PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Historias

Los cuentos más oscuros y sensuales se esconden en estas fotografías

H

 

El mundo de Marta Bevacqua está lleno de mujeres hermosas y de historias oscuras que alimentan nuestra imaginación

Luna Miguel

20 Mayo 2015 06:00

1. Las hermanas del bosque

Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo, un padre quedó viudo y a cargo de sus dos hijas pequeñas. Decidió marcharse al campo para poder criar allí a las niñas, y los tres vivieron solos, felices, hasta que ellas crecieron.

Fue entonces cuando los rostros de las dos adolescentes se transformaron en el rostro de la madre muerta. Fue entonces, también, cuando el padre no pudo soportar la idea de que vivía con dos seres idénticos entre ellos, e iguales a los de su difunta mujer.  

Las jóvenes, que no conocían otra cosa que a ellas mismas, al oscuro bosque y a la figura de su padre, no entendían el dolor y la frustración de este. Una mañana el padre se marchó, y abandonó a sus hijas entre la naturaleza.

Desde ese momento se cuenta que dos almas blancas pasean entre las hierbas, trepan por los troncos y aúllan como dos lobas dispuestas a vengar su roto y solitario corazón.

2. Amor ahogado

Luna no entendía el cuento de La Sirenita. Desde muy pequeña se lo habían contado como una historia casi terrible que ocurría a las chicas jóvenes cuando desobedecían a sus padres.

Ni siquiera el amor era una excusa para escaparse de casa.

Ni siquiera el corazón bastaba para convertirse en una adulta.

Luna, que vivía en un pequeño pueblo costero al lado de un arrecife, iba todos los días al faro, cantando canciones, pensando en ser adulta para comprarse un barco y conocer el mar.

Al contrario que La Sirenita, ella odiaba tener piernas, y hubiese preferido nacer entre sirenas, caballitos de mar, cangrejos simpáticos y peces de colores. A veces la niña se metía en el agua y nadaba y nadaba hasta que ya no veía la orilla.

Sus padres le castigaban y le decían que aquello era peligroso, y que no podía volver a meterse en las profundidades. ¿Qué clase de bestias hambrientas podrían atacarla?

En uno de sus paseos por el arrecife, Luna creyó escuchar un canto.

Una especie de grito que no era de gaviota ni tampoco de humano.

Era un susurro. Era una llamada. Luna se imaginó que aquel rumor era el de una sirena dispuesta a rescatarla de su horrible monotonía.

Sin pensárselo dos veces, la niña se desnudó y se lanzó al agua de afiladas rocas. Al final, consiguió lo que quería. Con las piernas magulladas y el pecho lleno de agua salada y sangre, Luna se quedó para siempre en el arrecife.

El arrecife, en adelante, sería su única casa.

3. Anna y las flores

Muchos se preguntan si las flores sienten dolor cuando las arrancamos, pero solo Anna tiene la respuesta. Esta joven hermosa y delicada nació en un país en el que apenas existían los jardines.  

Durante toda su infancia, los familiares y amigos más cercanos celebraron su belleza y su luz, asegurando que gracias a ella habían podido conocer al fin el significado de la palabra flor.

Tanta era su belleza, que ya desde muy pequeña muchos hombres quisieron casarse con ella. Pero Anna no estaba dispuesta, aún era una niña y quería ser libre.  

Un día, Anna descubrió que unos extraños bultos le surgieron por todo el cuerpo. De aquellos bultos crecieron pequeñas flores blancas, dándole a su piel una cualidad aún más atractiva y mágica.

Por cada hombre y mujer que la deseaba, una flor más emergía de su piel.

Por cada flor más, otro corazón humano caía enamorado de su imagen. Anna comenzó a arrancarse las flores con profundo dolor, hasta que no quedó ninguna de ellas. La sangre cubría su rostro y su cuerpo.

El dolor y las cicatrices afearon sus expresiones. Ya no era bella. Ya nadie la quería. Sus heridas dolían. Pero al menos se sentía feliz: por fin era libre.

4. Eternamente prometida

Raquel era una chica muy atractiva, pero en vez de corazón tenía un puñal.

Sus padres querían casarla, y lo cierto es que nunca le faltaron pretendientes.

A ella le encantaba soñar con un hombre apuesto, que cumpliera todos sus deseos, pero aquellos que llamaban a la puerta de su casa siempre le resultaban decepcionantes. Que si muy bajitos, que si muy feos, que si demasiado pobres, que si demasiado ricos.

Raquel era cruel. Raquel, en realidad, no quería casarse. Durante años se burló de aquellos hombres que entraban a su habitación para darle regalos, y a los que ella rechazaba sin compasión.

Pasaron los años, hasta que los sonidos de los puños contra la puerta de madera de su casa dejaron de ser tan habituales.  

Raquel miraba por la ventana confiada en que algún día aparecería alguien digno de su corazón.

Pero es que ya sabéis que Raquel no tenía corazón, tenía un puñal, y cuando una mañana soleada de primavera se miró al espejo para probarse su delicado vestido de novia, se dio cuenta de que ya era muy vieja.

De que a su alrededor no quedaba nadie.

De que siempre estaría sola.

5. La enferma

Hubo una época en la que a los niños enfermos se los llevaban al río. Eso es lo que pasó con un bebé paliducho y delgado, cuyos padres habían esperado con amor, pero que ahora miraban con miedo.  

No tenían dinero para pagar medicinas, y el aspecto diminuto y frágil del bebé provocó que juntos tomaran la decisión de abandonarlo.

La primera noche a la intemperie, el bebé lloró mucho, sin embargo, su llanto disminuyó cuando notó en su mejilla fría la mano de una mujer que cantaba una canción. El bebé, que aún no tenía nombre pero que más tarde sería bautizado como Adriana, fue llevado hasta una casa de madera, al fin caliente.

Pasaron los años, y el bebé fue niña, y la niña fue adolescente, y más tarde mujer.

Adriana, tan delgaducha y pálida como al principio, había crecido gracias a una familia que se dedicaba a recoger a los niños enfermos.

Aunque sus pulmones no funcionaban bien, su vida fue agradable y completa. Adriana consiguió reunir fuerza y un día decidió regresar al pueblo que la había visto nacer. Empeñada en buscar a sus verdaderos padres y darles una sorpresa preguntó y preguntó a todos los vecinos.  

Cuando la llevaron a la casa en donde ella debía haber crecido, lo único que encontró fueron escombros. Una vieja vecina le contó entonces, que hubo una época en la que a los niños enfermos se los llevaban al río, sin embargo a las familias que tomaban esa decisión les caía un feo embrujo.  

Enfermos de la misma enfermedad que su rechazada hija, palidecieron, adelgazaron y emudecieron, hasta que ya no quedó nada ni de ellos, ni del egoísmo que les había condenado.


El precio de la belleza, a veces, es demasiado alto



share