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Historias

Internet ha matado al macho

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Internet y el porno están recableando el cerebro, según este psicólogo

Luis M. Rodríguez

15 Mayo 2015 11:01

En 1971, el psicólogo Philip Zimbardo logró reputación mundial gracias a su experimento de la prisión de Standford. La idea era probar cómo la jerarquía y la influencia de un ambiente extremo pueden convertir a cualquier hombre razonable en un monstruo sin moral ni juicio. Funcionó. De hecho, el experimento tuvo que ser cancelado después de seis días para que no terminara en desastre.

Ahora, Zimbardo ha identificado una nueva amenaza para el "orden natural" del mundo: internet y su efecto sobre el hombre. ¿Déjà vu?

Según el investigador, los nuevos hábitos asociados a la vida en red están convirtiendo a los jóvenes en unos seres flojos, timoratos, encogidos.

Él mira a la chavalería y sólo ve hombres pusilánimes que prefieren pasar las horas solos, pegados a la pantalla, antes que salir a la calle a enfrentarse a las exigencias de "la vida real".

Y Zimbardo se pregunta: ¿dónde ha quedado el hombre tal como lo conocíamos? ¿Está acabando la tecnología con la masculinidad?

A su juicio, la respuesta a esa segunda pregunta es un sonoro sí.

La vida en red está convirtiendo a los jóvenes en seres flojos, timoratos, encogidos

Es una idea que viene lanzando desde hace algunos años. En 2011, Zimbardo ya ofreció una charla TED sobre el tema. Aquello se transformó luego en e-book con la ayuda de Nikita Coulombe. Ahora el investigador insiste con un libro, Man (Dis)connected, en el que profundiza en una tesis que queda bien resumida en el subtítulo de la obra: cómo la tecnología ha saboteado lo que venía significando ser un hombre.

Y ahí, en la atribución de significaciones, está el problema.

El hombre como 'loser'



Man (Dis)connected parte de una idea central: los hombres estamos en crisis.

Eso es algo que casi nadie discute. Cada vez nos mostramos más inseguros, más estresados, más inestables en lo emocional y más débiles en lo físico. Pero la preocupación de Zimbardo no está tanto en los problemas del hombre adulto, como en el joven que viene.

Su mirada va de arriba a abajo. El pasado y sus modelos no se cuestionan. El foco se pone en las nuevas generaciones, y estas no salen bien paradas.

El hombre joven, nos dice, está fallando como nunca antes. ¿Pero fallando en qué? ¿En ser el sexo dominante?

Es cierto que existen estudios recientes que muestran que, en general, los chicos se están quedando por detrás de ellas en términos de rendimiento académico. Zimbardo ve también carencias claras en ámbitos como las competencias sociales o la sexualidad. El hombre joven, nos dice, está fallando como nunca antes. ¿Pero fallando en qué? ¿En convertirse en una persona de provecho? ¿En preservar el statu quo? ¿En ser el sexo dominante?

En el libro, el autor explora las causas de lo que Hanna Rosin llamó, mucho antes que él, el final del hombre. Si Rosin hablaba desde el feminismo, Zimbardo lo hace desde una perspectiva que podríamos identificar con una forma de masculinismo mitopoiético.

Y es que, más allá de la preocupación por las dificultades emocionales y sociales que puedan experimentar los jóvenes que han alimentado su estudio, en el fondo el desasosiego parece venir de la idea de que se estén ignorando las bases de la construcción masculina de la identidad.

El mensaje último parece ser ese: cómo recuperar la "esencia masculina", la masculinidad social tradicional, la que va de John Wayne a Han Solo. Aquello sí eran hombres, parece querer decirnos Zimbardo. Y el mundo necesita hombres como los de antes. ¿O quizás todo lo contrario?

Para lo que no tiene tiempo el libro es para preguntarse por el papel de la mujer en aquel mundo dominado por la virilidad exaltada.

Porque, ¿cómo se trataba a las mujeres entonces?

El hombre acorralado




Zimbardo es de los que cree que los viejos tiempos eran mejores. Aquellos días "cuando los adolescentes se juntaban para hacer deporte, para montar sus bicis, conducir sin rumbo fijo o jugar a las cartas", escribe. "Cuando bebían y fumaban y casi morían correteando por ahí con armas de aire comprimido y construyendo balsas para bajar por los ríos".

Frente a eso, los chicos de hoy prefieren la media luz de sus habitaciones mal ventiladas, el contacto impersonal a través de la red a la interacción de tú a tú, el sexo onanista antes que las relaciones personales: "Odio los aspectos tediosos de tener que hacer el esfuerzo de gustar al sexo opuesto. Es caro, confuso y rara vez tienes éxito", comenta uno de los participantes en la encuesta de la que se nutre el libro.

Si el mundo está siendo injusto con el hombre, ¿cómo va a sentirse el hombre seguro de sus capacidades?

Estamos creando jóvenes que "se retiran al ciberespacio, buscando la seguridad y la validación que no consiguen encontrar en ningún otro sitio", afirma el psicólogo. "Están aburridos en las escuelas, no tienen habilidades para formar relaciones románticas, se sienten con derecho a que otros les hagan las cosas y buscan evitar una vida adulta de deudas, trabajos que no llenan y otras responsabilidades fastidiosas".

En busca de síntomas y causas, Zimbardo nos habla de la falta de figuras paternales y del flaco favor de las drogas de prescripción médica, de toxinas ambientales y realidades económicas, de escuelas que no funcionan, de legislaciones que favorecen a la mujer y de medios de comunicación que ejercen una influencia nociva con sus representaciones del universo masculino.

En cierto modo, el psicólogo dibuja un escenario en el que parece que existiera un ataque social orquestado contra los hombres.

En las escuelas y en los medios, los comportamientos masculinos habrían sido demonizados. Y si el mundo está siendo injusto con el hombre, ¿cómo va a sentirse el hombre seguro de sus capacidades?

La culpa es de las pajas



Con todo, las críticas más intensas de Man (Dis)connected van para el porno online y los videojuegos, actividades solitarias que atrofian el normal desarrollo social de los jóvenes, que los secuestran en mundos reservados, más excitantes, pero también menos desafiantes que el mundo real.

Es algo que ya hemos oído antes. Zimbardo coincide con científicos como William M. Struthers a la hora de afirmar que el porno está recableando el cerebro masculino de la misma manera que hacen otras adicciones. Nuestro hombre se atreve incluso a hablar de un aumento de la disfunción eréctil y la impotencia a resultas de ese gran vergel de materia concupiscente que es internet. Y eso es científicamente cuestionable.

El mensaje último parece ser ese: cómo recuperar la "esencia masculina". La masculinidad social tradicional. La masculinidad androcentrista de antaño

Ahí está otro de los problemas de Man (Dis)connected: el estudio del que se nutre no parece dirigido a arrojar luz sobre la realidad de la juventud actual, sino más bien a probar una tesis negociada de antemano.

"No tienes que mirar lejos para ver de qué estamos hablando: todo el mundo conoce a algún hombre joven que está en aprietos", escribe Zimbardo en la introducción del libro.

Seguro.

Pero, de nuevo: ¿qué pasa con las mujeres jóvenes? ¿No se refugian ellas en el mundo online? ¿Es tan distinta su vida de la de los varones?

¿No tendría más sentido hablar de cómo afecta la vida en red a la juventud, sin convertirlo en una cuestión de género?

Quizás, el nuevo rito de paso para el hombre (y la mujer) joven de hoy pasé por demostrar que es capaz de desconectar de sus mundos virtuales a la hora de adentrarse en la vida adulta. Lo que no parece tener sentido es querer defender la necesidad de recuperar la masculinidad hegemónica en un mundo en el que cada vez más gente apuesta por la sexualidad y las identidades fluidas.

La solución a la apatía, a la falta de motivación, de foco, carisma o deseo de socialización no puede ser la vuelta a prácticas sociales que parecen superadas.

La masculinidad también es un concepto fluido. Como la energía, no se pierde, sólo se transforma.



La virilidad es un mito terrorista. Una presión social que obliga a los hombres a dar prueba sin cesar de una masculinidad de la que nunca pueden estar seguros (Falconnet y Lefaucheur, 1975)

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