Historias

Esa noche la luz era la misma, pero ella se apagó para siempre

Un inquietante relato basado en las fotografías de Vicky Moon

Teníamos un método curioso para solucionar nuestras crisis de pareja. Cuando discutíamos, quedábamos en un motel para follar. Siempre en la misma habitación. Siempre envueltos debajo de esa luz verdosa que entraba por la ventana. Llegábamos sin mediar palabra. Nos desnudábamos mirándonos con rabia, y, para cuando habíamos terminado, ya podíamos volver a abrazarnos. Pero esa noche ella no iba a venir.

Estaba siendo un verano difícil. Ella necesitaba dinero. Hacia dos meses que había perdido su trabajo. Yo necesitaba espacio. Hacía medio año que no escribía nada decente. Desde que había llegado el calor, me costaba respirar en nuestro apartamento. El edificio estaba infestado de cucarachas. Por las noches las oía. Y cuando abría los ojos lo veía todo rojo. Y ya no podía dormir. La luz venía del cartel del bar de abajo y llenaba toda la habitación. Mi insomnio se bañaba en fuego.

  

Ahora, sentado en la cama de este antro, tampoco podía dormir. La luz que venía de fuera era verdosa. Pero el rojo me seguía envolviendo. Me acordé de la primera vez que hicimos lo del motel. Nos habíamos peleado. Y como siempre lo habíamos intentado arreglar con sexo. Pero ese día algo me impedía centrarme. Quizá es que llevaba cuatro días sin salir de casa. Quizá eran las cucarachas. Quizá es que tres semanas antes ella me había contado algo que no podía sacarme de la cabeza. Le escribí una dirección en un papel y le dije que nos encontrásemos en una hora. Funcionó.

La noche en que me lo confesó habíamos estado en un cine X que teníamos justo en frente de casa. Entramos pensando que era un bar tiki. La mitad de las bombillas del cartel estaban apagadas. Todo lo que nos encontramos dentro fue terciopelo negro, adictos al crack y hombres haciendo cruising. Un tipo disfrazado con un sombrero y un bigote falso nos preguntó si queríamos hacer un trío. Salimos corriendo ante la mirada cabreada del taquillero coreano. Estábamos borrachos y nos reíamos muy fuerte. En ese momento todavía no me importaban las cucarachas.

Volvimos a casa dando tumbos. Paramos a comprar una botella de whisky. Fue idea suya. Al llegar a casa entendí por qué. Necesitaba valor para lo que me iba a contar. Al principio me lo tomé bien. Ella acabó llorando. Yo la abracé y le dije que todos habíamos hecho cosas de las que nos arrepentíamos. Puse música de violines y dejé que se durmiera en mi hombro. Esa noche yo no dormí. No podía dejar de pensar en el hombre del cine. En el taquillero coreano. En el mexicano que nos había vendido el whisky. En los dos hipsters que fumaban en nuestro portal cuando llegamos. El rojo estaba adquiriendo nuevos matices.

Desde entonces nuestras visitas a los moteles eran cada vez más frecuentes. Yo siempre llegaba antes. La esperaba con la luz apagada. Y entonces susurraba una palabra. Era el papel que debía interpretar para mí esa noche. Yo sabía que a ella no le entusiasmaba la idea. Pero era su manera de expiar los remordimientos que sentía. De devolverme lo que me había quitado esa noche que estuvimos en el cine. Lástima que al final no fuera suficiente.

Estar atrapado en esta habitación era peor que estarlo en nuestro apartamento. Intentaba recapitular todo lo que había sucedido en las últimas horas pero no lograba concentrarme. Los gritos retumbaban en mi cabeza. Mis propias palabras regresaban en bucle.

—Estoy harta de todo esto.

—Dime quién eras para él.

—Esto ha dejado de tener gracia.

—Dime quién eras para él.

—Me das miedo.

—Dime quién eras para él.

—Me voy.

Pero nunca llegó a la puerta.

 

Finalmente me decidí a salir a la calle. Miré al cielo y nunca lo había visto tan oscuro. Cuando la noche cae sobre Los Angeles, la contaminación convierte el cielo con un manto negrísimo, sin espacio para reflejos. Esta es la única ciudad donde para ver las estrellas tienes que mirar al suelo. Es un lugar que desprende tristeza. La inmensa mayoría de los que llegan aquí lo hacen resplandecientes y se van apagando poco a poco hasta que se evaporan para siempre. Como el gas de sus luces de neón. Como ella.

De pronto me encontré delante de una pequeña iglesia. Tenía una cruz de neón dónde podía leerse “Jesús salva”. La luz que desprendía era la misma que la del cartel del primer motel dónde habíamos iniciado nuestros juegos. Entonces fue cuando lloré por primera vez. A ella ya no podía salvarle nadie. Durante dos años había sido mi estrella particular. Pero ahora ya no se levantaría del suelo.

Puedes ver el resto de las imágenes de la serie "Expired L.A." aquí.

En esta ciudad, todas las estrellas están en el suelo

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