Historias

El macabro asesinato que fascinó a los intelectuales de izquierdas

Las hermanas Papin asesinaron y sacaron los ojos a su patrona y a la hija de esta

1. SANGRE, DIENTES, HUESOS Y OJOS

La policía y René Lancelin debieron perder también la razón aquel 2 de febrero de 1933 en Le Mans. A sus pies tenían una carnicería. En el suelo de la entrada de su propia casa, yacían la señora Lancelin y su hija en mitad de un charco de sangre por el que flotaban dientes, huesos y ojos.

La casa estaba cerrada con llave desde dentro y a oscuras, a excepción de una luz procedente del cuarto de las criadas. Allí tumbadas, desnudas y abrazadas, esperaban las hermanas Christine y Léa Papin.  

Con total tranquilidad se confesaron autoras del doble crimen. Pero, ¿qué había pasado y qué había llevado a dos jóvenes de menos de 30 años que llevaban ya 7 sirviendo en casa de los Lancelin a cometer tal acto?

2. NO ME ARREPIENTO. NO TOLERÉ AQUEL GESTO

La declaración de Christine puso los pelos de punta a toda Francia. Tras una disputa sobre el estado de la plancha, "la señora intentó atacarme y yo le salté a la cara y le saqué los ojos con mis dedos. Mejor dicho, yo ataqué a la señorita Geneviève, fue a ella a quien arranqué los ojos. Léa le arrancó los ojos a la señora", reconoció la criada de mayor edad.

"Bajé a la cocina y cogí un martillo y un cuchillo. También empleamos una mano de almirez. Mi hermana y yo intercambiamos varias veces los instrumentos. No me arrepiento de nada, o no sé si me arrepiento. Prefiero haberlas matado antes de que ellas nos mataran a nosotras. No odiaba a la señora pero no toleré el gesto que tuvo conmigo".

No había razón aparente, si no para el crimen en si mismo, sí para la crueldad desplegada. "Hace demasiado tiempo que somos criadas. Teníamos que demostrar nuestra fuerza. Eso es todo", añadió Christine.

La opinión pública asistió al juicio entre horrorizada y fascinada al juicio. Los informes médicos hablaban de la dominación de Christine sobre su hermana menor, de unas capacidades intelectuales inferiores a aquella.

El veredicto fue claro: culpables. Christine, condenada a muerte y Léa a diez años.

3. HEROÍNAS SURREALISTAS

El caso dividió a Francia. Unos reclamaban venganza, pero para parte de la izquierda, incluyendo el periódico comunista L'Humanité, se trataba de un crimen inscrito en la lucha de clases. Ambas posiciones coincidían en ver a las Papin como animales, bestias en un caso, víctimas deshumanizadas por sus explotadores en otro.

Lo sucedido no se podía esconder bajo un simple mordieron la mano que les dio de comer. El Derecho tenía culpables, pero no causas.

Se conocieron más detalles sobre la vida de las Papin. Asomaron precedentes de enfermedad mental en la familia, incluso la violación del padre sobre otra hermana, Emilia. Se discutió acerca de la repentina ruptura de las hermanas con la madre, de caracter controlador. Christine y Léa pasaban todo su tiempo —de trabajo y libre— juntas y los peritos llegaron a considerar la virginidad de ambas.

El caso enfervoreció a existencialistas como Sartre y Beauvoir y a surrealistas como Paul Eluard, Man Ray o Benjamin Péret, para quien las Papin eran poco menos que heroínas surgidas de un poema de Lautréamont. El caso también capturó a Jean Genet, quien lo usó para su obra teatral Las criadas.

Todos se sentían fascinados por aquel crimen con mutilación ocular.

4. MATAR A LA MIRADA QUE TE MATA

Fue el psiquiatra Jacques Lacan quien se sumergió en conceptos freudianos en busca de respuestas para el crimen. Lacan es el inventor del estadio del espejo, la fase en la que un niño de meses se reconoce visualmente en el espejo. El francés defendía que esa era la fundación de la identidad, del yo.

Para Lacan, las homicidas se habrían visto a sí mismas en la mirada de las víctimas, cuyos ojos les habrían devuelto a las hermanas su propia y miserable imagen. Las Papin estaban en cierta manera matándose a sí mismas. Mataban al amo no tanto para convertirse en él, sino porque en sus ojos veían reflejado lo que odiaban: al sirviente. A sí mismas.

El caracter benévolo de la señora Lancelin, a quien las Papin ni siquiera podían detestar sin culpabilidad, actuó como engrasante paradójico del odio.

Christine hacía en cierta manera de madre de su hermana Léa y la mirada que la señora lanzó a Lancelin en la discusión se tradujo en la mente de Christine como una crítica a su buen hacer que invalidaba su rol de autoridad con Léa. Su fantasía estaba así rota en pedazos. Aquel fue el detonante, el cortocircuito, la crisis que sacó a la luz unas pulsiones que acabaron en doble crimen.

Christine "tuvo" que matar a la mirada que la "mataba".

La homosexualidad reprimida de ambas también captó la atención de Lacan, para quien el posible incesto entre hermanas era una ruptura de códigos del rol de la mujer, que finalmente incluyó un autocastigo de género.

La orgía de sangre devolvió momentáneamente la paz a las Papin, que según los forenses trataron a los cuerpos inertes con el mismo procedimiento que a un conejo antes de ser cocinado.

Lacan habla, en definitiva, de un crimen motivado por una psicosis paranoide contagiada de Christine a Léa mediante una folie à deux.

5. EN UNA VIDA FUTURA

Las homicidas habían reducido sus vidas a su claustrofóbica relación. Tras el veredicto del juicio, iban a seguir aisladas del mundo, pero esta vez separadas.

Christine no pudo soportarlo.

Le perdonaron la vida a cambio de cadena perpetua. Recluída en su celda, sufrió alucinaciones. Trató de arrancarse los ojos. "En una vida futura seré el marido de mi hermana", decía sobre Léa.

Rechazó la comida. Decía que ya no servía para nada. Dejó de hablar. De moverse. Se dejó morir.

Era 1937 y lo sucedido viviría en la mente de Léa 45 años más. Quizá la mirada de la señora Lancelin sí había "matado" a su hermana.

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