PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Historias

Cuando oír voces en tu cabeza no es un signo de locura

H

 

Un estudio revela las diferencias en la percepción de voces interiores entre pacientes occidentales, africanos e indios

Jordi Berrocal

30 Julio 2014 17:42

Creía que alguien me hablaba. No que mi cerebro funcionara así, si no que alguien me hablaba. No sabía quién, no sabía si era Dios, si era gente, no sabía nada. Es una enfermedad muy fea”. Son palabras de María José, una de las protagonistas del mini-documental El mal del cerebro, producido por lainformacion.com en 2012. María José tenía 48 años y fue diagnosticada con esquizofrenia tras un periodo de mucha tensión con su marido.

La percepción de Maria José sobre su enfermedad es la habitual en España y, por extensión, en Occidente. Pero si viviera en una cultura distinta, probablemente sus sensaciones serían otras. “Conozco a fondo la cultura maorí, y sé que en esa cultura no es síntoma de locura oír voces”, decía el psicólogo especialista en psicosis John Read en una entrevista en La Vanguardia en 2012. Ahora, un nuevo estudio de la Universidad de Stanford apunta en la misma dirección: el modo en que los enfermos de esquizofrenia experimentan las alucinaciones auditivas o “voces interiores” depende de su contexto cultural. Y, en muchos casos, estas pueden tener connotaciones positivas.

“Nuestro estudio descubrió que las personas con desordenes psicóticos graves tienen experiencias distintas con las voces que escuchan según sea su cultura. Esto sugiere que el modo en que las personas presta atención a las voces puede alterar lo que dicen dichas voces”, dice Tanya Luhrmann, directora del estudio, en la web de Stanford. En Estados Unidos, por ejemplo, las voces son percibidas como más agresivas, mientras que, en Africa y la India, son percibidas como más benignas.

La diferencia

Para llevar a cabo el estudio, Luhrmann y su equipo entrevistaron a 60 personas diagnosticadas con esquizofrenia. 20 de ellas en San Mateo, California, 20 en Accra, Ghana y 20 en Chennai, India. Durante el experimento se les preguntó acerca de cuantas voces escuchaban, con qué frecuencia las escuchaban, qué creían que causaba la alucinación y cómo eran las voces.

“Les preguntamos si sabían quién les estaba hablando, si mantenían conversaciones con las voces, y qué les decían las voces. Les preguntamos qué característica de las voces les resultaba más inquietante, si tenían experiencias positivas o si la voz les hablaba sobre sexo o sobre Dios”, dice Luhrmann.

Los resultados revelaron que la escucha de voces era, a grandes rasgos, similar en las tres culturas. Pero había una diferencia llamativa. Mientras que los participantes africanos e indios registraron experiencias mayormente positivas con sus voces interiores, ni un solo americano lo hizo. Por el contrario, los participantes americanos eran más propensos a describir las experiencias como violentas y odiosas.

"Torturar a la gente; sacarles el ojo con un tenedor"

Los americanos experimentaron las voces como un bombardeo y como síntomas de una enfermedad cerebral causada por sus genes o por un trauma. Tal y como explica Stanford, uno de los participantes describió las voces como “torturar a la gente, sacarles un ojo con un tenedor, o cortarle la cabeza a alguien y beberse su sangre, cosas realmente horribles”. Otros americanos se refieron a las voces como un llamamiento a la batalla o la guerra. Por otro lado, en la gran mayoría de casos los americanos no sabían quién les hablaba y parecían tener una relación mucho menos personal con sus voces.

La mayoría de africanos, en cambio, describió las voces como una experiencia eminentemente positiva. 16 de los 20 participantes, incluso, afirmaron haber escuchado a Dios con claridad. En el caso de los indios, más de la mitad afirmó haber escuchado voces de parientes o familiares ordenándoles hacer tareas. También escucharon menos voces amenazantes que los americanos, con diversos de los participantes describiéndolas como juguetonas, como la manifestación de espíritus mágicos o, incluso, como entretenidas. Prácticamente ninguno se refirió a las voces como un problema médico o psiquiátrico. Algo que, en cambio, habían hecho todos los americanos.

Una enfermedad mental...y social

Los resultados de la investigación sugieren que la influencia de los preceptos culturales en el moldeado del comportamiento de los esquizofrénicos podría ser más profunda de lo que se creía. “Las voces violentas y agresivas, tan habituales en occidente, no tendrían por qué ser una característica inevitable de la esquizofrenia”, dice Luhrman.

Pero, ¿a qué se debe esta diferencia? La explicación que ofrece Luhrmann es que los europeos y los americanos tienden a verse a sí mismos como individuos motivados por un sentido de identidad propia. Es decir, tienen una noción marcadamente individualista de la existencia. Fuera de occidente, en cambio, las personas imaginan a su mente y a su yo entrelazados con los de los demás y definido a través de las relaciones personales.

En América, pues, las voces son una intrusión y una amenaza al mundo privado de la persona. Algo que no puede controlarse. En India y Africa, en cambio, los sujetos no se mostraban preocupados por las voces ya que, al estar habituados a vivir en un mundo más relacional, les encontraban mucho más sentido.

El origen de la esquizofrenia todavía no está plenamente definido. Hace una semana, justamente, científicos de la Universidad de Cardiff publicaron un estudio que identificaba una red de 128 genes que podrían estar asociados al riesgo de ser afectado por la esquizofrenia, y no solo uno como se creía hasta la fecha. Esto podría cambiar radicalmente el enfoque de que reciben los pacientes esquizofrénicos.

Pero, quizá, aún más radical sería que las investigaciones biológicas fuesen de la mano de los hallazgos antropológicos como los de Luhrmann y su equipo. Al fin y al cabo, si algo demuestra su estudio es que la esquizofrenia tiene tanto de enfermedad social como de enfermedad mental.

share