheras en las que millones de hombres iban a morir.

El alambre de espino es un elemento esencial en aquel cuadro de pesadilla. Pero no sería hasta la segunda de las grandes guerras que el alambre con puntas se convirtió en símbolo de la opresión más brutal como la valla incandescente de los campos de concentración y el exterminio nazi.


En la II Guerra Mundial fue la valla incandescente de los campos de concentración nazi, el operador de la distinción funesta entre el 'dejar vivir' y el 'dejar morir'


En aquellos campos de concentración, el alambre de espino se convirtió en algo más que un simple material de construcción. Pasó a ser el elemento fundamental de la gestión totalitaria del espacio.

Las alambradas conjugaban a la vez un doble gesto de exclusión y reclusión. En el campo de concentración, la violencia extrema se manifiesta como la clausura de lo “exterior” sobre sí mismo.

El alambre de espino separa al señalado de la “sociedad normal”, lo sitúa fuera del espacio social, y a la vez crea un vacío cerrado donde se administra la miseria absoluta. Un espacio donde hombres, mujeres y niños se transforman en ganado abandonado.


Niños judíos tras las alambradas de Auschwitz

Elias Canetti recuperó luego esa idea hablando de la “jauría” en relación a su concepción de las masas. Según su distinción, el “rebaño humano” de los espacios sociales modernos tiene todas las características de una masa domesticada. Frente a eso, las “bestias salvajes” excluidas de esa masa se configuran en jaurías.

Para el colono blanco del Oeste americano, los indios son los salvajes, la jauría. Para el nazi, los judíos. Para el comunismo soviético, los disidentes mandados al gulag. Pero esa misma separación sucede en nuestro día a día.

El contexto define la distinción. Porque el hooligan escoltado que acude en manada a liarla en un partido fuera de casa también es tratado como jauría. O el manifestante pro-15M que se ve cercado por los antidisturbios cuando intenta acercarse al Congreso. O el inmigrante que llega a las costas de un país sin que nadie le halla invitado y acaba confinado en un CIE.




En todos esos escenarios, el hombre cercado se ve convertido en jauría, en cuerpos que se capturan o se rechazan, que se reagrupan o se dispersan, dando lugar a un proceso de animalización del hombre que se extiende a ambos lados de la alambrada. 

Nada ejemplifica mejor ese problema que los campos de concentración. Porque ahí las alambradas también implican la demarcación de una nueva realidad moral.



Razac recoge una anécdota contada por Primo Levi. El escritor judío explica que el día que llegó a Auschwitz intentó calmar la sed chupando un carámbano que despegó del borde de una ventana. A los pocos segundos, un guardia se lo arrancó de las manos. Al preguntar Warum? (¿Por qué?), el guardia respondió: Hier ist kein warum. Aquí no hay ningún porqué.



Dentro de la alambrada no hay que dar explicaciones, no hay razones, no hay causas, no hay lógica. Lo conocido deja de regir. Las leyes son papel mojado y la moral algo que conviene olvidar en aras de sobrevivir. Y eso vale igual para un campo de concentración nazi que para Guantánamo, paradigma de la superposición imposible entre lo democrático y lo totalitario, lo jurídico y lo arbitrario, lo concentracionario y lo penitenciario, la protección del Estado y la brutalidad más grande.


III: El valor de la abstracción. El afán concentracionista aplicado a la vida privada

El primer secreto del éxito del alambre de espino está en que... no es más que un alambre, una doble o triple línea horizontal estriada con algunos remates en punta. Y las razones de su progreso tienen que ver, precisamente, con su austeridad. Menos es más.

"Las alambradas son una idea geométrica genial, que consiste en quitar lo superfluo, lo imponente, en provecho de la eficacia, vaciando una muralla defensiva para dejar sólo un fino esqueleto metálico", escribe el francés. Y en ese ejercicio de economía y de abstracción, el alambre de espino revela mejor que ningún otro dispositivo la paradoja de la violencia moderna. Una paradoja que Razac resume en la siguiente línea: "Las mejores herramientas de ejercicio del poder son aquellas que invierten la menor cantidad de energía posible y logran sin embargo los mayores efectos de dominación".




El alambre de espino sigue presente en fronteras, centros de internamiento, cárceles, fincas y fábricas de todo el mundo, está de vuelta en todos los lugares en los que se multiplican las tensiones y las líneas divisorias entre "Norte" y "Sur", pero es su esencia, más que su materialidad palpable, la que se manifiesta a diario en nuestras vidas urbanas.

Porque la tendencia actual en "el reticulado de la ciudad apestada", que decía Foucault, consiste en cerrar, jerarquizar, controlar el espacio con medios mucho más perfeccionados, ligeros y más reactivos. Ni madera ni piedra ni metal, sino luces, ondas, señales electrónicas, vibraciones invisibles.

Es lo que podríamos llamar la arquitectura de las nuevas presiones. Y eso, señala Razac, no es más que el resultado de un proceso de "virtualización" de las delimitaciones y los dispositivos de confinamiento macizos que se inició, precisamente, con las alambradas de espino.

El alambre de espino ha llegado a nuestros días como la herramienta paradigmática de una gestión del espacio caracterizada por la radicalización, la animalización y la jerarquización. Y como esa esquirla cabrona que se te clava en un dedo cuando caminas alegremente descalzo, sentimos su presencia incómoda y su molestia irritante, incluso aunque no logremos verla.

A día de hoy, "la delimitación virtual ideal es totalmente invisible. Ningún símbolo puede traicionarla, ningún símbolo la representa y, a la vez, nadie debe poder ignorarla", escribe Razac.



Puede que el viejo alambre de púas sea una tecnología condenada a la invisibilidad, pero eso no quiere decir que las ideas que subyacen a su uso, su poder intimidante, su capacidad para infligir terror, opresión y violencia, o su cualidad deshumanizante —ese transformar a la persona en jauría— sean cosas del pasado. Porque, como señala Razac, el alambre de espino y la videovigilancia o el control electrónico, lejos de oponerse, comparten una misma genealogía.

Basta leer un día cualquiera las noticias para ver que esa violencia en la gestión política de espacios y poblaciones está hoy más viva que nunca. En las fronteras. En las cárceles. En centros de refugiados. Pero también en los supermercados que cierran el acceso a sus contenedores para que nadie pueda coger las toneladas de comida que tiran cada día. O directamente en las calles espinadas de nuestras ciudades hostiles.


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