PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Historias

Nuestra lujuria está siendo manipulada

H

 

O cómo la viagra para todos está diseñando nuestra sexualidad

Alba Muñoz

22 Diciembre 2015 22:13

Ilustración de Polly Nor

Si la potencia sexual es síntoma de juventud, autoestima y felicidad, entonces la aparición de la Viagra es un acontecimiento que cambió para siempre buena parte de la humanidad. Desde 1998 esta pastillita azul permite a los hombres vencer la disfunción eréctil. O al menos lo promete.

La farmacéutica Pfizer inventó el sexo eterno a sabiendas de que iba a transformar la sexualidad masculina. Lo que no podían prever es que este medicamento provocador de erecciones iba a transformar también la sexualidad femenina.



Así lo cuenta Marta I. González García en su ensayo La Medicalización del Sexo (Catarata, 2015), una investigación y reflexión acerca de cómo el placer sexual de hombres y mujeres esconde hoy en día un sinfín de trampas, manipulación industrial y procesos perversos que juegan con nuestra percepción y costumbres.




Todo empezó con la Viagra. Su altísima tasa de éxito inicial pareció borrar para siempre los problemas sexuales masculinos derivados de la edad, la enfermedad u otras circunstancias.

Pero aquel medicamento "milagroso" pensado inicialmente para las dolencias del corazón trajo también algunos cambios culturales. Apareció el concepto de vejez saludable o activa, la idea de que hacerse mayor significa empezar a luchar contra las leyes de la biología.



Pero hubo otro efecto colateral del que apenas se habla: los estándares de la "buena erección" aumentaron para los hombres, o lo que es lo mismo: si la erección de un sujeto mejoraba después de ingerir Viagra, se tendió a pensar que sufría impotencia o algún grado de disfunción eréctil.

Es más, lo que hasta ese momento se había considerado una consecuencia normal de la vejez ahora era una nueva enfermedad.


Mentes rebeldes, cuerpos rebeldes

El éxito de Viagra hizo que Pfizer empezara a buscar un equivalente para mujeres.

La multinacional quiso probar la misma fórmula, la concentración de sangre en los genitales femeninos, pero se encontró con un grave problema: la excitación sexual de las mujeres no se podía evaluar objetivamente, no había protuberancias evidentes bajo su ropa interior.

Incluso para ellas resultaba difícil percibir su propia excitación. De pronto, la búsqueda de una pastilla femenina llegó para ayudarnos a conocer mejor cómo las mujeres viven el sexo: para ellas parecía tratarse más de una experiencia subjetiva, mental, que física.

Ante tantas "complicaciones", Pfizer renunció a su sueño comercial y la "viagra rosa" sumó su primer fracaso. 

Pero la "imaginación farmacéutica" —una expresión acuñada en 2009 por la socióloga Barbara L. Marshall— se puso manos a la obra. Había que promocionar una nueva enfermedad, la disfunción sexual femenina, para asociarla a un medicamento con altas probabilidades de éxito comercial.

Empezó a crearse un clima social en Estados Unidos. Las revistas hablaban de problemas sexuales femeninos, abrían clínicas y se publicaban libros. Los medios de comunicación repitieron hasta la saciedad una cifra falsa: el 43% de las mujeres de Norteamérica padecen algún problema sexual. De pronto una píldora mágica parecía muy necesaria.

A la caza del deseo femenino

El objetivo de la industria cambió: de pronto no interesaba la excitación, sino el deseo sexual femenino.

Otra gran farmacéutica, Procter & Gamble, apostó por las hormonas en el año 2000 y lanzó al mercado el parche de testosterona. Para respaldarlo, la industria inventó el síndrome de insuficiencia de andrógenos en las mujeres.

En seguida surgieron las reticencias de los médicos. Simplemente, no era posible determinar un nivel "normal" de testosterona en las mujeres, ya que varía con la edad, con la fase del ciclo e incluso la raza. El parche fue rechazado en Europa y Estados Unidos, y hoy en día solo se comercializa un producto similar en Australia.



Sin embargo, las hormonas seguían siendo las mejores candidatas a convertirse en la deseada "viagra femenina". De hecho, ya controlaban todas las facetas de la vida reproductiva y sexual de las mujeres, como la anticoncepción o la menopausia. 

Esta fase también se convirtió en patología gracias a la industria, y hoy en día las mujeres menopáusicas son tratadas con una terapia hormonal sustitutiva de estrógenos y progesterona que se vende como una forma de mantenerse eternamente femenina.

Lo más reciente es la terapia con testosterona para hombres, que promete hoy restaurar su "virilidad perdida".

Gana el antidepresivo

Ante el nuevo fracaso del síndrome de insuficiencia de andrógenos, la industria creyó hallar la respuesta definitiva: problema del deseo de las mujeres estaba causado por anormalidades de los neurotransmisores del cerebro. 

Así se llegó al famoso Flibanserin, un antidepresivo poco eficaz que eleva los niveles de dopamina y noraldrenalina responsables de la excitación sexual.

La FDA, la agencia que autoriza medicamentos en Estados Unidos, rechazó su comercialización en 2010 y en 2013. Sus razones fueron las escasa eficacia demostrada en ensayos clínicos y los graves efectos secundarios que presentaba.

La alemana Boehringer Ingelheim renunció a comercializarlo pero una empresa diminuta, Sprout Pharmaceutics, luchó para obtener la patente y conseguir su aprobación en Estados Unidos en julio de 2015.




Pero, ¿cómo lo consiguió? ¿Cómo un medicamento que actúa sobre el cerebro, pensado para ser prescrito diariamente a miles de mujeres premenopáusicas, fue aprobado como respuesta a un trastorno tan vago como el trastorno de deseo hipoactivo, eliminado desde hacía una década de los manuales de psiquiatría?

Tal y como cuenta Marta I. González García, Sprout se construyó una imagen de "empresa rosa" y orquestó una perversa campaña para conseguir apoyo social. La idea era que si la FDA no aprobaba el Flibanserin, estaba actuando de forma discriminatoria con las mujeres. ¿Por qué viagra para ellos sí y para ellas no?



La campaña Even The Score ('igualemos el marcador') utilizó hashtags como #WomenDeserve ('las mujeres lo merecen') y los medios empezaron a hacerse eco.

La empresa utilizó las herramientas del activismo moderno y del discurso feminista para lanzar un mensaje disfrazado de igualdad entre sexos y favorecer sus intereses comerciales en contra de la salud de las mujeres.

Desde el pasado octubre, Addyi (el nombre comercial de la llamada 'viagra rosa'), se vende en Estados Unidos.

La manipulación de la lujuria

El ensayo de Marta I. González García recoge distintos argumentos que demuestran que la industria farmacéutica está manipulando el deseo sexual de hombres y mujeres.

Para empezar, la primera viagra femenina de la historia presenta la disfunción sexual femenina, la falta de deseo, como un problema médico. Sin embargo la realidad es que en la mayoría de casos esas dificultades están relacionados con un problema de pareja. "Más que falta de deseo, es falta de deseo por el compañero".



Eso convierte a las mujeres en únicas culpables de luna vida sexual insatisfactoria en la pareja. Ellas son las "enfermas".

En realidad, la disfunción sexual femenina es un problema causado por múltiples factores individuales, sociales, culturales, de pareja y médicos. Y parece ser muy distinta a los problemas sexuales masculinos, que a priori sólo tienen que ver con la erección.



Este es uno de los puntos más interesantes del ensayo de González García: así como la búsqueda desesperada y fracasada de las farmacéuticas por dar con un medicamento para mujeres ha generado mucha investigación sobre la sexualidad femenina, el éxito de la Viagra ha detenido en seco la investigación sobre los hombres. Como si ellos no tuvieran problemas de deseo vinculados a sus circunstancias y entorno.

De la lectura de este ensayo se desprende también otra idea preocupante: las hormonas anticonceptivas fueron una revolución porque separaron la reproducción del placer, pero los nuevos medicamentos sexuales van en busca de la ultrafeminidad y la hipermasculinidad, es decir, de la lucha química contra nuestra propia naturaleza y la no aceptación de la vejez. 

Más que revolución sexual, nos encaminamos hacia la preocupación sexual. Y el mercado es aquí el gran seductor.



share