Historias

Me dejasteis morir para que fuera vuestra sirena de cuento

Me llamo Ada, vivo en la isla italiana de Lampedusa y no espero que creas esta historia

No llegué a conocer a mi abuelo pero sé que era un hombre de mar. Lo suyo no era la pesca, ni los barcos, no era marinero y tampoco trabajaba en el puerto. Lo que hacía Valentín, así se llamaba, era apnea, un deporte que también se conoce como buceo libre y que juega con los límites del cuerpo humano.

Los fines de semana, Valentín se arremangaba la camisa y bajaba a la playa. Allí se quitaba la ropa, movía sus brazos en círculos y encogía el abdomen hasta que llegaba a medir tres dedos de grosor. Se ataba unos plomos en los tobillos y caminaba hacia el agua en un extraño estado de calma. Después desaparecía. Con una sola respiración era capaz de descender a 100 metros de profundidad.

“¿Allí abajo siempre es de noche, verdad?”. Puede que esta sea la pregunta que más veces le he hecho a mi abuela. Ella siempre respondía que sí. Valentín, eso pensaba yo, quería hacernos creer que quería estar solo, pero realidad se sumergía para encontrarse con seres secretos. Mi abuelo hacía apnea para hablar con sirenas y tritones.

Una sirena en la piscina municipal

El día en que todo empezó tenía 6 años y era verano. Estaba en mi lugar favorito haciendo lo que más amaba: en la piscina municipal del barrio, buceando. Imaginaba la voz de mi abuelo, me decía que yo era una sirena y que tenía que practicar, así que pegaba los brazos al cuerpo y movía las piernas como una serpentina.

Recuerdo que estaba cantando con la boca cerrada, haciendo vibrar mis entrañas mientras tocaba las teselas azules del fondo: “Mhhhmhmhmhhmmmhhh”. Me encantaba notar como la piel de los dedos se arrugaba, el picor del cloro. Eso significaba que me estaba acostumbrando a vivir bajo el agua, que cumplía lo que esperaba Valentín.

De repente, respiré bajo el agua. No puedo explicarlo con detalle, pero mi recuerdo es vívido. Estaba muy tranquila y algo me impulsó a inspirar por la nariz. En vez de tragar agua, una burbuja de aire se abrió en mis pulmones y volvió a llenarlos por un rato más.

Desde entonces, la gente se ríe de mí. No digo mis amigos, porque no tengo. Jamás ha vuelto a ocurrirme, pero aquel instante, en el fondo de una piscina municipal de barrio, marcó mi vida para siempre. Nadie me cree, y es probable que tampoco creas lo que sigue.

Algua salada en mis ojos

Desde que mi abuelo me abandonó en pleno aprendizaje submarino, he sentido que tenía una conversación pendiente con él. Por eso estudié buceo profesional y ahora trabajo reparando barcos. Mi día a día consiste en sumergirme en las aguas aceitosas de los amarres de Lampedusa: busco heridas en la quilla de los barcos y las sueldo.

Llevo bombonas de oxígeno y cobro suficiente dinero como para ser feliz, pero no lo consigo. Marco, mi compañero de turno, siempre me pregunta cuándo quitaré de mi taquilla la pegatina de Ariel, la sirenita de Disney, que tengo junto a una foto de Valentín. Cada día, como si no tuviera memoria, Marco me dice que me voy a hacer vieja bajo el neopreno. "¿Por qué no vas a trabajar con los cruceros, como hace todo el mundo?". Yo nunca le contesto, solo me sumerjo.

Ocurrió la semana pasada. Llovía, pero nos hicieron trabajar: la marejada había arrastrado basura hasta la costa y tuvimos que soldar entre plásticos que nos atrapaban. Cuando terminó el turno, Marco estaba furioso. Empezó a gritar en el vestuario: "¡En el mar todo está muerto, muerto, muerto!". De pronto corrió hacia mi taquilla, que estaba abierta. Cogió la fotografía de mi abuelo y la hizo pedazos: "¡También él está muerto! ¿Es que no lo ves?". No podía respirar.

Salí al exterior, no recuerdo lo que llevaba puesto. Las lágrimas me brotaban desde la asfixia y una acabó en mi boca. Noté el sabor a sal y supe donde tenía que ir. Como una aguja, me tiré al agua sucia, sentí el frío y empecé a nadar mar adentro. Pensé: "Si Valentín sigue ahí, volverá a darme aire. Si el mar está muerto, me dejará morir".

Hay alguien

Me detuve, la lluvia también. Las nubes huyeron y la luna empezó a amanecer. Era el momento: debía recordar las libretas de mi abuelo. Coger una gran bocanada, vaciar el abdomen y empezar a bajar. Mis oídos se taparon y poco a poco descendí hacia la noche.

Cuando el agua empezó a abrazarme fuerte, cada vez más gélida, paré. Oía mis pulsaciones, el ruido de la nada. Creo que estuve unos 40 segundos así. De pronto algo rozó mi mano y desperté, abrí los ojos, convulsioné. Las burbujas de mi reserva ascendieron por mi rostro. Iba a morir.

De repente noté que un ser huesudo cogía mi cabeza y me hacía el boca a boca. Cuando abrí los ojos, vi un muerto azul. Era joven, la piel oscura, llevaba un gorro de lana, una camisa manchada de sangre y un pantalón de chándal.

A un metro de distancia, me miró con los ojos tristes. Flotaba como si llevara mucho tiempo allí. Alargó la mano, estaba fría, la cogí y empezó a arrastrarme hacia lo profundo.

El cementerio

De pronto, el chico se detuvo. Se acercó y me besó de nuevo. Señaló una roca, nadé hacia ella, detrás había luz. Cuando me asomé, no podía creerlo. A otros 50 metros de profundidad había cientos, miles de figuras oscuras. Los puntos de luz se asemejaban a linternas, focos de obra, materiales fluorescentes.

Miré al chico y él movió los labios: "A-D-A". Volvió a cogerme de la mano y empezamos a descender.

Vi mujeres negras sosteniendo bebés azules, vi familias enteras sentadas entre algas, jóvenes con hiyab. Estaban delgados, muertos, pero parecían esperar algo, como en un andén, como un campo de refugiados. En una madera, había inscrito: "Mare nostrum". Había cruces, rosarios, banderas. 

El chico me mostró un pasaporte blando: Siria. Señaló un montículo y fuimos hasta él: eran restos de pasaportes de Níger, Libia, Mali, Gambia, Camerún, Guinea Conackry, Togo, Eritrea, había centenares. De pronto el chico  empezó a impulsarme hacia la superficie de una forma violenta, como si de repente no quisiera verme allí.

Cuando salí al exterior estaba sola, junto al muelle. Sentí el calor del aire, estaba tranquila, tranquila de nuevo.

Empezaba a amanecer y el agua seguía aceitosa. Miré hacia lo profundo y no vi nada. Entonces recordé: hacía más o menos un mes, 368 inmigrantes murieron ahogados frente a Lampedusa. Todas esas familias de ahí abajo, tenían que ser ellos.

Por lo menos 20.000 personas han muerto en aguas del Mediterráneo en las últimas dos décadas.

Pero no están muertos, quizá aún piensen en llegar a su destino. Quizá este mar no sea un cementerio, sino el hogar secreto de miles de sirenas y tritones que siguen esperando en lo profundo.

No espero que nadie crea esto.

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