Historias

El piano de gatos y otros instrumentos imposibles que deberían haberse construido

La historia de la música es también la historia de la música improbable: de la música de las esferas al orgasmatrón, muchos instrumentos se han imaginado pero jamás han existido

Las crónicas de la música excéntrica no tienen por qué llegar al siglo XX, con las invenciones de aquellos primeros trastos electrónicos primigenios de nombres sonorísimos -thelarmonium, theremin, ondes martenot, etc.-, para hablarnos de instrumentos raros. La música está llena de obras gigantescas y genios inmortales, pero también de maravillas técnicas, invenciones originales y sueños imposibles: hay una parte de la disciplina de la musicología que no es la música en sí, sino la música que jamás se ha podido escuchar porque jamás se ha podido construir un instrumento que la produzca. Los instrumentos imaginarios están en la mente del hombre desde la noche de los tiempos, y algunos son tan excéntricos y disparatados que sería bueno intentar hacernos con uno. Los hay imposibles, los hay improbables y los hay incluso crueles. He aquí un breve top 5 de músicas que jamás llegarán a nuestros oídos.

1. La música de las esferas. El primero en imaginarla fue Pitágoras, y desde el siglo IV a.c. y hasta hoy ha formado parte del inconsciente colectivo. La música de las esferas es la que, según Pitágoras -y no Mike Oldfield, que tituló así uno de sus discos más espantosos hace seis años-, harían las bóvedas celestes en su rotación, una música por tanto celestial, perfecta y eterna. La visión del universo para el hombre de la edad clásica, y hasta llegar a Copérnico, era una Tierra inmóvil y en el centro (y ojo, esférica: incluso Plinio el Viejo lo sabía, a diferencia de Tolomeo) envuelta en esferas que rotaban a su alrededor: el Sol, la Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno y la bóveda de las estrellas fijas, es decir, los siete cielos y el fondo del cielo, emitirían sonidos en su movimiento, acompasándose los unos a los otros. Para saber más sobre este tema, léase inmediatamente la antología de Joscelyn Godwin en Atalanta.

2. El arpa eólica. Los orígenes teóricos del arpa eólica -es decir, el arpa tocada por el viento; un dispositivo fijo de cuerdas que, al rilar la brisa, emitía sonidos encantadores- están en la antigüedad clásica. Era el equivalente al dios Eolo a la lira de Orfeo: un instrumento con poderes casi mágicos. Pero los griegos imaginaban su arpa a la altura de una divinidad, y sólo la concebían como cuerdas inmensas a la orilla de un mar enfurecido. Recogiendo esta idea, siglos después, el jesuíta Athanasius Kircher, eminente inventor de aparatos sorprendentes, construyó la primera arpa eólica real, una caja de resonancia con un número de cuerdas entre 12 y 15 especialmente preparada para sonar según soplara el viento. Durante el siglo XIX se hicieron populares y portátiles, pero rápidamente cayeron en desuso. El viento es un buen soplador, pero un mal armonizador.

3. El órgano de gatos. Otra invención de Athanasius Kircher, ésta imposible de realizar. Aunque las fuentes difieren: algunos textos le atribuyen el origen a Kircher, y otros simplemente la descripción de un ‘órgano de gatos’ -por aquella época aún no se había desarrollado el piano como tal- en el que diferentes felinos están encajonados en una especie de pequeño corral de madera y sus colas adheridas a una especie de martillos que, al golpear la tecla, causan daño al animal y éste emite un maullido. La presta digitación del músico, pues, conseguiría que se desplegara una sonata de gatos enfurecidos y a saber cómo sonaría aquello. Afortunadamente, el órgano de gatos sólo ha existido en ilustración, no hay constancia de que se haya construido nunca semejante aberración.

4. El clavicordio ocular. Lo propuso el matemático francés Louis Bertrand Castel en 1725, y posteriormente lo intentaría diseñar el ingeniero Johann Gottlob Krüger en 1743 a partir del armazón teórico de Castel, aunque no hay constancia de que existiera ni quiera un prototipo. El clavicordio ocular puede considerarse uno de los primeros ejercicios ambiciosos en sinestesia, pues no se trata de un instrumento de teclado tocado con la visya -eso sería demasiado avanzado para el siglo XVIII-, sino que a la vez que emite sonidos también propondría una representación visual en forma de luz y color de cada nota. Al tocar el teclado, se activarían luces que permitirían ‘observar’ la música. Demasiado, y demasiado pronto.

5. El orgasmatrón. Este trasto aparece en la película más kitsch de la ciencia-ficción, “Barbarella”, ese exceso dirigido por Roger Vadim en el que una imponente Jane Fonda va en busca del científico renegado Duran Duran mientras pisa planetas de hielo donde aún se practica el sexo a la antigua usanza, laberintos espantosos y ciudades dominadas por una reina malvada que se refugia en su cámara de sueños y tortura a sus súbditos con invenciones crueles. Pero de entre todos los cacharros de la película, el más peculiar es el Orgasmatrón de Duran Duran, una especie de órgano conectado a un cuerpo -en este caso el de Fonda- que aplica descargas de placer y provoca orgasmos intensos, con la idea de matar a la presa de placer. El problema para Duran Duran es que Barbarella es una mujer hecha para el sexo y resiste como una ninfómana, y el instrumento se destruye.

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