Historias

Me llaman bruja, y no pararán hasta que arda

El caso estremecedor de una mujer acusada de brujería

Todo el pueblo oyó los gritos. Salimos de nuestras casas y tratamos de ver a través de la noche. Venían del bosque, parecía un niño. De pronto, oímos los gruñidos de un animal y aquella voz aguda calló para siempre.

Los hombres corrieron a por antorchas y las mujeres se arremolinaron. Sada, mi vecina, me miró por un instante, pero no me invitó a acercarme al grupo. Después todos se marcharon a buscar al niño. El pueblo quedó vacío, sólo en mi casa había luz.

Una hora después, los hombres volvieron cantando con el cadáver de un niño en brazos. Era Jai, de seis años; había sido atacado por un perro salvaje.

Abrí la puerta y la comitiva pasó por delante de mi puerta. Las mujeres iban detrás consolando a la madre, todas lloraban. Sada volvió a mirarme: esta vez vi ira en sus ojos llenos de arrugas.

Aquella noche no podía dormir. Sentía que tras las paredes de mi casa, un secreto crecía, y versaba sobre mí.

Decidí hervir un cuenco de hierbas para que el olor me relajase y miré por la ventana. Las vacas estaban lejos, lo más lejos posible de la casa, en el otro extremo de la cerca. ¿Qué es lo que pasa? ¿Es que también ellas saben eso que yo no sé?

Enviudé pronto. Desde que mis padres murieron hace dos meses, en la finca sólo estamos yo y mi bebé. Todo ha cambió desde entonces: nadie me dirige la palabra, como si hubiera enfermado de algo infeccioso. “¡Sólo soy una mujer! ¿Qué es lo que les he hecho?”, grité sabiendo que nadie iba a responder.

Bruja

Dos noches después estaba tumbada en mi cama, insomne. Además del secreto, un presentimiento se había instalado en mi habitación, y cada vez me parecía más pequeña.

De pronto oí unos pasos en el exterior. Supe que venían a por mí. Alguien empezó a rajar la puerta de mi casa con grandes cuchillos, parecían machetes. Sombras aceleradas se movían tras los cortes en el metal.

“¡Bruja, debes morir!”, gritó un joven abriéndose paso. “¿Qué he hecho? ¡decidme!”, supliqué ante un grupo de siluetas a contraluz.

Entonces un hombre se acercó. Era el padre de Jai, el niño fallecido: “ El curandero nos dijo que tu espíritu entró en mi hijo. Tú le maldijiste para que aquella noche se aventurara en el bosque”.

“Habéis sido engañados, ¡solo soy una viuda!”, lloré. “¡Mirad! En este cuenco hay hierbas", dijo un hombre sosteniendo mi olla, y un machete, en cada brazo.

De lo que ocurrió después, sólo recuerdo que el padre de Jai se abalanzó sobre mi cuello con las manos mojadas. Se dice que debes lavarlas antes de tocar a un ser maldito. 

Cuando desperté, mi bebé lloraba. Yo yacía boca a bajo y los dientes me sabían a sangre. Rodé por mi cama y me di cuenta de que todo mi cuerpo estaba rajado: piernas, brazos, abdomen. No quería moverme, no quería tocarme la cara. Por cada uno de aquellos cortes, podía perder la poca sangre que me quedaba.

Tenía que huir de allí, y rápido.

Viva

Esta mujer se llama Mage Benge, y el año pasado consiguió sobrevivir a un intento de asesinato. Fue acusada de brujería, y está viva porque sus asaltantes la dieron por muerta.

Mage vive en un pequeño pueblo en el norte de Tanzania. En este país, de religión mayoritariamente cristiana, la práctica de la brujería ha crecido en los últimos años. Pero sobre todo, han crecido sus víctimas mortales, en su mayoría mujeres mayores que viven solas o personas albinas.

Ante tragedias y sucesos inexplicables, buena parte de la población acude a curanderos y brujas, que dicen tener poderes predictivos. Tan solo en 2013 hubo 765 crímenes asociados a la brujería. Según el Centro Legal de Derechos Humanos del país, las prácticas más comunes son quemar vivas a las víctimas, decapitarlas, desmembrarlas o matarlas a machetazos.

Sin embargo, no son las supersticiones las que suelen motivar muchas de las acusaciones contra mujeres solas como Mage: es la avaricia. Hay mucha gente interesada en quedarse con sus tierras y ganado, y suelen aliarse con curanderos para tramar un plan.

Según las leyes no escritas que gobiernan estos actos, el acusador tiene derecho a quedarse con las posesiones de la supuesta bruja. Y la muerte de ella está justificada.

Mujeres independientes o vulnerables: las brujas del siglo XXI siguen ardiendo por los motivos de siempre

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