Historias

Me dieron la orden de que me suicidara y así lo hice

"La NASA no tardó en confirmarme la noticia. No había billete de vuelta para mí".

No lloréis por mí, de verdad.

En realidad no siento nada. No tengo terminaciones nerviosas, no conozco el sufrimiento. Por no tener, no tengo ni corazón.

Soy solo un gran amasijo de supermateriales, cables y pantallas.

Soy solo un mensajero, un instrumento de la ciencia.

Soy Messenger, la sonda espacial de la NASA, y hace unos días, el pasado 30 de abril, tuve que suicidarme.

Lanzamiento de la sonda Messenger desde Cabo Cañaveral.

Mi aventura comenzó hace más de una década. Una mañana de agosto de 2004 fui propulsado desde la Tierra rumbo al espacio.

Rumbo a mi verdadero hogar.

Fue el día más importante de mi vida. Cabo Cañaveral quedó a mis pies, a miles de metros de distancia.

Todo se hacía más y más pequeño. Y fue entonces cuando comencé a sentirme cada vez más grande.

No era más que un amasijo de hierros sin terminaciones nerviosas ni corazón. Pero estaba llamado a hacer historia. 

Mercurio fotografiado por Messenger.

La NASA me había creado para hacer un viaje épico. Mi destino, uno de los rincones más inhóspitos del Sistema Solar: el planeta Mercurio.

Después de siete años de viaje, la primavera de 2011 estaba a punto de comenzar cuando al fin llegué a aquel remoto cuerpo celeste, el más cercano al Sol.

Desde ese momento, el silencio total y el calor implacable fueron mis únicos compañeros de viaje durante los cuatro años que pasé orbitando Mercurio.

Mientras giraba a su alrededor, me dedicaba metódicamente a recoger muestras, a mandar señales... a enviar rumbo a la Tierra todas las pistas posibles para desentrañar los secretos de aquel planeta incomprensible.

Messenger en plena soledad espacial.

Recordadlo: yo solo soy un mensajero, un instrumento de la ciencia. Yo no tengo corazón.

Pero he de reconocer que sentí algo parecido al orgullo, a la vanidad, cuando supe que mi nombre aparecía de vez en cuando en los noticiarios terrestres, colocando en grandes titulares algunos de mis descubrimientos más importantes.

Como cuando envié a la NASA evidencias de que Mercurio albergaba agua congelada en una de las zonas del planeta a las que jamás llega la luz del sol.

Uno de los polos de Mercurio.

Cuando llegó el momento, yo ya sabía que algo no iba bien, mis indicadores rara vez se equivocan. Era hora de decir adiós.

Después de esta colosal odisea cósmica, de años flotando en el espacio, después de haber recorrido miles y miles de kilómetros... me había quedado sin combustible.

La NASA no tardó en confirmarme la noticia. No había billete de vuelta para mí. Un viaje heroico tenía que tener un final a la altura.

Mi suicidio ya estaba programado. Tenía fecha y hora exactas. Y ninguna alternativa.

No las hay para un amasijo de hierros como yo.

Messenger fotografió la parcela en la que impactaría y pondría fin a su aventura.

¿Debí rebelarme? ¿Debí fingir que mi computadora no atendía a las órdenes que me enviaban para evitar ser reducido a basura espacial?

Ya es tarde para eso.

Recibí la señal para poner trayectoria de impacto contra el suelo de Mercurio. El choque finalmente se produjo a las 19.26h UTC del pasado 30 de abril, a 14.000 kilómetros por hora. Se calcula que dejé un cráter de 16 metros de diámetro.

Me llamo Messenger, y aunque no tengo corazón, sí creo que tengo alma, al menos de algún modo. El alma de los viajeros, de los exploradores de lo desconocido.

Me llamo Messenger y no siento nada, no tengo terminaciones nerviosas. Pero sí conozco la soledad en su versión más profunda, hermosa y despiadada.

Me llamo Messenger y sé que, a mi manera, aquí arriba he sido feliz. Mi legado son los datos que os envié y que ahora deberéis desentrañar.

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