Historias

11 consejos musicales para aprender a creer en uno mismo

Androginia, elegancia y melancolía pop: así es el nuevo fenómeno de la canción francesa

"Voy a reinar sobre todas mis encarnaciones muertas". En esa sencilla frase está la clave, el códice para interpretar el mundo privado de Christine and The Queens. Un mundo de personalidades múltiples encerradas en un sólo cuerpo, expresado en una voz que son muchas voces.

Aunque su nombre aluda a un asunto colectivo, lo cierto es que Christine and The Queens es cosa de uno. O de una. O de 'un'.

Christine es Héloïse Letissier. Pero como aquel Rimbaud crecido que escribía a Izambard, Letissier también dice aquello de YO es otro. Y nos lo dice cantando.

La historia de Letissier comienza en Nantes a finales de los 80. Hija de maestros con un apetito maníaco para lo creativo, Héloïse pasó su preadolescencia entre clases de ballet, teatro, piano y canto. El poco tiempo libre que le quedaba lo dedicaba a escribir relatos de ficción en los que ya asomaba un interior turbulento.

"Tenía 11 años y mi madre venía y preguntaba, '¿Has escrito tú esto? Va sobre un asesinato...'".

Pasaron los años y Héloïse se decantó por el Arte Dramático. Probó en la Escuela Nacional de Lyon, pero no encontró su sitio. Acabó dejando los estudios porque, cuenta, se sentía ignorada a causa del machismo de sus profesores. En realidad, su problema era otro.

Aquellas sensaciones eran mucho más que la pataleta de una niña diva necesitada de atención. Aquello sólo era síntoma de un conflicto interno motivado por las costuras sin cerrar de su identidad genérica. Una tensión que acabaría derivando en crisis, y que a la postre acabó inyectada en el hueso de unas canciones que han convertido a Letissier en la última revelación del pop francés.

Las once canciones de su álbum de debut son a la vez una crónica personal y un manual de autoayuda. 11 consejos musicales para aprender a creer en uno mismo. Y en el caso de Letissier ese proceso tuvo que ver con el exilio.

Incómoda con su vida en Francia, Héloïse se largó a Londres en busca de espacio y respuestas. Y fue allí, entre las luces de bohemia del cabaret Madame Jojo, donde acabó teniendo su epifanía particular en la compañía de travestis y reinas drag.

Héloïse sabía que era queer, pero aún tenía que encontrar la manera de expresar su sexualidad. Sabía que en su cuerpo ardía la llama de la interpretación, pero aún no había encontrado el medio adecuado para exteriorizar ese carisma escénico.

La actitud de aquellas reinas de la ambigüedad trajo paz a su mundo interior. En aquella combinación de espectáculo, pompa y celebración tragicómica de la diferencia encontró las claves que necesitaba para entender quién era. Y fueron aquellas reinas quienes la animaron a escribir canciones. Ellas son The Queens.

Reinas invisibles a los ojos del resto, pero eternamente presentes como inspiración.

Héloïse reconoce que siempre ha estado obsesionada con la cuestión del género. Cuenta cómo, en su etapa adolescente, probó con faldas cortas y toneladas de maquillaje en un afán por encarnar la representación más estereotípica de una feminidad que no terminaba de entender.

Aquellos "disfraces de chica" eran su manera de acercarse a lo que veía como un complicado acertijo. El acertijo de un 'eterno femenino' que nunca logró desentrañar.

Cansada de sentirse perdida en las ropas de otro, Héloïse acabó preguntándose si su vida no sería más sencilla si hubiera nacido en un cuerpo distinto.

"Porque gané, ahora soy un hombre. Porque lo conseguí, ahora soy un hombre", canta en IT, una de sus primeras canciones.

Hoy, cuando se presenta en escena enfundada en sus trajes sastre, Letissier se refiere a su persona como 'half-lady'. Viéndola moverse, uno puede pensar en ella como una versión contemporánea de aquella protagonista de Orlando que Virginia Wolf imaginó con el poder de alternar géneros a su antojo. Como una actriz que quisiera encarnar a la vez a Marlene Dietrich y a Fred Astaire, a Michael Jackson y a un golfillo chaplinesco, a una reinona del voguing y a Françoise Hardy con pelo a lo garçon.

Todos fundidos en un mismo cuerpo, perdidos entre los brillos y los tragos agridulces de un cabaret pop que conectara el Soho londinense con las cuestas de Montparnasse.

A su manera, Christine and The Queens representa el reverso del ' poptimismo' que reina en las listas y en los playlist de medio mundo.

Lo suyo es un nuevo intimismo pop que se expresa entre pulsos digitales y cajas de ritmo que a veces se dejan bailar. Un pop de formas amables pero de fondo revuelto en el que conviven el francés y el inglés, lo masculino y lo femenino, el pop de tradición francófona y el funk angular, el aliento de Lykke Li y el Kanye West de 808s & Heartbreaks.

Chaleur Humaine, el primer álbum del proyecto, transpira una serenidad de ánimo que es sólo aparente. Una serenidad que suena a pena anestesiada, o se transforma en fragilidad máxima, o adopta la forma de una confianza arrogante que es sólo un blindaje de la vulnerabilidad propia, una manera de empoderarse frente a un entorno que conserva su poder para amedrentar hasta el crujido a quien se siente distinto.

En ese sentido, Christine and The Queens es a la vez autorretrato y espejo. Es un álter ego del que Héloïse se sirve para explorar su identidad —una identidad fluida, fluctuante más allá de la distinción binaria—, pero también un espacio público de introspección y fantasía sobre el que otros, sus fans, pueden proyectar sus experiencias alrededor de la constante negociación que aún supone el identificarse como queer en el mundo de hoy.

Como canta en Half Ladies, "cada insulto que vuelvo a escuchar, se oscurece en una marca de belleza". Así se curan los rasguños. Actitud invencible.

Identidades ambiguas, como reflejo de una realidad ambigua

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