Historias

Volver sola a casa puede ser lo último que hagas cuando eres una chica

Adolescentes asesinadas, muertes impunes, miedo y obsesión en el último libro de Selva Almada

esa mujer ¿por qué grita?

andá a saber mirá que flores bonitas

¿por qué grita?

jacintos  margaritas

¿por qué?

¿por qué qué?

¿por qué grita esa mujer?

Susana Thénon

Ya era de noche pero no era tarde. Serían tan solo las seis o las siete de una tarde de invierno. Había estado lloviznando y, además, era día de fútbol por lo que, prácticamente, era la única persona caminando por la calle.

Por suerte, la cosa cambiaba al llegar al centro, donde las tiendas bullían por las rebajas como cualquier sábado normal. Aún así, un hombre había empezado a seguirme entre el gentío.

Lo hacía a cierta distancia pero de forma descarada. Yo me había dado cuenta enseguida porque aquellas calles desérticas me habían puesto alerta.

No obstante, antes de refugiarme en una zapatería y llamar a la policía, quise asegurarme de que no era paranoia. Crucé la calle inesperadamente, hice un par de cambios de sentido totalmente ilógicos y me metí a una tienda, en la que me esperó en la puerta a que saliera.

Una de mis peores pesadillas se estaba cumpliendo con una facilidad pasmosa...

Para cuando la policía llegó, sin ningún tipo de urgencia, el hombre ya había huido o se había escondido. Los agentes me dijeron que sería alguien que quería robarme y se fueron por donde habían venido. Sin embargo, ¿sigue con su plan alguien que quiere robarte cuando es evidente que lo has descubierto? Daba la impresión de que, para la policía, una mujer acosada por un hombre era algo tan cotidiano y difícil de evitar como un hurto o una trifulca vecinal.

Los dependientes de la zapatería me contaron que no era la primera vez que les pasaba algo así. Mis amigas también. La gran mayoría de mujeres a las que les contaba lo sucedido habían tenido “sustos”. A veces un desconocido se había masturbado delante de ellas (a pesar de que la gente en el cine se riera cuando a Natalie Portman le pasaba lo mismo en Cisne negro), otras las habían segido o, en los casos más graves, habían llegado hasta a forcejear con su agresor.

Aquel episodio volvió a reavivar en mí un miedo que aparece en la vida de una mujer en la preadolescencia y que tiene que aprender a vivir con él para el resto de sus días:

El miedo a aparecer muerta y violada en una zanja. El miedo a que te agredan y te maten por ser mujer.

Desde fuera puede parecer algo exagerado, un miedo a algo tan remoto como que te parta un rayo, sin embargo, el peligro es real y empieza a hacerse patente con el primer estirón.

Está en los piropos de los desconocidos; en el mirón de turno, muchas veces de tu propia familia, que intenta tocarte con alguna excusa; en ese chico que se enfada cuando intenta ligar contigo y lo rechazas... Pero, sobre todo, está en las miradas de todas esas chicas con una vida muy parecida a la tuya que aparecen un día por la tele porque, de repente, se las has tragado la tierra.

El libro Chicas muertas (Random House, 2015) de Selva Almada explora ese temor, esa ansiedad horrible que te recorre el cuerpo cada vez que tienes que volver sola a casa, no importa la edad que tengas. Y lo hace a través de tres casos atroces que marcaron a la autora en su adolescencia.

Para cualquier chica de mi generación y nacionalidad, algunos de los nombres que se repetirían a la hora de escribir un libro así serían los de las niñas de Alcácer, Marta del Castillo o Rocío Wanninkhof.

Para Selva, argentina nacida a principio de los setenta, son Andrea, María Luisa y Sarita

Todo chicas que tuvieron la mala suerte de cruzarse con alguien que se creyó con derecho a abusar de ellas por ser más fuerte física o económicamente.

Chicas que nos miran sonrientes desde fotos en el periódico, ajenas a la que se les viene encima. Chicas nacidas del amor a las que desmembraron en un descampado. Chicas que nunca aparecieron. Chicas a las que nunca conocimos pero que podrían haber sido nuestras mejores amigas, hermanas mayores o nosotras mismas.

Leyendo el libro trato de imaginar qué habrían dicho los allegados de Andrea, María Luisa y Sarita si hubieran logrado zafarse de sus agresores y todo hubiera quedado en uno de esos famosos "sustos". Probablemente habrían tenido que aguantar cosas como las que me dijeron a mí después de mi incidente. Un amigo veía lo que acababa de vivir como una aventura que le había dado un toque excitante a mi vida. Algunos familiares llamaron varias veces para que les contara los detalles de lo sucedido, interesados más en el cotilleo que en ofrecerme algún tipo de apoyo. Y a alguien le pareció buena idea bromear con que el lado bueno era que aquello validaba que estaba buena.

Para escribir su libro, Selva vuelve sobre los pasos de los investigadores, se entrevista con los familiares de las víctimas, estudia sus expedientes, visita sus tumbas... El libro te hace reflexionar, a través de sus vidas, y a mí me hace preguntarme:

¿Qué habría pasado si estas chicas, como yo, en vez de haber sido criadas en el miedo lo hubieran hecho en una cultura que las empodera para atajar la desigualdad? Si desgraciadamente vivimos en la cultura del "que no te violen" en vez de en la de "no violes", ¿por qué no se enseña a las niñas en los colegios a que sepan defenderse en vez de a esconderse para que no les pase nada?

Porque, cuando aquel hombre me siguió, ¿por qué me sentí tan perdida y desvalida si, en realidad, él estaba en las de perder?

Gracias a este libro, a la vida de aquellas chicas y a la suya propia, Selva nos hace reflexionar al poner palabras a ese miedo real (y tabú) a convertirte en una chica muerta.

Clases de defensa personal para todas en la escuela YA

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