Historias

El club de las madres desaparecidas: ¿por qué Disney mata a las mamás?

En Disney sólo 1 de cada 10 protagonistas tiene madre; sin embargo, esta tendencia llega a otras series y películas. ¿De dónde viene esta obsesión por destruir a la figura materna?

«¿Te imaginas que te mueres y entonces papá y yo nos tenemos que mudar a una casa abandonada llena de fantasmas?»

A los siete años hice esa pregunta a mi madre. Tenía la esperanza de que ella me respondiera algo emocionante y divertido sobre lo bien que me lo pasaría con Cásper y sus amigos si eso llegaba a ocurrir alguna vez. Pero ni su rostro parecía feliz, ni mi pregunta se basaba en pensamientos conscientes. ¿Puede un niño de siete años imaginar lo que es la muerte? ¿Puede un niño de esa edad pensar que la desaparición de un familiar podría llegar a tener algo de mágico? Eso era, al menos, lo que la televisión y el cine nos inculcaban. Como en aquella película en la que Christina Ricci se enamoraba de un espíritu cabezudo, en nuestra imaginación la orfandad sólo era sinónimo de innumerables aventuras e historias de amor demasiado cursis.

Asesinadas, enfermas, tragadas por un monstruo de dos cabezas, perdidas en las profundidades del mar, violadas por delincuentes, torturadas, víctimas de accidentes de todo tipo e incluso desaparecidas sin explicación posible. No hay sitio para las mamás en los cuentos de hadas, y parece condición indispensable para las princesas de Disney que crezcan entre la testosterona triste de sus padres y las garras crueles de las madrastras. Si todos detestamos al cazador que disparó a la madre de Bambi, si a todos nos dan miedo las feas barracudas después de que una de ellas se zampara a la madre de Nemo, ¿por qué seguimos empeñados en crear historias de ficción con la figura materna ausente?

Esa es la pregunta que se hace precisamente la periodista Sarah Boxer en su ensayo Why Are All the Cartoon Mothers Dead? publicado este mes en The Atlantic. En él enumera con detalle algunas de las historias más icónicas que incurren en la trama de la madre muerta, y se remonta a las primeras versiones de la Cenicienta, la Sirenita o incluso a la ciencia ficción de La Guerra de las Galaxias, en donde Luke y Leia también crecieron huérfanos. Boxer asegura que muchos escritores y psicólogos han tratado de estudiar este fenómeno narrativo, y casi siempre han encontrado las mismas respuestas al dilema: al final, la trama de la madre muerta sería sólo una fórmula que ayuda a dar más carácter y mayor personalidad a los protagonistas, así como a hacerlos más valientes.

Pero esta dimensión sentimental no convence del todo a Sarah Boxer, quien prefiere destacar las implicaciones políticas y sociales de la manida trama. En un mundo en el que la figura paterna siempre se ha representado fuera del hogar y ajena a la crianza y la educación del niño, ¿son quizá estas películas las que, a fuerza de eliminar a la madre, recrean e incluso inventan una figura nueva, molona y absolutamente heroica del padre? Porque puede que ellos nunca estuvieran en casa, pero en la televisión sus voces grave y sus manos calientes siempre fueron nuestras salvadoras.

«¿Te imaginas que te mueres y entonces papá y yo nos tenemos que mudar a una casa abandonada llena de fantasmas?»

A los siete años lancé esta pregunta al aire, como quizá lo hicimos todos nosotros al imaginarnos en viajes larguísimos con nuestros padres viudos, inventando cachivaches como Bella y Maurice o incluso bailando entre marionetas como Pinocho y Gepetto. Perder a una madre era algo aparentemente normal. Un trámite más en la vida que asumiríamos sin problemas porque nuestros ídolos de ficción ya lo habían hecho.

Nada más lejos de la realidad. En todas estas historias se pasa de puntillas por encima de sus tumbas, apenas hay detalle de sus nombres, y ni siquiera escuchamos a los personajes lamentarse por sus ausencias. Como quien priva a sus hijos de ver telediarios para ahorrar posibles pesadillas, los cuentos de hadas y los dibujos animados tienden a privar a los más pequeños ya no sólo de la maternidad, sino también de la comprensión de aquello que significa realmente marcharse.

Sarah Boxer lo dice en su ensayo: «Con la animación se pueden anular las leyes de la física y de la sociedad… Sin embargo seguimos empeñados en mostrar el mundo de siempre. Un mundo sin madresAsí que en adelante redirijamos la imaginación, hagamos uso de las varitas mágicas de la fantasía y devolvámosles la vida. Esa también sería una gran historia.

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