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Historias

Follar por aburrimiento y luego por inercia, así es la vida en el extrarradio

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En Follar, una empinada cuesta conduce al extrarradio profundo. Un agujero en el que las plazas humean maría, los bares tienen cerrojo y la búsqueda de un poco de calor humano se entremezcla con la agresión sexual

Lucía Clementine

18 Abril 2016 16:45

Imagenes: L.E. Gav Thorpe

Vivir a los pies de la montaña, en la periferia de la ciudad, era bonito en teoría. Había días en los que perdía la cuenta de las veces que tenía que bajar para, ?nalmente, subir la cuesta empinada de camino a casa. Hace pocos años esta zona eran solo descampados, por lo que el sistema de transporte público aún no llegaba a las zonas más altas del barrio y la única opción era hacer piernas.

De pequeña, mi madre siempre me repetía que los taxistas se negaban a acercarse a este barrio. Y hacían bien, ya que si conseguían vencer las carreteras mal asfaltadas, posiblemente se encontrarían con que al llegar al destino, habría un grupo de cinco hombres con navajas esperando que vaciara la recaudación de todo el día.

"Si habías nacido aquí, nunca conseguirías macharte"

Pero era natural, aunque hubiese pobreza y mucha necesidad, no como en la ciudad, donde la gente parecía estar siempre de paso, sin ningún vínculo ni con el suelo ni con la gente que se cruzaba con ellos.

Si habías nacido aquí, nunca conseguirías marcharte. Y si tenías la suerte de que las cosas te fueran bien, al ?nal te quedarías porque no había ningún otro lugar que se pareciese a esto. Sencillamente no sabrías vivir de otra forma.

Darío era un claro ejemplo de la persona en la que te convertías si te quedabas anclado en la zona. Tenía treinta y cuatro años, llevaba varios sin conseguir un trabajo y vivía en casa de sus padres. Se pasaba el día fumando maría en la plaza y tampoco le hacía ascos a cualquier cosa a la que le invitasen.



Se empezó a acercar a mi enseñándome el libro que se estuviese leyendo en ese momento. Él intentaba tener algo en la cabeza, pero eso ya no dependía de él, si no de las pocas neuronas que tenía y que hacían un sobreesfuerzo para crear y transportar nueva información. Tenía algo que era entrañable, pero me molestaba mucho la lentitud con la que arrastraba las frases y luego las dejaba en el aire, sin acabar, mientras te miraba ?jamente con cara de póker.

La primera vez que nos enrollamos fue porque estaba sola y aburrida y las siguientes vinieron a causa de la inercia. No me gustaba. Era como una enorme bola de masa que se abalanzaba sobre mí y ponía el piloto automático. Además, estaba obsesionado con el sexo oral y siempre quería más y más y más. Luego todo terminaba y me llenaba la habitación de un humo que me mareaba de forma horrible, porque los porros que se liaba no llevaban ni una hebra de tabaco.

"La primera vez nos enrollamos porque estaba sola y aburrida y las siguientes vinieron por inercia"

Ya me había cansado de estar con él cuando una noche apareció por mi casa con el pretexto de recoger algunas de sus cosas.

Estaba estirada de forma cruzada sobre la cama tapada con el edredón y el se tumbó a mi lado diciendo que tenía sueño. Su mano agarró mi hombro izquierdo y comenzó a masajeármelo. Cogió mi camiseta e intentó deshacerse de ella. Le pregunté qué estaba haciendo.

Quítatela y te hago un masaje como Dios manda.

—No.

—¿Por qué? —dijo echándome aliento caliente en la nuca.

No pienso acostarme contigo.

—No es por eso, tía. Solo quiero que te sientas bien. Me gusta hacer masajes.

—¿De verdad?

—Pues claro. Déjate cuidar ¿no?

Me quité sola la camiseta de algodón y me recosté boca abajo. Él se sentó sobre mí y empezó. Cerré los ojos cuando comencé a relajarme. Entreabrí la boca. Darío apretaba mis omóplatos y recorría mi columna vertebral de arriba a abajo. Llegó hasta al cuello y volvió a hacer el recorrido a la inversa con las yemas de sus dedos. Respiré tranquila.

Entonces, agarró mi pantalón y mis bragas y los echó hacia abajo dejando más de la mitad de mi culo al aire.

—Mierda, para —le dije apartándole.

Te juro que no voy a hacer nada.


"Me dije: Luci, hay que confiar en la gente"


Siguió masajeando mis nalgas. Le dejé hacerlo pensando en que, en cuanto descubriera mi raja del culo peluda, se le quitarían las ganas de intentar cualquier cosa conmigo, por un tiempo. Además, lo había jurado. Me dije: “Luci, hay que con?ar en la gente.” Cerré los ojos y volví a entreabrir la boca. Respiré tranquila.

Pasó el dedo indice por mi raja peluda y llegó hasta la entrada de mi coño.

—¡Me cago en todo, joder!

—Con una mamada me conformo, venga, hazme una chupadita. —dijo.

—Que no.

—Ya no me quieres como antes. ¿He dejado de ponerte cachonda?

—Estoy cansada, no me vengas con estas ahora. Me puse la ropa que había ido perdiendo hasta ese punto y me tapé con el edredón hasta la cabeza.

—Adiós, vete.



Se tumbó y volví a notar su mierdoso aliento caliente en la nuca.

—Me voy a quedar un rato para darte mimos. Los necesitas. Hasta que te quedes dormida. Entonces me iré.

—Mira, haz lo que te dé la gana, pero déjame en paz.

Tenía tanto sueño que dejé de pensar y me centré en dormir. Al poco tiempo, todo mi cuerpo se relajó y empezaron a llegar a mi mente imágenes aleatorias y sin sentido, lo que significaba que, en un par de minutos, mi cerebro se habría desconectado por completo.

—¿Luci?

—¿Luci? —Insistió.

Me tocó el culo intentando no despertarme. Me pregunté si de verdad creía que no me estaba enterando. Se agarró la polla y se la sacudió mientras con la otra mano buscaba mi coño. Quería saber hasta donde era capaz de llegar cuando se suponía que yo estaba inconsciente, así que no le dije nada.


"Quería saber hasta donde era capaz de llegar cuando se suponía que yo estaba inconsciente y no dije nada"


Empezó a gemir. Se la estaba machacando más rápido y me pasó la lengua por la espalda. Este es el tío con el que has estado follando los últimos meses, felicidades, me dije. Se apretó contra mí y noté como me llenaba el culo de leche caliente y espesa.

—Buah, buah. Cojonudo. —Se dijo a sí mismo.

Le escuché dirigirse al baño y limpiarse con papel. Luego sus pasos volviendo al dormitorio. Se paró frente la estantería de libros. Eso ya sí que no. Podía magrearme lo que quisiera mientras se fuese rápido, pero no iba a llevarse uno de mis libros. Bostecé y simulé que me despertaba.

Se abalanzó sobre mí haciendo ver que me daba un abrazo, pero lo que hacía realmente era limpiarme la corrida con el edredón para que no me diese cuenta.



—¿Puedo llevarme este? —dijo enseñándome la edición de El lobo estepario que perteneció a mi abuela y que se caía a pedazos.

—NO. —Te lo devuelvo pronto.

—NI DE COÑA. Me dio un beso en la frente y se marchó. No me había hecho ni puto caso.

Algún día, me dije, tienes que dejar de meter en casa a cualquiera. Me dormí y, joder, qué bien me sentó. Al día siguiente, mientras iba de camino al trabajo, bajando la calle Alcántara, escuché un grito. Un hombre en la acera de enfrente estaba escalando la cuesta, y digo escalando porque prácticamente tocaba con la barbilla el suelo. Jadeaba y se secaba el sudor de la frente mientras repetía una y otra vez :

—¡¿ES QUE ESTA JODIDA CUESTA ARRIBA NO SE VA A ACABAR NUNCA?!


Lo que acabas de leer es un capítulo adelanto de 'Follar' (Libros en su tinta), la primera novela de Lucía Domínguez (Barcelona, 1991). Ya a la venta en librerías.

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