Historias

La chica que se escapó de Tennesse para fotografiar a los okupas de Nueva York

En los años 90, Ash Thayer se instaló en el Lower East Side para retratar la vibrante escena squatter del barrio

Ash Thayer formó parte del movimiento okupa que tuvo lugar en el barrio Lower East Side de Nueva York en los años 90. Un tiempo singular, en el que ser joven, hedonista y carente de cualquier ambición significaba felicidad. Con su cámara inmortalizó la vida de aquellos días y el resultado fue el libro 'Kill City'.

"Humildemente os invito a dar un paseo a través de mi vida en la comunidad okupa del Lower East Side de Nueva York en la década de los 90":

En el Lower East Side, más de dos docenas de edificios habían sido abandonados después que en los 70 la ciudad casi llegara a la quiebra y muchos propietarios dejaran de pagar los impuestos de las viviendas. Un vacío legal que fue aprovechado por los okupas.

Pero, ¿cómo terminó una chica como Thayer de clase media y proveniente de Memphis, Tennessee, en aquel lugar y en aquel momento?

Todo había empezado en la escuela. Ahí, había sido objeto de burla y abuso por parte de las típicas chicas que presumían de llevar la ropa cara que ella no podía permitirse y que tenían la atención de los chicos que ella no podía conquistar. Este entorno le generó depresión e, incluso, odio hacia ella misma.

Pero eso terminó el día que llegó una nueva alumna que se convirtió en su mejor amiga. Empezaron a salir con chicos más mayores que podían conseguir bebida y drogas, y con quienes podían colarse en clubes nocturnos.

Tiempo después, antes de graduarse, se fue de casa de sus padres para ir a vivir con un grupo de chicas punk, con quienes aprendió acerca de la cultura DIY, el anarquismo, el ateísmo y el hardcore. La banda sonora la ponían grupos como Sex Pistols, The Clash y The Specials, entre otros.

Las chicas punk eran lo contrario a aquellas chicas estiradas de la escuela. Hacían lo qué querían y cómo querían: se teñían el pelo de colores extremados y se lo rapaban sinsentido. Y a Thayer le gustaba estar en un lugar en el que no tenía que esforzarse en encajar: todos encajaban.

Fue con la comunidad Punk con quienes aprendió una de las lecciones más sabias de este mundo: el dolor y la rabia no solo se podían soportar, sino que podía transformarlo en algo positivo y productivo, en activismo social, música y expresión artística.

Su periplo en Nueva York empezó en 1992. Se mudó a la ciudad para ir a la Escuela de Artes Visuales y se instaló en un apartamento del Upper East Side con varios jóvenes. Sin embargo, a los 6 meses ya no podía pagar el alquiler, por lo que se planteó abandonar su sueño. Pero conoció a un joven punk llamado Brett que lo cambiaría todo. Él le ofreció alojamiento y, de repente, antes de haber tenido tiempo de percatarse, estaba en un piso okupa.

Apenas tenían electricidad, no disponían de agua corriente, faltaban partes del techo y algunas paredes. Pero aquello era su casa.

En aquel periodo, conoció a otros okupas de la zona. La rutina de todos era la misma: trabajar en el mantenimiento de sus edificios durante el día y montar una fiesta por la noche. También hacían comidas para la comunidad, conciertos en el sótano y manifestaciones en contra las regulaciones de la vivienda.

No siempre podían comprarse comida, por lo que la buscaban restos de comida en las basuras o recogían productos en los que la fecha preferente de consumo había expirado pocos días atrás. Esto comportaba que fueran objeto de miradas juiciosas, de ojos que no estaban acostumbrados a ver a un joven blanco con ropa manchada rebuscando en la basura, como recuerda Thayer.

Después de aquello, se mudó de nuevo a Serenity House, una casa que sí que tenía agua corriente y electricidad e, incluso, había familias con sus hijos pequeños.

Con la llegada de unos devastadores desalojos, ese sueño fue desapareciendo poco a poco.

Y, con el cambio de siglo, todo se terminó. El Ayuntamiento inició un proceso para convertir los pisos okupas en casas cooperativas. Es decir, aún les permitían vivir allí pero ahora tenían dueño: el Estado.

En aquel momento, esta medida fue percibida como una victoria para los okupas, pero en realidad era el principio del fin. El Lower East Side que habían conocido estaba cambiando y esa transformación era irremediable. El barrio que conocían desaparecería para siempre a manos de una imparable gentrificación.

Este es el recuerdo de Thayer, el de unos días que, como ella misma admite, fueron una escena salvaje repleta de gente imperfecta. También fueron unos días en los que aprendió lecciones que en el colegio no hubiese conocido: la irrefutable capacidad de confiar en sus instintos y ser fiel a sus creencias.

[Vía Flashbak]

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