Historias

8 maneras en las que la pereza extrema ha condicionado mi vida

No, no estoy orgulloso de ello

Soy un vago crónico. Siempre lo he sido. Cuando tenía nueve años mis padres me llamaban “abuelo” por mi apatía. Todo lo que no fuese quedarme en casa jugando a la Play se me hacía una montaña. A grandes rasgos sigue siendo así. Tanto que no es exagerado afirmar que muchos aspectos de mi vida están diseñados alrededor de la pereza. No es algo de lo que me enorgullezca. Pero tampoco crea que tenga remedio. Y las veces que he pensado que podía cambiar, me ha dado demasiado palo intentarlo.

1. El sueño.

Sobre el papel, si algo debe saber hacer bien un perezoso es dormir. Y sí, yo también soy de los que puede hacer una siesta en el sofá… justo después de levantarme de una en la cama. Pero a veces la propia pereza acaba convirtiéndose en la peor enemiga del descanso. Durante mis años de universidad vivía en una habitación cuyo interruptor de la luz no podía alcanzar sin levantarme de la cama. Pues bien, pasé dos años con t ortícolis porque solía lanzar la almohada a modo de proyectil para apagar la luz cuando me cansaba de leer. Lo peor del caso es que en más de una ocasión fallé el tiro y preferí dormir toda la noche con la luz abierta antes que levantarme.

2. La comida.

La comida a domicilio es una de las grandes dádivas con las que la modernidad ha bendecido a los vagos. Pero también puede girarse en tu contra. O mejor dicho. En contra de tu dignidad. Uno de mis restaurantes chinos favoritos está, literalmente, a 20 pasos de mi portal. Y sin embargo la mayoría de veces prefiero pagar los 2 euros que vale el servicio a domicilio para no tener que bajar. Cada vez que viene el repartidor me cuesta mirarle a los ojos.

3. La sostenibilidad.

Hablando de comida. Todo el mundo odia limpiar los platos. Y un perezoso todavía más. Para no tener que hacerlo solía comprar platos y vasos de plástico. Pero nunca olvidaré la cara de desprecio que puso una chica que había invitado a cenar cuando se lo expliqué. Aparentemente, estaba muy concienciada con la sostenibildad. Desde entonces he desarrollado otra técnica: cada vez que tengo que comer cubro el plato con una capa de papel transparente. Cuando termino tiro el papel y el plato sigue intacto. Sigue siendo poco sostenible pero al menos puedo hacer ver que soy una persona normal cuando tengo invitados.

4. El dinero.

Ser un vago sale caro. Y no solo porque abusas de las pizzas a domicilio. Tengo decenas de calzoncillos y calcetines. Muchos más de los que necesito. El motivo es que, a menudo, cuando están todos sucios prefiero ir al H&M a comprar de nuevos antes que poner una lavadora. Debo decir que he conocido a diversas personas que me han confesado haber hecho lo mismo estando de viaje. Pero no conozco a nadie que lo haga de forma recurrente. Tampoco conozco a nadie que haya llegado al extremo de comprar un juego de sábanas nuevo para evitar tener que lavarlas. Yo sí. Durante un mes tuve remordimientos cada vez que me metía en la cama.

5. La ropa.

Me gusta la ropa bonita. Pero muchas veces la descarto porque es poco práctica. Prácticamente no llevo camisas aunque sé que me quedan mejor que las camisetas. Lo de planchar no es negociable. Y desde hace unos meses, doblar tampoco. Todo lo que se necesita es un cubo de ropa extra. En uno lanzas la ropa sucia, cuando se llena lo metes todo en la lavadora-secadora. Una vez seco todo vuelve al cubo. Entonces voy cogiendo de ahí lo que necesito cada día y, cuando me lo saco va directamente al segundo cubo. Y así voy alternando lavadora a lavadora.

6. El ocio.

Muchos mis fines de semanas consisten en maratones de series y películas en el sofá. Ya de por sí no es un plan que implique demasiada actividad física pero siempre puede rizarse el rizo. Una de las ocasiones en las que m di cuenta de que mi pereza había tocado techo fue el día que me descargué una película en torrent a pesar de tenerla en DVD. Todo por no tener que levantarme y buscarla en la estantería. En días de resaca, incluso ver la tele puede hacerse una montaña. Recuerdo un día en particular en el que pasé una tarde entera viendo películas horribles en Divinity porque se habían acabado las pilas del mando y fui incapaz de levantarme a coger de nuevas a pesar de saber que tenía en el cajón.

7. Las relaciones sociales.

Los perezosos patológicos solemos ingeniárnoslas para aprovecharnos de los demás. A mi compañero de piso siempre le hago la misma jugada. A menudo le mando un WhatsApp desde mi habitación diciéndole que tiene que venir “a ver una cosa increíble”. Cuando entra en la habitación le pido que enchufe el cargador de mi portátil porque me estoy quedando sin batería. Es algo que ya hacía con mi hermano pequeño: llamaba al fijo de casa con mi móvil y cuando lo cogía le decía que si me traía una Coca-Cola a la habitación le iba a contar un secreto. Siempre picaba y le acaba contando cualquier chorrada que me inventaba en ese momento.

8. La autoestima.

Bill Gates dijo eso de que “siempre escogeré una persona perezosa para que haga un trabajo complicado, porque un perezoso encontrará una manera fácil de hacerlo”. Tiene parte de razón. Los perezosos solemos ingeniarnos toda tipo de estrategias para tener que invertir el mínimo de recursos posibles en cualquier cometido. Pero lo que sirve en el trabajo no tiene por qué servir en la vida. La pereza puede ser un placer. Pero, como ocurre con todos los placeres, su abuso conlleva consecuencias. Todos estos pequeños actos de pereza se han ido filtrado en mi vida hasta el punto de condicionarla. Casi siempre para peor. Soy un esclavo de la desidia y su látigo ha ido dejándome pequeñas heridas en mi autoestima. Y este texto ha sido una manera de empezar a purgarlas.

Cuando la pereza se convierte en una forma de vida, la autoestima se enfila al precipicio.

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