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Historias

La mujer que practicó 3.000 abortos para salvar otras tantas vidas

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En medio del horror de Auschwitz, una ginecóloga consiguió salvar la vida a miles de mujeres embarazadas condenadas a una muerte segura

Margaryta Yakovenko

15 Marzo 2016 19:57

Entre el horror del campo de concentración de Auschwitz, Gisella Perl se convirtió en un ángel que acabó salvando la vida de miles de mujeres. Aprovechó su posición para alejar a las más débiles de una muerte segura, pero su historia está bañada de un heroísmo trágico, doloroso. Un heroismo que dejó por el camino miles de pequeñas víctimas.

Si la comadrona polaca Stanislawa Leszczynska dio vida y esperanza a más de 3.000 bebés en el campo de exterminio nazi, Perl no tuvo otro remedio que practicar abortos a las futuras madres para salvarles la vida.

Detener la vida para salvaguardar la vida. Suena a paradoja, pero ya sabemos que dentro de aquellas alambradas, las razones y las causas y la lógica eran distintas a las que regían fuera de la Alemania nazi.


Perl no tuvo otro remedio que practicar abortos a las futuras madres para salvarles la vida


Perl, una ginecóloga húngara de familia judía, acabó en el campo de concentración de Auschwitz al igual que su marido, su hijo y sus padres. Era 1944 cuando llegaron. Ya en el campo, el sádico doctor Josef Mengele descubrió los conocimientos médicos de Perl y la obligó a trabajar para él.

Su trabajo consistiría en informar a Mengele de las mujeres embarazadas que se encontraban en el campo de concentración. A cambio, el médico le prometió que las mujeres embarazadas serían enviadas a otros lugares donde tuvieran un trato mejor y hasta acceso a alimentos como la leche.

Perl sospechó desde el principio de las intenciones de Mengele. La fama de los experimentos que el salvaje doctor practicaba había llegado a sus oídos.



El azar hizo que algunas mujeres oyeran la conversación mantenida entre Perl y Mengele y le confesaran al médico su estado. Todas sin excepción fueron enviadas a un edificio en el que Mengele realizaba sus experimentos, entre ellos la vivisección, la disección de una persona viva. Todas, sin excepción, murieron a manos del médico y su equipo después de que experimentaran con sus vidas como si de unas ratas de laboratorio se tratara.

A partir de aquel momento, Perl se prometió a sí misma que no dejaría que ninguna otra mujer muriera a manos del monstruoso médico. Para conseguirlo, no tuvo otro remedio que comenzar a practicar abortos a las mujeres, a escondidas de los nazis.


Los abortos fueron practicados en el sucio suelo de los barracones, sin instrumentos, sin medicamentos, sin anestesia


Los abortos fueron practicados en el sucio suelo de los barracones, sin instrumentos, sin medicamentos, sin anestesia. "Solo usé mis sucias manos", escribió años más tarde la propia ginecóloga.

Durante los abortos, Perl les contaba a las pacientes historias bonitas, de un mundo que nada tenía que ver con el que les había tocado vivir. Historias con un final feliz y un futuro luminoso en el que las mujeres podrían volver a dar a luz libremente.



Durante su estancia en Auschwitz, se cree que Perl acabó con la vida de más de 3.000 fetos. A algunas mujeres se les practicaban los abortos en las primeras semanas. Otras tuvieron que ser intervenidas cuando el feto ya estaba prácticamente desarrollado.

"Rompía la bolsa amniótica, dilataba el cérvix y sacaba al bebé que moría casi instantáneamente", relató Perl.

Sin embargo, un caso la dejó marcada de por vida. En una ocasión llegó al campo de concentración una mujer que ya estaba a punto de parir.

El bebé acabó naciendo en secreto y la madre fue enviada a la enfermería bajo la excusa de que tenía neumonía.

Pero Perl no sabía que hacer con el bebé. Temía que su llanto hiciera que los guardias se dieran cuenta de que había un bebé entre ellas. Temía que ese bebé al delatarlas las condenara a todas, el barracón entero, a una muerte segura en una cámara de gas.

"Cogí el pequeño y cálido cuerpo entre mis brazos, besé su cara suave y luego lo estrangulé y enterré su cuerpo debajo de una montaña de cadáveres que esperaban ser quemados", admitió Perl.

Durante su estancia en Auschwitz, se cree que Perl acabó con la vida de más de 3.000 fetos.



Cuando el Ejército soviético estuvo a las puertas de Auschwitz, el temible doctor Mengele acabó huyendo. Después de la liberación del campo, Perl se enteró de que su hijo fue asesinado por los nazis en una cámara de gas. Su marido fue golpeado por los nazis hasta morir y sus padres corrieron la misma suerte. La mujer, que tantas vidas había salvado del horror, no soportó el dolor de perder a sus seres más queridos e intentó envenenarse. Pero fue salvada en el último momento.

En 1947 viajó a Nueva York, donde pasó a trabajar en el Hospital Monte Sinaí. Después de la terrible experiencia del campo de exterminio, Perl se convirtió en una de las mayores expertas en tratamientos de infertilidad. Quería ayudar a engendrar vidas. Las vidas que años antes tuvo que silenciar.

Después de la terrible experiencia del campo de exterminio, Perl se convirtió en una de las mayores expertas en tratamientos de infertilidad

Con su ayuda, miles de mujeres pudieron alumbrar a niños. Cada vez que Perl entraba en el paritorio repetía la misma frase a modo de plegaria: "Dios, me debes una vida, un bebé vivo".

Al año siguiente de su llegada a EEUU, la ginecóloga publicó un libro titulado Fui médico en Auschwitz, en el que contó todas las terribles historias que vivió bajo el dominio de los nazis.

Unos años más tarde, Perl descubrió que la hija que escondió con una familia no judía antes de ser llevada a Auschwitz seguía viva.

Las dos consiguieron reunirse y se mudaron a Israel como parte de una promesa que le hizo la propia Perl a su marido antes de que los nazis los separasen. "Algún día nos encontraremos, en Jerusalén".

En 1988 Perl murió a los 81 años de edad dejando una vida en la que el horror y la esperanza bailaron de la mano.

Su conmovedora historia es un testimonio de la crueldad nazi, pero también es un testimonio de la salvación. Aún ahora, a Gisella Perl se la conoce como El Ángel de Auschwitz.


Dios, me debes una vida, un bebé vivo

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